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viernes, 17 de octubre de 2014

Nietzsche sobre el budismo y una discrepancia de Morton Feldman con John Cage


¿Se opuso Nietzsche a toda religiosidad? ¿Se opuso siquiera a todo el cristianismo o sólo al de Pablo de Tarso? ¿Hay una cierta piedad en el modo como se refiere al eterno retorno y a la voluntad de poder? ¿Es el paganismo la religiosidad más afín a él? ¿O era sencillamente ateo? Estas y otras preguntas son frecuentemente planteadas a propósito del filósofo de Zarathustra y no sólo por quienes lo leen, sino también por quienes lo estudian académicamente (cf., por ejemplo, Pious Nietzsche. Decadence and Dionysian Faith de Bruce E. Benson, Indiana University Press, 2007. O el § 344 de La Gaya Ciencia: "Hasta qué punto también nosotros somos piadosos aún"). Lo primero que hay que observar es que no se puede deducir de un determinado pasaje una posición inequívoca y permanente por parte de Nietzsche. Hacerlo sería ir en contra, precisamente, del devenir y del perspectivismo que tienen en su filosofía una importancia capital. No es que en Nietzsche no haya una unidad de fondo, pues sí la hay: una ontología trágica que va desde El nacimiento de la tragedia, no sin ciertos cambios, hasta las llamadas "cartas de la locura" inclusive. El asunto es que la expresión de una idea, por poética que pueda ser (por ejemplo con Zarathustra), es siempre unilateral, es una objetivación que fija el devenir. Esto sucede con toda expresión, incluso con la música. Y lo que demanda toda fijación es el incendio del nihilismo activo, la transvaloración. Que esta transvaloración deba serlo de todos los valores, indica su infinitud y su radicalidad. La diferencia con el nihilismo pasivo es que no implica abandonarse, sino apostar, asumir la vida como un experimento y jugársela, sin cerrar los ojos al horror de su trasfondo absurdo y sin refugiarse en ídolos crepusculares. Nietzsche puso mucho énfasis en la importancia de saber escribir, de hacerse de un "gran estilo". Esta recomendación no era meramente estética. Escribir bien es ser consciente de esa objetivación y hacerle frente, pensar en cómo se leerá lo que se escribe, en las interpretaciones a las que puede dar lugar. Lo que se debe apreciar entonces en el lenguaje es la perspectiva, el sentido particular que tiene una expresión determinada, y eso se logra expresando explosivamente también lo opuesto: siendo dinamita. Por eso mismo leer a Nietzsche es complicado; no porque use un lenguaje oscuro (él incluso rechazaba que el lenguaje de Heráclito fuese oscuro), sino porque hay que leerlo con ese perspectivismo, contrastando unos textos con otros, no quedándose en la explosión de uno solo, sino observando el sentido y el alcance de cada expresión, relativizando...

Quizás este preámbulo pueda ser suficiente para un tema específico. Por lo anterior, pareciera que la actitud adecuada sería un escéptico "ni esto ni lo otro". En realidad, a pesar de su simpatía con el escepticismo pirrónico (cuya lectura es sin embargo relativamente tardía), la línea nietzscheana va más bien por un "esto y lo otro"; es decir, no se trata en última instancia de suspender el juicio, sino de juzgar, de juzgar positivamente y, sobre todo, de crear. Por eso el escepticismo le parecía, en el fondo, una forma de nihilismo pasivo. Lo mismo podría suponerse del budismo y no sería equivocado. El budismo le interesó a Nietzsche desde temprano. Tenía planes de escribir sobre él y su relación con el cristianismo al menos desde 1869. En 1870 se prestó de la biblioteca de Basilea el libro Die Religion des Buddha und ihre Enstehung de C. F. Koeppen (1857). De allí sacó, por ejemplo, que el Buda se entregó a las representaciones dramáticas cuando penetró en lo más profundo de las cosas (cf. NF, 5 [31], 1870-71). Este, como se sabe, era su período wagneriano. Pero ya en esa época tenía clara la genealogía del budismo: "El impulso de adoración, como sentimiento de placer por la existencia, se crea un objeto. Cuando falta este sentimiento – budismo" (ídem).

Son muchas las referencias de Nietzsche al budismo, particularmente en sus fragmentos póstumos. No se trata, desde luego, de apreciaciones históricas determinadas (tampoco en lo que respecta a las distintas escuelas budistas). El budismo representa más que eso; es una actitud vital. Por eso afirma sin problema que la sophrosyne de Sófocles era un "budismo imperfectamente alcanzado" (NF, 9 [32], 1871). Que su crítica al budismo sea tan temprana lleva a pensar en cuánto pudo ésta influir en su separación de Schopenhauer. De cualquier modo, ya en 1882 se muestra, en la misma línea, más implacable con el budismo como negación pasiva de la vida, como una actitud fruto del cansancio, equiparable al nihilismo europeo: "Del mismo modo en que el budismo vuelve improductivos y buenos, así también Europa, bajo su influencia, se volverá – ¡cansada! Los buenos son el cansancio. La redención es el cansancio. La moral es el cansancio" (NF, 2 [4], 1882). La diferencia puede notarse también en la búsqueda budista de un camino medio entre los extremos. Se cuenta que el Buda, después de estar cercano a la muerte por su estricto ayuno ascético, se dio cuenta de la conveniencia de la moderación para incrementar sus energías y su lucidez, y comió. Este cuidado del cuerpo no es el mismo que expresa Nietzsche, que anota: "Budismo y monaquismo como producción de cuerpos sanos (contra los afectos destructivos y debilitantes)" (NF, 4 [217], 1882-83). El cuidado budista supone evitar el sufrimiento y el pathos trágico; su lucidez consiste justamente en reconocer la escisión trágica en términos de realidad y apariencia para superar esa escisión. Eso es cansancio para Nietzsche, quien propone más bien abrazar el pathos trágico, aprender a resistirlo, hacerse fuerte al borde del abismo, en una ambivalencia que no es la de un mundo dividido, sino la de la voluntad dentro de las apariencias (que es lo único que tenemos). De igual manera, el tema de la corporalidad en Nietzsche no busca necesariamente la salud, pues de la enfermedad más debilitante pueden salir los pensamientos más saludables, como afirmaba de la época en que escribió La Gaya Ciencia. La relación entre alimentación moderada, salud y lucidez, pues, no es necesaria; hay que someterla también a duda, a pesar de que sí hay un vínculo entre dietética, fisiología y conciencia.

Justamente en La Gaya Ciencia relaciona al budismo con el debilitamiento y con los errores de dieta (cf. § 134), y le equipara más claramente con el cristianismo: "las dos religiones mundiales, el budismo y el cristianismo, podrían haber tenido la base de su surgimiento, especialmente su repentina propagación, en una terrible enfermedad de la voluntad. Y así ha sido en verdad: ambas religiones encontraron un 'tú debes' mediante una enfermedad de la voluntad acumulada hasta la insensatez [...]; ambas religiones fueron maestras del fanatismo en tiempos de adormecimiento de la voluntad" (§ 347). Budismo y cristianismo se oponen al espíritu libre que baila "al borde de abismos" (ídem.). Son refugios, es decir, religiones, pero eso no les hace idénticos: el cristianismo es un fanatismo de la fe, de los dogmas, de la verdad única; el budismo es un fanatismo del desasimiento, de la negación del deseo y el dolor. Si se recuerda que el "tú debes" es propio de la figura que Zarathustra presenta como un camello, entonces tanto el budismo como el cristianismo comparten esa representación. Sin embargo, el espíritu de la pesadez del cristianismo es mayor por sus dogmas (y el del catolicismo más que el del protestantismo). La ligereza de carga en el budismo le aproxima mucho más al nihilismo pasivo y, en todo caso, al cristianismo del Jesús de El Anticristo, de quien dice Nietzsche que fue el único cristiano. ¿En qué consistía ese cristianismo único? No tanto en anunciar un ultramundo y pedir que se le crea (cosas que Nietzsche le critica también), sino en la buena nueva de que el reino de los cielos pertenece a los niños, en su pacifismo y en su negativa a juzgar. En este punto, el budismo es igual al cristianismo de Jesús que rehuye a los dogmas judíos. A él, "ninguna cosa fija le importa" (A, 32). Afirma Nietzsche aquí que Jesús podría ser llamado un "espíritu libre", aunque con cierta tolerancia en la expresión puesto que su infantilidad es una que se ha retirado a lo espiritual. Es una niñez que no se ve a sí misma como de este mundo. Para ser más precisos: de la negación del mundo le viene su paz en el mundo. Igual que el budismo. Por eso, Jesús fundó con su pequeña comunidad de discípulos un "movimiento budista de paz" que lamentablemente murió con él. La pequeña comunidad quedó perpleja con su muerte en la cruz; se preguntaban cómo pudo Dios permitir aquello (la cuestión de la teodicea) y no encontraron mejor respuesta que la doctrina de la inmortalidad personal (la resurrección), enseñada después por Pablo como premio de la fe. Así murió "un punto de arranque completamente originario para un movimiento budista de paz, para una efectiva, no meramente prometida, felicidad en la tierra. Pues -ya lo he destacado- la diferencia fundamental entre ambas religiones de décadence continúa siendo ésta: el budismo no promete, sino que cumple; el cristianismo promete todo, pero no cumple nada" (A, 42).

