lunes, 10 de agosto de 2009

Jorge Enrique Adoum: poesía en duelo




Hace un mes se silenció la voz más importante de la poesía ecuatoriana. Llegó de manera inesperada al Encuentro Poetas del Mundo, en 1998, y también inesperadamente me impactó de inmediato al oírlo. Su sencillez, su voz telúrica, su manejo creativo e impecable del idioma, su sentida sangre andina, y claro, también su parecido físico (de gestos y movimientos más aún que de rostro o nombre) a mi abuelo, fallecido el año anterior.

Fue una grata sorpresa que se mantuvo en el tiempo. En esa ocasión, tras su lectura, tuve el gusto de conversar brevemente con él - los años de su edad parecían acentuar su afabilidad, su ingenio y su modestia. Sin embargo, no fue sino hasta un par de años después, ya en la universidad, que pude leerlo con calma. Me parecía increíble que fuese tan poco conocido en nuestro país, estando tan cercano a nosotros física y espiritualmente. Lo que Guayasamín es para Latinoamérica en pintura, Adoum lo es en la poesía. Ganó el premio Casa de las Américas cuando éste celebraba a los grandes. Fue también secretario personal de Neruda, quien dijo de él, cuando presentó el primer poemario del ecuatoriano, que se trataba del mejor poeta latinoamericano vivo. Pero todo eso es secundario. La intimidad de su voz, fiel a la tierra, era en él lo decisivo; eso es lo que cuenta.

En el 2003, fue invitado por estudiantes de la Universidad Católica a leer algunos de sus poemas. El motivo, la integración peruano-ecuatoriana a la que estuvo siempre tan bien dispuesto. Bien sabía que, más allá de coyunturas, somos dos naciones unidas desde siempre por un fuerte abrazo, como el de aquellos amantes del paleolítico descubiertos así, abrazados, a los que Adoum les cantó brillantemente en su libro El amor desenterrado. Esa vez, precisamente, tuvo la gentileza de preguntarme por mis poemas y dedicarme el libro: "Para Arturo, como un abrazo".

Así de sencillo, contundente y generoso era y seguirá siendo Jorge Enrique Adoum.















Huesos de recién nacido o de recién muerto hace tiempo:
con esto puedo imaginar qué poco basta
para formar dos cuerpos y hacer visible su sentido,
qué poco también para dos muertes juntas.

Yo he sufrido semanas de diez días y años de catorce meses
pero estos siglos fueron cortos:
aún nos quedan pétalos de las costillas, juncos los de las piernas,
-lo que nos resta de la tempestad corpórea
cuando el viento junta lo que dispersó el viento-,
reprochándonos nuestra culpabilidad de seguir vivos
estos amorosos caídos juntos en la refriega contra el deseo,
como si el frotamiento de la piel con la piel les hubiera desnudado,
pedazos de una luna creciente y otra menguante
ensamblados por una complicidad secreta de su movimiento,
radiografía de lo que fuimos y debimos seguir siendo.

Por esa perennidad del cuerpo, perennidad del acto,
¿era ya el amor que desaprendimos con el tiempo y que hoy ya no es o no es
todavía?
¿qué pasó entre el amor y nosotros, qué río agrio o fuego frío?
¿se era entonces hombre y mujer para ser ser completo
cuando aun no era cacería la pareja?
¿se escogía ("quiero morir contigo") a la persona
con la que uno iba a vivir toda la muerte,
náufragos intrusos en el subsuelo para ver desde abajo
cómo anda el pobrecito amor fugaz en el país de arriba,
y quedarse así embisagrados,
oyéndose para siempre el último parpadeo,
viéndose para siempre el último latido,
condenados a morir a amor lento
sin los tristes despueses del desacoplamiento?

De: El amor desenterrado y otros poemas, Quito: Editorial El Conejo, 1995, pp. 14-15.





Y este es una promoción de un documental sobre su vida y obra:

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