Las cosas que digo también son ciertas... Blanca Varela en mi memoria




Hoy, 12 de marzo, es inevitablemente un día triste. Ni el sol de otoño, ni la serenidad interior, ni la sonrisa de la mujer que amo han podido evitarlo. Hoy ha muerto la que a mi juicio era el poeta vivo más importante en lengua hispana, además de una escritora que siempre me fue demasiado próxima ― amiga, amada, hermana. Hoy ha muerto Blanca Varela.

Conocí a Blanca casi por casualidad como se suele encontrar todo lo bueno de la vida― allá por septiembre de 1998. Me había escapado del colegio, como hacía a veces para encontrarme con un helado, una película o una chica (o las tres juntas). Pero esta vez había decidido meterme de lleno, con uniforme y mochila, en un encuentro mundial de poetas que organizó Jorge Cornejo Polar en la Universidad de Lima. Fue maravilloso. Desde que mi hermana mayor me leía poemas, cuando yo ni sabía leer pero ya aprendía a memorizarlos, hasta entonces, nunca había tenido un contacto tan directo con tanta y tan buena poesía. Allí me deslumbraron, entre los extranjeros, el chileno Gonzalo Rojas ("Juro que esta mujer me ha partido los sesos, / porque ella sale y entra como una bala loca...") y el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum ("No es fácil injertarse en ti, ísima mía. / Me doy cuenta de que fue risa y no tos / lo que te dije, y debo despensar las cosas..."), a quienes no conocía. De los peruanos, yo sólo esperaba a Blanca, pero la noticia era que no iría. Por eso fue una sorpresa y una casualidad verla de pronto, poco antes de su turno de lectura, sentada junto a una amiga en unas butacas por la mitad del auditorio. Nadie se le acercaba. Hasta ahora no puedo olvidar el aura que la rodeaba: esa fuerza solemne y esa cierta melancolía, tras la cual aparecía ella, deslumbrante para mí, como una mujer refinada a causa de su sencillez. "No era una mujer, sino una aparición", hubiese dicho Truffaut. Me le acerqué cuidadosamente, como el niño curioso y tímido que era que sigo siendo―. O quizás como un cazador furtivo. Yo interrumpí su conversación...

Interior. Auditorio grande llenándose de a pocos. Gente por todos lados caminando o conversando en grupos, a pie y sentados. Todo el mundo habla a la vez, algunos animadamente; otros patéticamente, para mostrar que son poetas. Tarde, casi noche. Luces cálidas encendidas.

Blanca, con un suéter beige un poco más oscuro que el del pantalón, con el que hace juego, y con una blusa blanca de cortes redondeados, bastante tradicional, está sentada con las piernas cruzadas y con los dedos de la mano izquierda sostiene (o acaricia) su mentón. Habla con una mujer que está vestida con mucha mayor ostentación y maquillaje, con una larga falda negra y sombrero de ala ancha también negro. No hay gente alrededor de ellas. La cámara, que es la mirada de Arturo, se enfoca solamente en Blanca y, dejando casi fuera de campo a su amiga, se le acerca muy lentamente, esquivando a las personas que se le cruzan pero sin desviar su atención. Llega finalmente donde ellas. Blanca gira levemente la cabeza sin dejar de hablarle a su amiga y luego calla. La música de ambiente, que apenas se percibía, deja de sonar. La cámara gira y él entra en campo mientras su voz se escucha, muy suave al inicio y con mayor convicción después:

Arturo: Buenas tardes, disculpe que la moleste.
Blanca: No te preocupes.
Arturo (con seriedad, primero, y con una sonrisa nerviosa al final): Quería decirle que aprecio muchísimo su poesía, que me toca siempre muy hondamente, que en verdad la admiro y hasta la envidio un poco...
Blanca (cordialmente): Muchas gracias, eres muy amable.
La otra mujer (exageradamente): ¡Qué lindo, quiere un autógrafo!
Arturo (ignorando a la mujer, le extiende a Blanca un libro abierto y una pluma): ¿Puedo pedirle, por favor, que me dedique estos poemas suyos?
Blanca: Claro, con mucho gusto. Lo toma, le pregunta su nombre y escribe unas líneas. Se lo devuelve cerrado.
Arturo (emocionado hasta el extremo, sin ocultarlo): ¡Muchísimas gracias, en verdad!
Blanca (sin perder su sobriedad pero con una sonrisa amable): Gracias a ti.


Ella vuelve a su posición anterior, exactamente tal cual. La música vuelve a sonar suavemente y él sigue su camino mientras emocionado abre el libro, donde están la pluma y la dedicatoria. Él la lee lentamente, como si no lo creyese, y luego la repite mientras su voz se pierde con la música de Jazz:



Algunos años después, oyéndome hablar de ella, aún enamorado, fascinado por su voz, Luis Jaime Cisneros se ofreció a presentármela para que pudiese hacerle las preguntas que me invadían por entonces sobre la creación poética y sobre mi propia poesía; pero al poco tiempo ella enfermó. Por esos días, Luis Jaime le comunicó la decisión de la Academia Peruana de la Lengua de incorporarla; pero ella, renuente como casi siempre a los reconocimientos, no aceptó. Él mismo me comentó que la muerte de su hijo, el menor, le había afectado severamente y que éste fue un dolor del que ella nunca pudo recuperarse, somatizándolo más bien con crudeza cada vez mayor. Comprendí entonces que Blanca había perdido ese frágil equilibrio en el que necesariamente se mueve todo verdadero poeta. Había caído en el abismo silencioso que existe a causa de una intensa fortaleza y una no menos intensa fragilidad. La sensibilidad creadora se alimenta de esos abismos que, como afirmaba Hölderlin, ni un dios podría soportar, sino solamente un hombre, pero no uno cualquiera, sino el hombre que habita poéticamente porque es aquél el que se entrega a su ser abismado. Pero el poeta, como Hölderlin, es a final de cuentas tan frágil como su condición humana le permite, y a veces tampoco él soporta y se sume en el silencio. Eso le pasó a Blanca. Como a Orfeo después de perder para siempre a Eurídice, personalmente no le quedaban más cantos; pero su antigua música perduró en mí sin perder su fuerza. Y no sólo en mí. El tiempo no ha hecho sino confirmar en todas partes la altura y la intensidad de la voz de Blanca. Ese poder que transmite su franqueza elemental, su rehuir a todo "preciosismo bienvestido", su quejarse "de la mala manera", su gusto y su disgusto esenciales por la vida reflexivamente asumida, su economía verbal, su resistencia... en una palabra, su bella humanidad.

Luego de escribir estas líneas, pienso que no será más un día triste. Blanca nos seguirá llevando a esos puertos que definitivamente existen: aquellos que nos ponen cara a cara frente a la vida. Los ecos de su voz directa y verdadera, como las olas del mar, cantan dentro, muy dentro de mí.



Comentarios