El budismo, así entendido, es básicamente un "anhelo de la nada" que no toma a las creencias (la fe personal) como verdades. Por eso va más lejos que el jesuitismo (la Compañía de Jesús) y su "persistencia consciente en la ilusión", que es colocada además como base de la cultura (NF, 16 [23], 1883). Budista es Schopenhauer; jesuítico es Wagner (que para Nietzsche es un hegeliano contrario a Schopenhauer). El budismo es una voluntad orientada moralmente a la fealdad absoluta del hombre (cf. NF, 25 [101], 1884) Recuérdese al "más feo de los hombres" en Así habló Zarathustra, que es aquél que mató a Dios y que adivina qué hacha derribó a Zarathustra – la décadence por la que tuvo que pasar, el nihilismo pasivo. Si se trata de compararle con la filosofía, los mejores nihilistas fueron los eléatas: "Su Dios es la mejor y más profunda exposición del nirvana budista: ser y nada son idénticos" (NF, 34 [204], 1885). Los ejercicios místicos de la teología negativa y la meditación del budismo son prácticas afines. Si volvemos sobre las figuras de Zarathustra, estamos ya hablando del león, para el que todo valor es nada pero que no es capaz aún de crear nuevos valores, de transvalorar. Se mantiene en su renuncia a la objetivación. El budismo parece estar, pues, en una suerte de transición, con algo (poco) de camello y algo (más) de león; con algo de hombre ultramundano y algo de último hombre. Casi está en el dominio del superhombre, del niño, si no fuese por su pasividad y su negación del deseo, del instinto personal. En el contexto de El Anticristo, es claramente nihilismo pasivo y es más propiamente nihilista que el cristianismo:
"El budismo, digámoslo de nuevo, es cien veces más frío, más veraz, más objetivo. No tiene ya necesidad de volver decente, mediante la interpretación del pecado, su sufrimiento, su capacidad de dolor, – dice meramente lo que piensa: 'yo sufro'" (A, 23).
Es menos moral en la misma medida en que es más "realista", más "científico", más lógico:
"El budismo es cien veces más realista que el cristianismo – lleva en su cuerpo la herencia de un planteamiento objetivo y frío de los problemas, vienes después de un movimiento filosófico que había durado unos cientos de años, cuando él llega el concepto 'Dios' está ya eliminado. El budismo es la única religión auténticamente positivista que la historia nos muestra, también incluso en su teoría del conocimiento (un fenomenalismo riguroso – ), el budismo no dice ya 'lucha contra el pecado', sino, dando totalmente razón a la realidad, 'lucha contra el sufrimiento'. Tiene ya detrás de sí -esto lo distingue profundamente del cristianismo- ese fraude a sí mismo que son los conceptos morales, – está, hablando en mi lenguaje, más allá del bien y del mal. – Los dos hechos fisiológicos en que el budismo descansa y que contempla son: primero, una excitabilidad extraordinariamente grande de la sensibilidad, la cual se expresa en una refinada capacidad de dolor; luego, una superespiritualización, una vida demasiado prolongada entre conceptos y procedimientos lógicos, bajo la cual el instinto personal ha salido perjudicado en provecho de lo 'impersonal' ( – ambos estados que al menos algunos de mis lectores, los 'objetivos', conocerán, como yo, por experiencia)" (A, 20).
En suma, podría decirse que, pese a su rezago de deber y pese a su cercanía con el sentido de la tierra (la aceptación realista del mundo), el budismo es, como Nietzsche mismo le califica, una religión de la décadence; esto es, nihilismo pasivo, el estancamiento en la figura del león.

John Cage. New River Watercolor, Series 1, #3, 1988. Acuarela sobre papel. John Cage Trust, Bard College.

Ahora bien, a partir de lo dicho, para volver sobre el perspectivismo y pensar en cómo el budismo no genera necesariamente un estado de cansancio de la voluntad, sino que puede también ser causa de actividad y apuesta por nuevas valoraciones, creo que puede ser esclarecedor verlo no en tanto que religión o metafísica, ni tampoco en su recepción occidental como un espiritualismo de autoayuda (lo cual le da plena razón a Nietzsche sobre el cansancio), sino a partir de su influencia sobre la música occidental (especialmente en la música por la indeterminación semántica que ésta tiene, por ejemplo, frente a la poesía) y, en particular, sobre la música de John Cage.


Es ampliamente conocida la influencia del budismo zen en Cage y no lo es menos el lugar que este compositor tuvo en el desarrollo de las vanguardias musicales. En todo caso, se puede mencionar dos cosas: que fue la figura más notable de la -no en vano- llamada "vanguardia radical" y que incluso a sus 70 años seguía liderando la escena vanguardista causando no poca sorpresa, tanto en los Estados Unidos como en Europa. De todos los compositores clásicos, e incluso de todos los vanguardistas, Cage es el más infantil en el sentido nietzscheano del término: un músico que no dejó de jugar, de ampliar los límites, alterar las reglas, que no amilanaba su fuerza creadora, que no se resentía y no permitía que los conceptos le quitasen libertad ni sensibilidad. No sé del grado del compromiso religioso o filosófico de Cage con el budismo (tengo entendido que nunca se adhirió a las prácticas Zen del canto y la meditación), pero su arte muestra claramente una preeminencia del aspecto lúdico y jovial que quizás sólo tenga paralelo con la música de Erik Satie (que también le influyó decisivamente). Lo que quiero decir es que, poniendo entre paréntesis la metafísica del nirvāṇa (del que se desprenden el ascetismo que Nietzsche criticaba a Schopenhauer, la meditación, etc.), hay en el budismo, por ese mismo distanciamiento con el mundo fenoménico (samsāra), una magnífica paradoja: la entrega estética al mismo. No tiene sentido abandonar el mundo -por ilusorio que éste sea- porque la condición humana está en todo caso atada a él. De hecho, ésta es la diferencia esencial con el nirvāṇa del hinduismo, que está más claramente opuesto al samsāra. Por eso hay en el budismo dos prácticas para olvidar el sí-mismo (atman) e iluminarse: una más pasiva, orientada al no hacer ni pensar, que es la meditación (bhavana); y otra más activa, que consiste en la permanente entrega, plena e incondicional, a la acción que se está realizando en el instante presente. Es por este segundo camino que lo estético y las representaciones artísticas adquieren relevancia, ya que el artista, aun cuando enfatice su no-yo (anātman), como hacía Cage con la indeterminación y la aleatoriedad, y precisamente por eso, se entrega plenamente, sin reservas ni imposiciones subjetivas, al juego del arte. El Buda volvió sobre las representaciones dramáticas. Cage se entrega a la música, que, según su célebre definición, lo es todo.

Este apartarse del mundo cotidiano, donde predomina la certeza que acompaña a nuestra percepción sensible, supone en sí mismo una actitud estética antes que una moral o religiosa. De lo que se trata es de aprender a jugar con lo que hay en este mundo, jugar con las representaciones. Jugar significa relativizar las creencias que sobre él se asientan como certezas (como si fuese la realidad objetiva). El arte y la actitud estética que éste preferentemente despierta afectan a nuestro modo de comprender la vida y el mundo, así como a nuestra manera de vivirla. Pero no podemos, en cuanto al budismo, dejar de lado aquello que pusimos entre paréntesis; esto es, su metafísica, porque es precisamente por ella que éste vuelve positivamente sobre el mundo. Como con el cristianismo de Jesús, el budismo cree que la realidad "objetiva" está fuera del mundo y logra así la felicidad en el mundo. Eso y sólo eso es lo que en el fondo significa la frase de Jesús: "tu fe te ha salvado". (Se trata, además, de fe y no de un conocimiento teológico que para buena parte de la tradición judía está vedado). El sufrimiento, la enfermedad y la muerte, así como la obsesión por las posesiones materiales, pierden su peso objetivo porque el mundo en el que vivimos no es real. Esa razón no la acepta Nietzsche. Y con esto se quiere decir que hay matices importantes por los que, finalmente, se distancian el budismo y el nihilismo activo. Si bien el budismo se cuida de los dogmatismos teniendo en cuenta la impermanencia (anitya) y la insustancialidad (anātman), que son modos de colocar todos los fenómenos en el devenir, esto, para Nietzsche, no justifica ni se desprende de la existencia de una suerte de sustancia incondicionada fuera del mundo (el nirvāna). En eso, el budismo sigue siendo una religión celestial. Por irreligioso que se le pretenda, esa es su divinidad. En cambio, por más piedad o religiosidad que se quiera hallar en el pensamiento de Nietzsche, ésta no deja de serlo en todo caso como una fidelidad a la tierra: los dioses sólo están en ella, y en buena cuenta el trabajo de Nietzsche es un intento por restituir una espiritualidad que no se enajene del mundo, de la vida, de la sensibilidad, asumiendo la ausencia de un suelo metafísico, incluso si éste tiene forma de Nada (o de signo de interrogación, como en el agnosticismo contemporáneo que Nietzsche previó y criticó también). Ello implica asumir que ni siquiera hay apariencias, puesto que la división misma entre realidad y apariencia ha sido disuelta. No es que todo entre en un relativismo donde todo da igual, que es lo que piensa el cristiano desesperado (a lo Dostoievsky). El punto es dejar de pretender que nuestras valoraciones sean, de un modo u otro, inmunes a la fuerza transvaloradora que es la vida misma. Pero, si nos enfocamos sólo en lo epistemológico, perderemos de vista el aspecto que podemos llamar existencial, que es al que Nietzsche le da importancia decisiva. El nihilismo activo supone una aceptación radical de la vida, de todo lo que ella ofrece, incluyendo lo feo y lo malo, incluyendo a nuestros deseos e incluyendo al sufrimiento. Por eso, a partir de un poema de Lou von Salomé que él musicalizó ("Himno a la vida"), escribe: "El dolor no es considerado como una objeción contra la vida: «Si ya no te queda ninguna felicidad que darme, ¡bien! aún tienes tu sufrimiento…»" (Ecce Homo). El budismo, en cambio, deja en el propio mundo fenoménico algo a lo que le da una valoración distinta, objetiva a pesar de todo: el sufrimiento.

De cualquier modo, no es la supresión del sufrimiento lo que resalta en el arte musical de Cage. Sí, en todo caso, la supresión del yo, de la voluntad subjetiva. En principio, Nietzsche se opone a este tipo de despersonalización, de desapego (nekkhamma). Se opone a esa pretensión de desinterés (como la kantiana) porque la aceptación de la vida implica aceptar también los deseos personales; es decir, la voluntad de poder en tanto que ella pueda manifestarse subjetivamente, Negar la subjetividad es otro modo de negar la vida. Pero hay que tener en cuenta dos cosas: Primero, que la ontología trágica de Nietzsche no requiere una metafísica de la subjetividad, como pretendía Heidegger, sino que parte más bien de una crítica del subjetivismo moderno, fundamentalmente el ego cartesiano. Que Nietzsche mantenga una subjetividad empírica -estética- no supone una aceptación de ese sujeto moderno. Segundo, que el no-yo del budismo no implica tampoco una supresión de la personalidad, de la consideración subjetiva que, a final de cuentas, es por la que actuamos en el mundo. Esta es, por lo tanto, sólo una cuestión de matices muy sutiles. El no-yo del budismo, al menos en el terreno del arte, como lo muestra también su influencia sobre el método de dirección de orquesta de Sergiu Celibidache, es más que nada un asunto de ampliación de la percepción, de renovación de sentidos, en tanto que representación-desrepresentacional. Cuando Nietzsche va en contra de la determinación conceptual de la música -que es lo que hace Wagner en contra de Schopenhauer y siguiendo a Beethoven y a Hegel-, no va en una línea muy distinta. Claro, podría quizás objetarse que Cage es un artista conceptual. Pero éste es un malentendido fomentado por los artistas y los teóricos del arte idealistas que, en su reducido esquema, piensan que todo arte de vanguardia es arte conceptual. Morton Feldman, compositor y amigo muy cercano de Cage, lo tenía claro:
"La relación de Cage con Duchamp ha sido completamente malinterpretada. Son las dos caras de la moneda. [...] son opuestos. Por ejemplo, el interés que suscitó Duchamp en tanta gente joven se debe a que llevó la experiencia fuera del ojo, fuera de la retina, y la convirtió en un concepto. Cage la sacó fuera del aspecto conceptual desinteresado por lo auditivo que primaba en el pasado y la puso directamente en el oído. Eso es absolutamente diferente, ¿se entiende? Hasta donde yo sé, el más grande Duchamp musical fue Beethoven" (Friedman, B. H. (ed.), Give My Regards to Eighth Street. Collected Writings of Morton Feldman, Cambridge: Exact Change, 2000).
4'33'', en contra de lo que algunos músicos y teóricos, generalmente críticos pero también adeptos, creen, no es una obra de arte conceptual. Es, si se quiere, una obra de arte perceptiva, que nos devuelve al oído y nos lo ensancha o, para ser más precisos, lo hace más fino. Son dos cosas bien distintas y que hay que saber distinguir para no confundir la línea idealista del arte con la propiamente estética, la que es más bien vitalista, también en el sentido nietzscheano del término. Quien corresponde a Duchamp en la música no es Cage, sino, como afirma el mismo Feldman, Pierre Boulez: "los dos [Duchamp y Boulez] coinciden en que lo que se ve o lo que se escucha no es tan importante como la instancia histórica que le dio lugar" (ídem). Por eso los historiadores del arte entran en éxtasis con Duchamp. Por eso el dictum de Boulez no es el "todo es música" de Cage, sino su "Schönberg ha muerto". Es con la historia con la que se miden. Fuera de ella, sólo generan bostezos.

Morton Feldman y John Cage, entregados a un instante feliz.

Quiero llamar la atención, para finalizar, sobre un último punto a propósito de Cage y el budismo que Feldman expresa como su única discrepancia con él. Se trata precisamente de la máxima de Cage que está detrás del "todo es música"; a saber: "el proceso debería imitar a la naturaleza en su manera de operar". Feldman observa, acertadamente, que hay una decisión implícita en permitir que todo sea arte. Hay, diríamos, una afirmación que es de todos modos subjetiva. Feldman, que es también seguidor del budismo, se refiere a un acertijo zen: "¿Tiene un perro la naturaleza de Buda? Responda de una o de otra manera, usted pierde su propia naturaleza de Buda". A lo que apunta Feldman es que el budismo zen, sobre todo en lo que toca a la divinidad (la naturaleza), exhorta a mantenerse en la suspensión del juicio: "mantenernos en suspenso, vacilantes, entre las dos respuestas posibles. Nunca, a riesgo de perder nuestra propia divinidad, nos está permitido decidir. Mi desacuerdo con Cage es que él decidió" (ídem). Dejemos el asunto de quién es "mejor" budista a los especialistas, que se divierten con este tipo de cuestiones. Nosotros podemos concederle a Feldman dos cosas: 1) Cage decide y apuesta por una respuesta. 2) Las decisiones de Cage contradicen, en cierto modo, la indeterminación budista. Sobre 2), diremos que las contradicciones no tendrían que ser una objeción demasiado seria sobre una fe que es abiertamente paradójica. Cage también es paradójico. Y Nietzsche tiene asimismo afirmaciones paradójicas. Guiarse por el principio de identidad o de no-contradicción es algo que corresponde en el budismo a la duplicidad engañosa (māyā). Nietzsche alza armas también contra ese principio: la vida no tiene por qué ser coherente. Y, respecto a 1), si el budismo implica un estricto estado de suspenso, como el de la meditación, lo más adecuado sería mantenerse en silencio (como hacen quienes meditan). Pero eso es engañoso precisamente en el sentido en que Cage lo hace manifiesto con 4'33'': no hay silencio. Todo es música. Ruido y silencio es música. La vida es música, diría Nietzsche. Toda verdad es en el fondo música. Todo en la mujer que se ama es música. La música está así en un permanente devenir que se nos escapa una y otra vez, y en el que el artista es como el danzante que simplemente agarra el ritmo (y que en ese mismo sentido lo transforma). Se ha visto que hay otro camino en el propio budismo, uno que lleva a abrazar la acción que se está haciendo. Este es un camino afirmativo del desasimiento, del desapego, paradójicamente, apegándose. Y si esto fuese en definitiva salir del budismo, ¡tanto mejor! Porque lo que pretende Feldman es justamente lo que Nietzsche califica como cansancio, décadence, nihilismo pasivo. Se medita y se recurre a lo mental cuando la voluntad está cansada, enferma. Dijimos antes que, para Nietzsche, la diferencia última estriba en decidir, en apostar, en afirmar paradójicamente. Pues bien, la discrepancia de Feldman no haría sino confirmarnos que Cage es alguien que no está cansado; que es un niño, un nihilista activo.




miércoles, 25 de junio de 2014

Música en fiesta (elogio escéptico del goce y tres recomendaciones musicales de lo que va del año)


Robert Doisneau, Un músico bajo la lluvia (París, 1957, con Maurice Baquet)
"Si haces fotografía, no hables, no escribas, no te analices, no contestes preguntas, concéntrate. (...) Sugerir es crear, describir es destruir" Robert Doisneau (1912-1994)

El pasado 21 de junio se celebró en muchos lugares el carácter festivo de la música, su capacidad para hacernos gozar, para entretenernos. Ese carácter, bien entendido, no admite ser reducido al mero pasatiempo ni al simple espectáculo, pero tampoco tiene por qué ser rechazado en aras de una verdad solemne a la que, aparentemente, sólo pueden acceder ciertos profesores de música (o de filosofía). Aquél que ama la música (y la filosofía) tiene siempre la tentación pitagórica de atribuir, a aquello que es objeto de su goce subjetivo, una condición objetiva exagerada. Desde un punto de vista filosófico, aceptar a la música fundamentalmente como goce o divertimento parece poca cosa. Schelling se molesta con Kant por afirmar algo así. Por eso se le sublima, se le quiere inscribir en una forma causal determinada y se le llama: musica mundana, música del cosmos. Se cree que la música y la vida bien pueden ser representadas por un número. Sin embargo, para el sentimiento, una cosa es la música y otra cosa bien distinta es la astronomía o la geofísica. Uno puede divertirse observando cómo coinciden las matemáticas de una con las de la otra, pero, en el fondo, todo eso es aburrido y superficial a comparación de lo que hace la música con nosotros.
 
Otros profesores ven a los primeros, acertadamente, como demasiado abstractos; pero, en contra de la música empírica, terminan proponiendo una cura que, como dice la canción, "resulta más mala que la enfermedad". Son menos idealistas, quizás, pero su materialismo es tanto más aburrido y, además, prepotente. Si la música te divierte, es mala: tienes que silbar dodecafónicamente. Si una música no te vuelve el crítico y conscientísimo salvador de la humanidad, entonces ¡claro que es mala!: sólo puedes hacer o escuchar la música que te "libere" como ellos dicen que debes. Y así... mucho pitagorismo, mucho platonismo, mucho hegelianismo persiste en estos profesores. Les molesta la inmanencia de los fenómenos, les asusta la autonomía del gusto: la música empírica es una peligrosa apariencia que debe corresponder piadosamente a la "música" de la realidad, que ya no es cósmica, sino económico-política (la jerga de la "industria cultural"). De un modo u otro, todos estos hombres decentes que sólo tratan cosas importantes, dignas de su inteligencia, no se "limitan" a gozar de la música porque el goce es por esencia algo bajo y ella, en cambio, es lo más elevado; tan elevado que necesita estar orientada hacia un fin que... ¿no sería en ese caso algo más elevado que la música? Esa es la contradicción del wagneriano, diagnosticada por Nietzsche (Cf. Nietzsche contra Wagner): dice que la música es lo que más le importa, pero la termina colocando al servicio del teatro y de... nada menos que de lo menos musical: la Idea.
 
El escéptico, en cambio, no quiere enseñarle a nadie. Puede ser su limitación, pero es también su ventaja. Entre la vida y la filosofía, preferirá, sin dudarlo, la vida, con todas sus grandezas y sus miserias, con cada una de sus consonancias y sus disonancias. Y por eso no tiene realmente nada que teorizar sobre la música. La música es para él como la vida misma; es decir, como afirmaba Schopenhauer, "dice tanto al corazón, mientras que a la cabeza, directamente, no tiene nada que decirle" (Parerga y paralipómena, cap. 19, 218). El escéptico quiere escuchar a Marsias o, si los dioses le son propicios, ser un Marsias él mismo, lúdico y feliz tocando su flauta, aunque la Ninfa le sea esquiva o prefiera a Orfeo. ¿Para qué teorizar sobre la música si se puede crearla o contemplarla? Hay, en realidad, una única razón: para defender su vitalidad, precisamente, de aquellos profesores (piénsese en el Contra los profesores de Sexto Empírico, en el que se incluye su "Contra músicos", donde argumenta contra las doctrinas musicales de Pitágoras, Platón y Aristóteles) que matan porque fijan, disecan con sus certezas y sus sistemas. No, querido Platón, tu dialéctica no es la verdadera melodía. Felizmente, ni siquiera en Siracusa pudiste prohibir las flautas.
 
¿Por qué la música no podría tener como fin distraernos? Que ella nos distraiga no significa que necesariamente nos vuelva presas de engaño ideológico (ese riesgo también está en el concepto), ni que se le rebaje a un mero relleno temporal, sino que nos permite poner en suspenso lo que nos impide volver a conectarnos con el mundo. Por eso hay que proteger a la música. Porque aun hoy, cuando el arte parece impotente en el mundo, puede sin embargo salvarnos. Schopenhauer, enemigo declarado de toda "música descriptiva que, por eso, de una vez por todas, es despreciable; aunque el mismo Haydn y Beethoven equivocadamente hayan seguido este camino" (idem.), bien sabía que reducir la música al agrado (en su caso, el de la voluntad de vivir) puede generar escándalo, sobre todo entre músicos profesionales. Por ello afirmaba que "para calmar tales recelos puede servir el siguiente pasaje de los Vedas: 'Y ese estado de deleite, que es una especie de encantamiento, es llamado el más elevado Atman porque, en cualquier parte que exista un gozo, será una partícula de ese gozo' (Oupnekhat, vol. I, p. 405 y vol. II, p. 215)" (El mundo como voluntad y representación, vol. II, cap. 39).
 
Como hay que ser consecuente, no puedo no darle lugar aquí a la música. Quiero por ello recomendar algunos discos aparecidos en lo que va de este año y que han producido en mí precisamente ese gozo del que todo otro gozo es sólo una partícula.
 
Empiezo por un tema que da nombre a uno de los discos a los que más estoy volviendo en estos días.
 


 
La banda: The Family Crest, conformada por músicos que han sabido aprovechar su formación clásica (el vocalista en ópera) y en jazz para hacer la música que disfrutan hacer. Eso definitivamente se nota. Un sonido como de buque es sólo el preámbulo para un tema que cobra rápidamente fuerza épica y que asume el riesgo de no dar reposo a lo largo de los más de seis minutos en que la sostiene. Toda la tosca ansiedad de un cello clásico, la melódica agresividad del violín, el coro en el límite entre la súplica y el grito de guerra, una percusión sin tregua, la contrastante dulzura en la flauta, una voz con un gran timbre y una gran potencia, una letra que dice y calla en la justa medida, el falso final, la calma de los últimos versos (resignados quizás a la caída provocada por el amor)... Todo es preciso. The Family Crest se formó en el 2009 en San Francisco. La lideran Liam McCormick (voz principal y guitarra) y John Seeterlin (bajo). Su formación habitual es de siete miembros, pero para este disco decidieron reunir a 400 músicos y cantantes, entre amigos, estudiantes de conservatorio y gente que sólo canta en sus duchas. McCormick ha dicho: "A nosotros siempre nos ha gustado hacer música con la gente (...). Se volvió mucho acerca de dar a estas personas una oportunidad para que ellas mismas se expresaran sin estar encerradas en un compromiso". ¿No es precisamente eso de lo que trata el arte? The Family Crest llevan el folk, que se deja sentir en toda su pureza en los momentos de contenida menor intensidad del disco (como en "I Am the Winter"), a la grandiosidad y la exuberancia. No era una apuesta fácil, porque podrían así haber perdido peso, pero afortunadamente no es el caso, gracias a la cuidadosa orquestación que incluye flauta dulce, corno francés, fagot y otros muchos instrumentos. Una ruleta rusa con belleza y emoción: eso han logrado con este disco The Family Crest y su "extended family" de 400 personas.
 

The Family Crest, Beneath the Brine (Tender Loving Empire, 2014)


Si de contrastes se trata, un polo opuesto es Broken Twin.




La melodía mínima -en la guitarra, el violín o el piano- y la cautivadora potencia de una voz absolutamente frágil, como la de la danesa Majke Voss Romme, pueden hacer mucho. Su gusto no está en la variación y la grandilocuencia, sino en la atmósfera (la espacialidad) que crea y en esa fluidez de "cámara lenta" que nos compele a detenernos, a no ir tan rápido (la temporalidad). Si se le toma como un experimento, se podría decir que el álbum debut de Broken Twin demuestra que no se necesita un ritmo "movido", un tempo veloz, para que el cuerpo responda y sienta la urgencia de seguir a la música. Pero la simplicidad, cuando es excelente, es todo menos simple: este disco es el resultado de tres años de trabajo y más de 200 borradores (grabados entre laptops y teléfonos) que fueron dándole forma al primaveral May, lanzado en abril de este año. "Quise regresar a lo básico, buscando un sonido que fuese cálido y lo-fi, mínimo y espacioso, y enfocado en las canciones", dice Majke, para agregar algo sugerente sobre la preeminencia de la musicalidad frente al significado en la creación: "Soy muy compulsiva cuando estoy trabajando en las canciones. Generalmente comienzo improvisando en el piano o la guitarra, cantando palabras raras (random words). Suena como inglés, pero no lo es". De hecho, el título mismo del disco (May) es un término ambiguo y la pronunciación de ella, que tiende a suprimir las vocales, ayuda a desprenderse del peso que naturalmente asignamos al significado. Esta compositora es verdaderamente una revelación. Al contrario de lo que pudiera imaginarse (danesa, melancolía, Kierkegaard...), hay mucha luz en ella, como el título de uno de sus temas: "No Darkness". A Broken Twin le bastan diez canciones muy simples para revelarnos una verdad igualmente simple: hay tiempos y lugares secretos, como los de este disco, a los que sólo la música puede acceder y en los que sólo queda dejarse encantar.

Broken Twin, May (Anti- Records, 2014)


Por último, algo de amorosa violencia de la mano de Perfect Pussy, que, lejos de ser violencia gratuita, está también muy cuidadosamente planeada.




Con Say Yes to Love, la banda de noise punk neoyorquino Perfect Pussy, formada en el 2012 por Meredith Graves (vocalista), Ray McAndrew (guitarra), Garrett Koloski (percusión), Greg Ambler (guitarra y bajo) y Shaun Sutkus (teclado), le dice sí también a la distorsión y a la interferencia, pero de un modo muy inteligente que no deja de comunicar riqueza de formas y texturas, es decir, belleza. La voz de Graves no sólo está distorsionada, sino que es reprimida, acosada por los instrumentos que llegan a veces, sobre todo en los conciertos, a enmudecerla. Eso, que es deliberado, es otro ejemplo de cómo el sentimiento (de ferocidad) importa más que el significado. Los golpes, como en todo buen punk, son tan rápidos como efectivos. Es como en la vida. Como en el amor. En una ciudad furiosa, la furia representada nos hace bien.

Aquí, el mismo tema en vivo:




Perfect Pussy, Say Yes to Love (Captured Tracks, 2014)
 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Heidegger y el estatuto ontológico de la música (sumilla)



En noviembre próximo presentaré en la sección de estética y filosofía del arte del IV Congreso Iberoamericano de Filosofía una ponencia sobre Heidegger y la música. Para quien pueda estar interesado, comparto por ahora la sumilla de dicha participación. El texto completo forma parte de mi proyecto sobre la filosofía de la música en la modernidad; el mismo que afortunadamente estoy próximo a concluir ("sólo" me falta desarrollar los textos sobre Wittgenstein, Sartre y Merleau-Ponty).



Heidegger y el estatuto ontológico de la música
Arturo Rivas Seminario
Heidegger abordó filosóficamente a la poesía, la pintura y hasta la arquitectura, pero no a la música. Por eso mismo es poco conocido lo que pensaba de ella. C. F. von Weizsäcker observaba con acierto que la música apenas si está presente entre los escritos del filósofo. Sin embargo, como afirmaba H. W. Petzet, “sería erróneo deducir de allí que ella le fuera ajena”. A partir de determinados testimonios del propio Heidegger sobre la música de su tiempo y de su predilección por Mozart, Orff y Stravinski, la presente ponencia quiere resaltar cómo esos textos, a pesar de su brevedad, están cargados de una importante significación filosófica y nos aproximan de un modo peculiar a su enfoque sobre el arte en general y sobre la técnica en el arte moderno. Esto nos permitirá inscribirlo también en el panorama más amplio de la estética musical moderna, en particular contraste con la estética nietzscheana y con la de la Escuela de Frankfurt.

El texto que guía la concepción heideggeriana sobre la música es una carta que él dispuso para su publicación poco antes de morir, en la que se refiere a la música de Stravinski. En ella valora el sentido antiguo de la música, es decir, la mousiké griega que, además de no circunscribirse a su delimitación moderna (sólo sonido), se presenta como un don para el cual el músico se dispone como instrumento de la divinidad, de modo tal que no lo oculte. Allí empieza a prefigurarse un estatuto ontológico de la música que complementará en cartas a Hannah Arendt en las que, al referirse a la música de Orff, escribe sobre “la unidad originaria de gesto, danza y palabra”. Sin embargo, no se trata más de la antigua mousiké, lo que implicaría que ni la mejor música actual puede pretender un influjo sobre las condiciones sociales como el que tenía la música para los griegos, equiparándola en esa determinación con el pensar y el poetizar. En eso Heidegger se distancia de la pretensión política de cierta música moderna, tanto de la Gesamtkunstwerk wagneriana como de la vanguardia disonante que ensalza Adorno, manteniendo su distancia también con la autonomía y preeminencia que le da a la música Nietzsche por influjo de Schopenhauer. Por otro lado, mientras que la “nueva música” coloca en su núcleo la cuestión de la técnica, Heidegger privilegia al acontecimiento, que no duda en caracterizar una y otra vez como religioso, como cuando se refiere en uno de sus cursos a Mozart, pero no al modo del Dios cristiano, sino en la línea de una rememoración de la sensibilidad y el pensamiento pre-metafísico de los griegos.


miércoles, 24 de agosto de 2011

La gran transformación en el gusto musical de William Weber


William Weber ha logrado con erudición y perspicacia un estudio fundamental sobre la historia de la estética musical moderna. En él se plantea el origen de aquella divergencia entre "música popular" y "música clásica" que marcó el auge cada vez más decidido de lo pop (en sentido general), el fracasado intento del atonalismo por superar con "nueva música" esa distancia, el asentamiento de lo "clásico" musical en la consideración popular más allá de la estética clacisista, la reivindicación de la "música ligera" (por ejemplo, la así llamada música ligera italiana), la concepción y los programas de los recitales y conciertos clásicos hasta nuestros días (tan criticados por Glenn Gould y en contraste con los conciertos populares), las demandas del público (como las que padeció Wagner en París), lo serio y lo bufo (tal como en la ópera), etc. Hay, pues, sobradas razones para recomendar la atenta lectura de este amplio estudio que, pese a cubrir un período de años determinado, posibilita una mejor comprensión de los gustos musicales contemporáneos, sin reducirlos a enfoques meramente sociológicos pero teniendo en cuenta los aspectos sociales, políticos y económicos que los influyen.


Título: LA GRAN TRANSFORMACIÓN EN EL GUSTO MUSICAL. LA PROGRAMACIÓN DE CONCIERTOS DE HAYDN A BRAHMS
Autor: WILLIAM WEBER
Formato: 16 x 23 cms.
Páginas: 472
Editorial: Fondo de Cultura Económica
Ciudad: México
Año: 2011
Traducción: Silvia Villegas
ISBN: 978-95-0557-874-0


Reseña editorial:
La gran transformación en el gusto musical analiza el cambio fundamental que se llevó a cabo en la vida musical europea entre 1750 y 1830 como parte de un movimiento más amplio que se proponía repensar la cultura y la política en Europa. A través del estudio minucioso de miles de programas de conciertos William Weber investiga la evolución del gusto a partir del surgimiento de mundos diferentes en torno a la música clásica y la canción popular.

El diseño de un programa es un proceso político que necesita de una serie de acuerdos entre públicos, músicos, gustos y, por extensión, fuerzas sociales. Hacia fines del siglo XVIII, un concierto típico satisfacía intereses variados a través de una "miscelánea" estructurada de géneros cohesionada por la presencia de músicos de relevancia. Esto comenzó a debilitarse alrededor de 1800 con la aparición de nuevos tipos de composiciones, desde los cuartetos de cuerdas a las quadrilles y las baladas, que no podían coexistir fácilmente en un mismo programa. El campo musical no pudo mantener su antiguo orden y comenzó a dividirse en dos regiones separadas de repertorio y gusto: la dicotomía establecida entre las músicas consideras "ligera" y "seria", en relación con las nociones de "canciones populares" y "clásicos".

William Weber lleva a cabo un estudio preciso y cautivante de ese conflicto por medio del cual la programación musical sufrió la influencia de ideas utópicas y experimentos extravagantes, mientras se libraban batallas ideológicas sobre quién debía gobernar el gusto musical.

sábado, 30 de abril de 2011

Sábato y la manía de la idea de progreso en el arte


Hoy ha muerto Ernesto Sábato, una de las voces más inteligentes y comprometidas con todo lo humano. No sólo Argentina está de duelo, pero la vida está hecha de esos pequeños silencios que se magnifican cuando se da el último paso. Como los buenos artistas, Sábato tenía muchas máscaras y sueños que ofrecernos. Hoy quiero recordar al Sábato que teoriza sobre el arte oponiéndose a todo tipo de moralismo y coerción con que se le quiera subyugar. Comprendía que no había fuerza más liberadora para el hombre que aquella de la que se nutre el artista. Por eso mismo había que liberar al arte de los límites conceptuales que le son ajenos, que no permiten entender su naturaleza lúdica, dialéctica (aunque no al modo de la mayéutica), polémica. En uno de sus Ensayos (1996) afirma lo siguiente sobre la idea de progreso artístico:

Vanguardia y progreso en el arte

La palabra "vanguardia" se la vincula al progreso. Pero en el arte no lo hay (cf. Collingwood), como lo revela el auge que en el París de comienzos de siglo tuvo el arte de los negros y polinesios. En el arte hay acciones y reacciones. Corsi y ricorsi. Hay dialécticas de escuelas, ciclos, sempiterna lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre bizantinismo y vitalismo entre complicación y simplificación, entre artificio y naturalidad, entre claro y oscuro, entre violencia y serenidad, entre romántico y clásico. Y no sólo hay sucesión sino contraposición de tendencias o escuelas (Quevedo y Góngora).
Piénsese, dicho sea de paso, qué "avanzado" resultó de pronto el arte hierático de Ramsés II frente al mero naturalismo europeo. Pero esto del progreso es una manía invencible. ¿Cuál era el personaje de Proust que suponía mejor a Wagner que a Beethoven, nada más que porque viene después? Pero no estoy seguro ni del personaje (una mujer, me parece) ni de los músicos.


Se ha instalado ya ampliamente entre nosotros la dualidad de lo apolíneo y lo dionisíaco. Quizá sólo sea preciso observar que no es posible un impulso sin el otro, sin el contrario. Ha sido menos trabajada, en esa misma línea, la oposición de arte clásico y romántico como impulsos de vitalismo e idealismo en los dominios del arte. Es más fácil considerarlas como meras sucesiones en la historia. Y Sábato nos sugiere además las oposiciones entre bizantinismo y vitalismo, entre complicación y simplificación, entre naturalidad y artificio, entre serenidad y violencia... Ellas involucran a todo lo humano y, por ende, también a su arte. De enfocarse en un solo extremo de las dualidades o imaginar una entidad intermedia en "lo entre" de las mismas resulta la cobardía suprema de no aceptar la vida como ésta es. Esta cobardía termina llevando, tarde o temprano, a la negación del arte. Sábato lo sabía y por ello no sólo no se permitía una cobardía tal, sino que, consecuentemente, luchó toda su vida contra ella. ¡Que Sábato no descanse! ¡Que sus escritos nos sigan provocando, pues sin diálogo polémico no hay creación!

miércoles, 19 de enero de 2011

Wagner contra Nietzsche. Su incomprensión de la crítica de éste y un manifiesto personal sobre el arte, la filosofía y la vida




Richard Wagner. "Marcha fúnebre de Siegfried", final de El ocaso de los dioses, última parte de la tetralogía del Anillo de los Nibelungos.



En 1876, después de haber huido Nietzsche de Bayreuth sin explicación alguna y tras un frío encuentro que sostuvieron en Sorrento, Wagner no comprendió por qué se estaba distanciando de él quien era, incluso entonces, su mejor apologeta. "La culpa debe tenerla ese judío, ese tal Rée", opinaba Cósima, que guardaba aun aprecio por el joven y enfermizo filólogo. Ciertamente, entre los amigos del círculo wagneriano y también fuera de éste se hablaba mucho del réealismo de Nietzsche. Un par de años después, en 1878, Nietzsche publicó el libro en el que había estado trabajando: Humano, demasiado humano. Se lo envió a Wagner, que, mientras lo leía, iba pasando de la indignación a la más extrema cólera, que fue cuando llegó a la cuarta parte ("Del alma de los artistas y escritores"), que claramente había sido escrita en contra suya. Elisabeth Nietzsche estaba fastidiada: ¡todo lo que le había costado subirse al coche de los Wagner para que ahora su hermano, seguramente confundido por la enfermedad, publicase un libro así! ¡Y filosofía del futuro, le llamaba, oponiéndola a la futurista música del maestro!... Pero era su hermano, al fin y al cabo, y no dejaría de quererlo. Los demás wagnerianos fueron menos comprensivos, pero Wagner mismo no quiso entrar en una confrontación directa con Nietzsche, especialmente porque estimaba que su "traición" se debía a su mal estado psíquico, y se limitó a contestar, sin mencionarlo, los infundios proferidos no contra él sino contra su ideal y su proyecto revolucionario. En un artículo titulado "Público y popularidad", que venía sacando en varias entregas su órgano de propaganda, el Bayreuther Blätter, contestó veladamente a Nietzsche. En éste se lee:
Filólogos y filósofos, especialmente cuando se encuentran en el campo de la estética, son animados, casi obligados por la física en general, a un progreso sin límites en el ámbito de la crítica de todo lo humano e inhumano. [...] Cuanto más inadvertidas pasen las saturnales de la ciencia aquí señaladas, tanto mayor será la audacia y la crueldad con que las víctimas más nobles serán mancilladas y arrastradas hasta el altar de la duda. Todo profesor alemán debe escribir alguna vez un libro que le haga famoso. [...] Ahora bien, los casos más graves son los que consideran toda grandeza en general, especialmente el tan molesto "genio", como pernicioso: el genio, considerado como algo fundamentalmente falso, es arrojado por la borda (1).

Es la crítica nietzscheana del genio la que exaspera a Wagner porque la siente como un ataque directo. La consigna no es que lo haya traicionado a él, sino al Arte (así, con mayúscula) en nombre de la fría y perversa ciencia. La explicación de la misma es ad hominem: su debilidad ha permitido que sea engañado y atrapado por el filisteísmo académico. Pero Nietzsche no se sentía ya parte de ese mundo académico. Por eso diría: "También he leído la amarga e infeliz invectiva de W contra mí en el número de agosto de las Bayr Bl: me dolió, pero no en el sitio donde W pretendía" (2). En su artículo Wagner seguía:
Me parece que con esto hemos tocado los éxitos del nuevo método científico, denominado "histórico", si bien sólo superficialmente (como no puede ser de otra manera para los no iniciados en los misterios de la Ilustración), en virtud de los cuales el puro sujeto cognoscente, sentado en la cátedra, queda como el único ser cuya existencia está justificada. ¡Una digna imagen para el final de la tragedia universal! [...]. Ciertamente nadie le prestaría atención si no hubiera universidades y cátedras que nuestro Estado, tan orgulloso de sus eruditos, se preocupa de mantener generosamente. [...] Al arte, que aparece cada vez más a los ojos del Goliat del conocimiento tan sólo como un rudimento de un estadio cognitivo previo de la humanidad [...], le presta atención sólo si le ofrece perspectivas arqueológicas para justificar afirmaciones históricas. [...]

El pueblo aprende de hecho siguiendo un camino completamente opuesto al de quienes siguen el método histórico-científico, es decir, en este sentido no aprende nada. No tiene conocimiento, pero conoce: conoce a sus grandes hombres, y ama al genio, al que aquéllos odian; y finalmente, venera lo divino, cosa que horroriza a aquéllos. [...] Ella está inmersa en el judaísmo y se maravilla de que hoy sigan tañendo las campanas los domingos por la mañana por un judío crucificado hace dos mil años, lo mismo ante lo que se maravillan todos los judíos.

A decir verdad, Wagner, como ensayista, era un buen músico. Le había hecho poca justicia a Nietzsche cuando lo defendió por la publicación de El nacimiento de la tragedia, y lo mismo ocurría ahora que le tocaba comprender su Humano, demasiado humano. Aunque, por otro lado, y más allá de su obsesión contra los judíos (que eran un símbolo pero no sólo eso), asumía comprensiblemente la postura idealista en la que Nietzsche lo ubicaba, según la cual la crítica de la razón le establece márgenes demasiado estrechos al iluminado que es convocado por lo Infinito. Que Wagner tenía poca idea de aquello a lo que Nietzsche se refería es algo que se observa claramente si nos remitimos al texto al que alude Wagner:
Cuando un domingo por la mañana oímos repicar las viejas campanas, nos preguntamos: ¿será posible? Esto se hace por un judío crucificado hace dos mil años, que dijo ser hijo de Dios. Falta la prueba de semejante afirmación. (§ 113) (3)

Wagner reclamaba un privilegio metafísico del arte que no sería en absoluto compatible con los márgenes físicos (naturalistas) de la ciencia. El viejo metafísico necesita y cree que todos los demás también necesitan de su nube, pero esa "necesidad" en realidad parte de la tierra, aunque éste ya lo haya olvidado. Nietzsche, en cambio, cree que el arte debe ser sometido al tribunal de la razón, mas no para juzgarlo falso en contraste con el conocimiento científico, sino para develar su interés terrenal, su necesidad física y no metafísica; esto es, su valor fisiológico:
Es verdad que el arte tiene mucho mayor valor bajo ciertos presupuestos metafísicos, por ejemplo, si se cree que el carácter es inalterable y que la esencia del mundo se expresa constantemente en todos los caracteres y acciones; entonces la obra del artista se convierte en la imagen de lo eternamente persistente, mientras que para nuestra concepción el artista nunca puede darle a su imagen más que validez para una época, pues el hombre en conjunto ha devenido y es mudable, y ni siquiera el hombre singular es nada fijo y persistente. Lo mismo sucede con otro presupuesto metafísico: puesto que nuestro mundo visible no fuera más que apariencia como suponen los metafísicos, el arte vendría a estar bastante cerca del mundo real, pues entre el mundo de la apariencia y el mundo de ensueño del artista habría mucha analogía; y la diferencia restante elevaría la significación del arte por encima incluso de la significación de la naturaleza, pues el arte representaría lo uniforme, los tipos y modelos de la naturaleza. Pero esos presupuestos son falsos: ¿qué posición le queda ahora todavía al arte después de esta constatación? Ante todo, durante milenios ha enseñado a ver con interés y placer la vida en todas sus formas y a llevar nuestro sentimiento tan lejos que finalmente exclamemos: "sea como sea la vida, es buena". (§ 222) (4)

Esquilo y Shakespeare rinden pleitesía a Wagner. Caricatura aparecida en Ulk (1876).

La ruptura con Wagner, por lo tanto, más allá de que su concepción del arte fuese equivocada al revestirle de metafísica hegeliana, implicaba una desconfianza radical frente al arte en general. En esto Wagner tenía razón: Nietzsche le da preeminencia a la ciencia en detrimento del arte, pero no es la ciencia académica que el mismo Nietzsche había ya criticado (5), sino la ciencia jovial, una ciencia que enseña a dudar para poder entonces abrazar más libremente a la vida, aun con todas sus migrañas y sus indiferentes jóvenes rusas. La fidelidad al arte es dominada en la filosofía de Nietzsche por una más fuerte y fundamental fidelidad a la tierra. Eso es algo que debieran recordar nuestros estetas que "aman" al arte por sobre todas las cosas y se creen autorizados en eso por Nietzsche. Quizá nos falte entre los nietzscheanos una Escuela de Frankfurt: así como ésta "des-economizó" a Marx (sin que lo económico dejase de ser fundamental), así también podría ser provechoso "des-estetizar" a Nietzsche sin que lo estético pierda su más primitiva aunque recién aclarada importancia en el conjunto de las experiencias humanas.

En la epistemología kantiana tenemos la más radical inversión de la metafísica platónica (como por otra parte lo sostiene también Eugen Fink). Mi tesis es que, en este período intermedio de la filosofía de Nietzsche, tenemos, incluso en relación con el arte, una inversión nietzscheana de Kant, gracias a la cual y sólo con ella pudo Nietzsche terminar de darle la vuelta a la filosofía en cuanto tal (aquella vuelta de la que habla Lou von Salomé) y ensayar por fin una metafísica enteramente distinta a la platónica. Nietzsche ("oído a la música", queridos inmoralistas) va en línea kantiana y hace más estricto su deber. La kantiana y muy clásica (me refiero al clasicismo) preeminencia de la naturaleza sobre el arte, tan irónicamente refutada por el idealismo de Hegel, reaparece en Nietzsche aunque con un tono diferente, pues ha destronado también a la razón ilustrada, pero no para colocar en su lugar una conciencia absoluta (fea y torpe actitud la del idealista que cree ver en Nietzsche finalmente a uno de los suyos), sino para hacer más radical aún su criticismo. Esta otra preeminencia de la naturaleza bien podría resumirse en la máxima: "No puedo vivir sin mi arte, pero jamás lo pondré por encima de toda otra cosa. Pues, si mi arte sólo pudiese alejarme del mundo, no dudaría ni un segundo en abandonarlo". Entre todos los seguidores que Nietzsche ha tenido en más de cien años, sólo la mente lúcida y mediterránea de Albert Camus ha sentido algo similar y ha hecho su arte y su vida conformes a esta máxima.

Wagner estaba en la otra vera. No era enteramente un hegeliano (a decir de Nietzsche), ya que, a diferencia de Hegel, él no creía en el Estado como solución política, sino en la "anarquía"; pero sí admiraba su metafísica y la había incorporado (a su manera, como también reconoce Nietzsche) en su noción de Gesamtkunstwerk (véase La obra de arte del futuro). Esa distancia, fuertemente dogmática por el lado de Wagner, es la razón principal por la que éste no pudo comprender los "nuevos mares y soles" del viejo amigo. Sólo le quedaba extrañarlo en silencio, pues había prohibido pronunciar su nombre, y tratar que algún otro ocupase su lugar en Bayreuth. Cósima haría lo mismo: "Yo permanezco fiel al Nietzsche que ha muerto, y abandono al Nietzsche vivo en la compañía que ha escogido: Petrarca, Erasmo, Voltaire - ¡que le hagan buen provecho!" (6)

La distancia era para Nietzsche también la diferencia entre la "divina manía" del músico y el deber crítico del filósofo. Si se quiere, podemos generalizar que todo filósofo, desde el momento en que es tal, no se siente satisfecho con la sola música y necesita el complemento de su filosofía. Pero, ¿hay en ello siempre un menosprecio? Como fuese, Nietzsche demuestra que el supuesto enaltecimiento de la música, operado por los músicos, matemáticos, sacerdotes y filósofos idealistas, es en realidad un menosprecio radical de la misma, de su fuerza vital, y frente a eso, en todo caso, es un mejor destino para ella el de la filosofía que reconoce sus propias pulsiones.

Karl Jaspers ha señalado acertadamente que la música es, para Nietzsche, "adversaria de la filosofía y que su pensamiento es tanto más filosófico cuanto menos musical es, porque lo que Nietzsche ha filosofado nació en lucha con lo musical y ha sido conquistado en contra de la música" (7). Aquí música quiere decir pasíón, y precisamente sobre ésta dice Nietzsche: "Nada más barato que la pasión. Se puede prescindir de todas las virtudes del contrapunto, se puede no haberlo aprendido, pero siempre se puede hacer pasión" (8). Sin embargo, el mismo Jaspers pierde la clave cuando afirma que "tanto su pensamiento como las revelaciones ontológicas místicamente experimentadas por él son opuestas a la música y se mantienen sin ella" (9). Que esta última afirmación es exagerada, se puede corroborar con cualquiera de los varios aforismos donde Nietzsche asocia pensamiento y creencias con baile; es decir, con seguir a la música. Si decimos que el buen filósofo debe saber bailar, evidentemente no estamos refiriéndonos a su agilidad corporal, sino a cuán dúctil e ingenioso es su pensamiento. La observación última de Jaspers sólo conserva su importancia separadora si se le tiene como antídoto frente a una tentación pitagórica que quiera encontrar una musicalidad cósmica (matemática) en las "revelaciones ontológicas" del último Nietzsche. Como ese no parece ser el caso, separémonos de Jaspers y volvamos al propio Nietzsche, que, refiriéndose a Wagner, se pregunta:
¿Qué es lo primero y lo último que un filósofo se exige? Vencer en sí mismo a su tiempo, venir a ser "intemporal". ¿Con qué ha de sostener entonces su más dura contienda? Justamente con aquello en que es hijo de su tiempo. ¡Muy bien! Soy tan hijo suyo como Wagner, quiero decir, un décadent: sólo que yo lo entendí; sólo que yo me defendí. El filósofo, en mí, se defendió. (10)

El filósofo, al que no le gustan los moralistas ni las frases bonitas, debía separarse del músico más lascivo de todos:
La música y sus peligros.- Sus orgías, su arte de provocar estados cristianos, sobre todo aquella mezcla de sensibilidad pervertida y devoción ardiente, va de la mano con el desaseo de la mente y las exaltaciones del corazón; quebranta la voluntad, sobreexcita la sensibilidad; los músicos son lascivos. (11)

Pero la música toda es lasciva, felizmente lasciva, ese es precisamente su valor. El idealista considera eso insultante, quiere elevar a la música haciéndola inteligible. Pero Nietzsche demuestra explícitamente, en su oposición a Wagner, que esto es menospreciarla. Kant le había quitado a la música el valor moral que Pitágoras y Platón le habían dado. Nietzsche le da su valor fisiológico: "El arte es el gran posibilitador de la vida, el gran seductor para la vida, el gran estimulante para vivir..." (12). En ese sentido se entiende también la más conocida frase suya: "¡Qué poco se requiere para ser feliz! El sonido de una gaita. - Sin música la vida sería un error" (13). Como las valoraciones morales están excluidas por principio fisiológico (que nosotros podríamos llamar también fenomenológico), hay que apreciar todas las experiencias musicales, como éstas se presentan, desprejuiciadamente, con su fuerza vital como sola justificación. Y en ese caso resulta igualmente absurdo censurar la música de Wagner, ya sea por su estúpido antisemitismo o por su afectada dramatización. Sí, aunque nos parezca deleznable y lo critiquemos... ¡Incluso Wagner nos hace bien! ¡Incluso a Wagner le decimos: sí, eres bueno para mi vida! Porque para sostener un vitalismo así de radical es necesario haber tenido una décadence. Yo la tuve con Schopenhauer y el Romanticismo alemán. No cambiaría esa experiencia por ninguna otra, por riesgosa que haya sido en su momento. ¡Cuánto aprendí entonces a amar la vida! Comprendo, pues, que Nietzsche haya tenido que pasar por su Wagner y que haya así unido su destino al de él. "Llamo a Wagner el gran benefactor de mi vida", escribió en Ecce homo poco antes de su derrumbe psíquico, agregando que "Richard Wagner ha sido, con mucho, el hombre más afín a mí [...]. Lo demás es silencio".


Wagner avasalla con su música sobre un casco prusiano. Caricatura aparecida en Figaro (1876).




(1) Wagner, Richard, Sämtliche Schriften und Dichtungen, Leipzig, 1883, vol. X, pp. 81-86.
(2) Nietzsche, Friedrich, Correspondencia III, Madrid: Trotta, 2010, carta 752. Sobre esta cita quiero observar el "descuido" de Eduardo Pérez Maseda, autor del libro Música como idea, música como destino: Wagner-Nietzsche (Madrid: Tecnos, 1993), que resalta el dolor expresado por Nietzsche en esta carta sin el importante "pero" final.
(3) Nietzsche, F., Humano, demasiado humano, trad. de Alfredo Brotons Muñoz, Madrid: Akal, 2007.
(4) Ibídem.
(5) Y no sólo critica a la ciencia moderna, para lo cual se puede revisar el respectivo apartado en el estudio de Jaspers (citado luego), sino también a la filosofía que critica a la ciencia pero en favor de la moral. Allí entran desde Sócrates hasta Kant. Al respecto puede verse el iluminador fragmento póstumo 14 [141] de 1888: "La ciencia combatida por los filósofos".
(6) Carta de Cósima Wagner a Gersdorff, 12 de enero de 1879.
(7) Jaspers, Karl, Nietzsche, Buenos Aires: Sudamericana, 1966, p. 77.
(8) Nietzsche, F., El caso Wagner.
(9) Jaspers, K., op. cit.
(10) Nietzsche, F., El caso Wagner, Prefacio.
(11) Nietzsche, F., Fragmentos póstumos (1885-1889), vol. IV, Madrid: Tecnos, 2006.
(12) Ibídem., 11 [415].
(13) Nietzsche, F., Crepúsculo de los ídolos, "Sentencias y flechas", 33.

domingo, 16 de enero de 2011

Dos poemas de Nietzsche a Lou von Salomé (y una explicación de ella)



Lou von Salomé conoció a Nietzsche cuando ella tenía veintiún años y él treinta y ocho. Nietzsche quedó profundamente impresionado por su belleza pero sobre todo por su inteligencia, de la que Paul Rée ya le había dado noticia. Desde un inicio quiso hacerla partícipe de su filosofía y también, por qué no, de su "afecto". Era abril de 1882 y estaban en Roma. Según lo que ella cuenta, al saludarse por primera vez él le dijo con solemnidad: "¿Desde qué estrella hemos caído para venir a encontrarnos aquí?", a lo que ella replicó con gracia que, al menos ella, venía de Zurich. Lejos estaba de suponer que Nietzsche le propondría matrimonio unos días después por intermedio de Rée, ni tampoco cuánto complicaría el plan que ella y Rée ya tenían para convivir juntos en una especie de monacato intelectual al que Nietzsche quería sumarse. En junio de ese año, éste le envió el primer volumen de Humano, demasiado humano, prometiéndole dedicárselo pronto. Eso ocurrió dos meses después, en agosto, cuando se encontraron en Tautenburg. Nietzsche escribió en la anteportada del libro un poema cargado del ideal de "espíritu libre" que cruza toda esa obra y que él creía compartir con ella aun más que con Rée. Esta dedicatoria dice:

Verano de 1876

¿Imposible volver atrás? ¿Y tampoco subir?
¿Ni siquiera para la gamuza hay camino?

Así espero aquí y apreso con firmeza,
lo que ojos y manos me dejan apresar:

Cinco pies de tierra en torno, la aurora,
y debajo de mí - el mundo, el hombre y la muerte

F. N.

A mi querida Lou. - Verano de 1882 *

1876 es el año de la ruptura con Wagner. Éste le había enviado a Nietzsche su Parsifal, mientras que él le había enviado a su vez, precisamente, el primer volumen de Humano, demasiado humano. Según lo que cuenta Nietzsche, con ese intercambio ya estaba todo demasiado claro para ambos -aunque Wagner quedó perplejo por la separación- y no volverían a encontrarse. El filósofo, sin embargo, que para entonces ya se asumía plenamente como tal, buscaba, no volver atrás, pero sí un modo de "subir" distinto al wagneriano o al schopenhaueriano. Este poema expresa esa condición suya, en lo que ha dado en llamarse su período intermedio o "positivista". Por eso mismo se concibe como filósofo, pues se dedicaba a "apresar" lo que podía hacer valioso y superior al hombre, partiendo de lo humano mismo, de lo que acaece, de la fidelidad con la tierra. Como bien lo advirtió Lou en su brillante estudio sobre Nietzsche**, éste presentía (sólo presentía), como en la aurora, la luz de mediodía que le habría de llegar bajo la forma de sus conceptos fundamentales: nihilismo activo, ultrahombre, eterno retorno de lo igual y voluntad de poder.

Es con la Gaya ciencia que va apareciéndosele esa "nueva tierra" por la que le gustaba identificarse con Cristobal Colón (con el añadido de haber residido en Génova durante un tiempo, justo antes de marchar a Roma y conocer a Lou en la Basílica de san Pedro). Esta dedicatoria no está escrita en el mismo libro, sino que es una hoja suelta insertada en el ejemplar que le obsequió a Lou. La dedicatoria es como sigue:

primeros de noviembre de 1882

Amiga mía -dijo Colón- ¡no te fíes
de ningún genovés más!
¡Siempre mira él fijamente el azul,
la lejanía lo arrastra demasiado fuerte!

A quien ama, le gusta atraerlo
hacia la amplitud del espacio y del tiempo - -
Sobre nosotros brillan estrellas sobre estrellas,
En torno a nosotros brama la eternidad.

A mi querida Lou

F. Nietzsche ***

En uno de los apéndices de este libro, las Canciones del príncipe Vogelfrei, escribe una variante bajo el título "Hacia nuevos mares", y otra versión más amplia aparece en los Fragmentos póstumos (NF III, 1884, 28[63]) con el título "Yorick-Colón". La misma Lou (que por lo demás es la mejor intérprete de las cartas que le mandó Nietzsche) escribió sobre este poema:

Cuando Nietzsche terminó su Gaya ciencia, en el año 1882, esa India suya interior se había convertido en una certeza: creyó haber arribado a las costas de un mundo extranjero, aún sin nombre y magnífico, del que ninguna otra cosa se conocía aparte de que debía hallarse más allá de todo aquello contra lo que el pensamiento podía arremeter, de todo aquello que el pensamiento podía destruir. Un ancho mar, aparentemente sin orillas, entre él y toda posibilidad de una nueva crítica mediante conceptos: más allá de toda crítica, allí pensaba que había hollado tierra firme.

(...) Pero se equivocaba con respecto a la absoluta novedad y lejanía de aquella tierra; se trata del error inverso al de Colón, que, buscando lo antiguo, encontró lo nuevo. Y es que, de hecho, sin saberlo y después de haber navegado dando la vuelta al mundo, Nietzsche regresó por el lado opuesto precisamente a la costa de la misma tierra de la que había partido y que creía haber dejado atrás para siempre cuando se distanció de la metafísica. ****

Eso explica, según ella, por qué a Nietzsche le resultó tan fácil pasar de su período positivista a su metafísica última, sin que haya una ruptura como la que hubo en él cuando se separó de Wagner, y aunque no se trate de la misma metafísica que había denunciado, como aclarará después. Es en ese particular proceso de la filosofía nietzscheana que apareció en su vida Louise von Salomé. Y fue ese mismo proceso, al que Nietzsche estaba tan devotamente dedicado, el que los separó más allá de los entusiasmos exagerados del filósofo por casarse con ella. En el diario que Lou escribió durante la semana que estuvo con Nietzsche en Tautenburg, reportándose a Rée le decía: "Nietzsche todavía se comporta con la meta de su conocimiento tal como el creyente con su dios o el metafísico con su esencia metafísica, y pone tanto su cabeza como la fuerza de su carácter a su servicio". Ella, en cambio, apreciaba de Rée justamente lo contrario: la indiferencia de aquél que conoce con la debida distancia, sin colocar todo su ser en su objeto de conocimiento, y juzgaba por lo mismo que la supuesta fuerza y firmeza intelectual de Nietzsche no era tal, sino precisamente lo contrario.

León herido de Lucerna, del escultor Thorwaldsen, a los pies del cual Nietzsche le pidió matrimonio por segunda vez a Lou von Salomé, poco antes de tomarse ambos junto a Rée la célebre fotografía que Nietzsche insistió en tomarse como sello de su amistad y planes para vivir juntos en París.

Aunque Lou afirmó en alguna ocasión (según su albacea, Ernst Pfeiffer) que bien podía prescindir de Nietzsche en su vida, es no menos cierto que no dejó nunca de admirarlo. "Nietzsche es, con seguridad, uno de los hombres más ricos, inquietantes y misteriosos que jamás han existido", escribió en una nota. Por el lado de Nietzsche, hay quienes sostienen una decisiva influencia de los acontecimientos con Lou y Rée en la obra que surgiría luego de la ruptura: Así habló Zarathustra. Y, en lo personal, es probable que mantuviese su gratitud y aprecio hacia la joven rusa que en Montesacro, según testimonio propio, le brindó el sueño más hermoso de su vida.





* Nietzsche, Friedrich, Correspondencia IV, trad. de Marco Parmeggiani, Madrid: Trotta, 2010, p. 252, carta 289.
** Cf. Andreas-Salomé, Lou, Friedrich Nietzsche en sus obras (1894), Barcelona: Minúscula, 2005.
*** Nietzsche, F., op. cit., p. 273, carta 321.
**** Andreas-Salomé, L., op. cit., pp. 193-194.

domingo, 4 de abril de 2010

Cuando la voz era reina y señora en la canción popular (Adiós a Jesús Vásquez, junto al "Zambo" Cavero)




Arturo "Zambo" Cavero y Óscar Avilés, "Cada domingo a las 12, después de la misa".


Lo mío con la música criolla peruana no fue amor a primera oída. De niño, la vitalidad del rock, especialmente la del rock clásico y progresivo que escuchaba mi hermano, parecían sostener suficientemente todo mi mundo. Cuando quería salir de ello, porque desde siempre he necesitado el cambio, ahí estaban grupos del pop rock de esa época que me gustaban y me divertían enormemente; grupos como Queen, Soda Stereo, Hombres G, Mecano y varios otros que sin duda alguna giraban (para mí) en torno a ese gran sol que fueron The Beatles. Los domingos estaban reservados a la música académica con la que mi padre nos despertaba. Esos enormes parlantes Panasonic, enchapados en madera, que salían del estudio y rodeaban el comedor, me enseñaron, junto a las anécdotas que contaba mi padre y las explicaciones del señor Salvat (pues era su colección de cassettes la que escuchábamos), quiénes fueron Bizet, Wagner, Stravinsky, Beethoven, Chopin, Mozart, Bach... y, entre muchos otros, su bienamado Brahms. Desde esos días no pude olvidar jamás a la Carmen de Bizet, obra a la que yo llamaba "Salvo" porque su obertura salía en una propaganda televisiva de ese limpiavajillas. "Papá, ¿me pones Salvo?", le pedía a veces, y me imaginaba al toreador y a la gitana.

Algunas veladas, cansado de tareas que prefería hacer desde la medianoche y sin muchas ganas tampoco de leer los libros de mi padre, me la pasaba en su estudio, me sentaba al lado del enorme equipo Pioneer que se calentaba demasiado, me ponía unos auriculares Aiwa negros que no sólo me cubrían las orejas sino también parte de las mejillas, y ponía en el tocadiscos (el que he descubierto después que fue uno de los mejores tocadiscos hechos hasta ahora) a todos esos cantantes que me divertían fundamentalmente por sus voces y luego recién por sus letras. Ahí conocí al gran Leonardo Favio (y dudé si regalarle un clavel o una rosa a la chica que me gustaba), a los Pimpinela, a José José (que siempre fue para mí el mejor), a Julio Iglesias, José Luis Perales, Nino Bravo, Roberto Carlos... así como también a Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y todos esos cantores que no podían ser mejor escuchados que ahí, junto a las obras de Marx de la editorial Progreso de Moscú y los demás libros socialistas entre los que yo resaltaba los de Trotski, el más coherente y sensato de todos ellos.

Hasta entonces, la música criolla había tenido un lugar mínimo. Ninguna voz me había deslumbrado y las letras me parecían francamente aburridas, predecibles y deprimentes (cosa que ya no creo, al menos no con todas). Por otro lado, el regionalismo de mi padre me hizo preferir el carnaval y el yaraví arequipeños. En todo caso, existía un 28 de julio para poner sólo esa música, como si fuese parte del mismo mandato municipal que nos hacía colocar la bandera en el techo. Eso fue hasta que encontré entre esos discos uno de un negro que, además de llamarse como yo, parecía sumamente gracioso por las poses en las que lo habían capturado para la portada del disco. La música negra llamada criolla se limitaba hasta entonces para mí al escalofriante y sobrevalorado Jai, jai, jipi. Así que no sin algo de temor puse por primera vez ese disco que luego pondría nuevamente por muchos domingos a la hora del almuerzo. Recuerdo como si hubiese sido ayer el "¡¡ufff!!" que hizo mi cuerpo cuando advertí que no era el mismo cantante, a la vez que empezaba a estremecerme con el vals Cada domingo a las doce después de la misa. ¡Qué tal voz! No, felizmente no era el mismo "zambo", sino uno infinitamente más grande, colosal. Era Arturo "el Zambo" Cavero, la mejor voz que ha tenido la música criolla peruana.



Jesús Vásquez, "El Plebeyo".


Como si eso hubiese sido poco, quiso el destino que poco después me cruzara con otra grabación. Esta vez se trataba de una señora cuyo nombre había escuchado a mis padres. Puse el disco y desde entonces asocié esa voz con todo lo que significaba Lima, la ciudad de carne y hueso, la del callejón de un solo caño, la cada vez más provinciana; no aquella otra de aristocráticas nubes a la que (también bellamente, por cierto) cantaba Chabuca Granda. Jesús Vásquez era indiscutiblemente la voz popular del criollismo. Quizá por eso le venía como anillo al dedo aquel vals popular por excelencia: El Plebeyo de Felipe Pinglo. Si la potencia era lo propio del Zambo y la elegancia señorial lo característico de Chabuca, esa dulce y melancólica cadencia de la voz de Jesús Vásquez la hicieron con justicia la "reina y señora de la canción criolla". Fueron más de setenta años en los que nadie dudó de la legitimidad de su título. Esa cadencia suya era la clave de su reinado. Con ella se puede demostrar con claridad cómo una voz tan suave puede calar tan hondamente...

En esas veladas musicales de mi niñez, más que estudiar la belleza formal de las composiciones o la relevancia conceptual de las letras, ansiaba deleitarme con la genialidad hecha voz (la voz como el mejor de los instrumentos, decía Hegel aunque no por los mismos motivos). En cuanto a la música criolla, mi gusto por el género comenzó gracias a esas dos voces auténticamente geniales. La del Zambo nos dejó en octubre pasado. La de Jesús Vásquez nos dejó ayer. Pero hoy más que nunca podemos decirle, como el vals, "reinarás en el altar del alma mía. Al partir me dejarás tus agonías (...). Nadie ocupará el lugar que tu tenías...". Descanse en paz, reina y señora.



Jesús Vásquez y Víctor Dávalos, "Alejandrina".