El canto de Blanca (Luis Jaime Cisneros)



Por: Luis Jaime Cisneros Vizquerra

El estridente silencio al que nos convoca la muerte de Blanca Varela dice claramente cuánto significaron para nosotros su vida y su obra, y nos permite reflexionar sobre lo que ha significado su poesía en nuestra generación.

Conocí a Blanca una tarde de agosto de 1948, en la Peña Pancho Fierro, adonde solíamos acudir para conversar con José María Arguedas, verlo cantar huaynos; admirar las colecciones de las hermanas Bustamante y comentar la actividad teatral que había desarrollado Margarita Xirgu. Ahí en la peña nos juntábamos Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eielson, Gody Szyszlo y, una que otra vez, los pintores Julia Codesido y Ricardo Grau.

Blanca no era pródiga en hablar, pero cuando lo hacía mostraba cómo se podía ser profundo sin prodigarse verbalmente. Entonces sólo hablábamos de lo que leíamos y sobre todo de lo que se publicaba en Las Moradas, la revista que dirigía Emilio Adolfo Westphalen.

Fue el viaje al extranjero que nos reveló una Blanca, con definido perfil y voz firme. Lo confirmó el hecho de que Octavio Paz prologara su primer libro. Ese puerto existe anunciaba también la existencia real y viva de una poeta que daría al Perú puesto seguro en la poesía americana. Poeta de claro perfil, anunció desde la hora inicial la línea de su horizonte poético; lenguaje alerta para la significación precisa, sin concesiones; sintaxis ajustada a la buena sazón y, sobre todo, claridad de la imagen, pulcritud para convocar a la imaginación sin alardes verbales.

me sobrevivirán aguja, vaso piedra
hormigas afanosas
me sobrevivirán
donde yo deje de estar pasará la sombra del sol
y medias palabras de boca a boca
y tejerán sin mí aliento sinsentidos.
(Concierto animal, 1999)

Su poesía nos enseña a comprender que el mundo en que vivimos lo compartimos con la naturaleza, y forma parte de nuestra vida, la explica, la integra.

estamos vivos,
quién lo duda,
el laurel, el ave, el agua
y yo,
que miro y tengo sed.
(Alba, Luz del día, 1963)

Recatada en el gesto y en la voz, Blanca le asignó peso poético y carácter magistral a su prosa, que guarda siempre el grave peso de una secreta y constante actitud filósofa.

“Hasta la desesperación requiere un cierto orden. Si pongo
un número contra un muro y lo ametrallo soy un individuo
responsable. Le he quitado un elemento peligroso a la realidad.
No me queda entonces sino asumir lo que queda: el
mundo con un número menos”.
(Del orden de las cosas. Luz del día, 1963)

En el último número de “Libros & Artes” (30-31), la revista de la Biblioteca Nacional del Perú, Marcos Martos dedica un valioso artículo sobre algunos aspectos de la obra de Blanca. Destaco sobre todo el contraste entre su primer texto, Puerto Supe, y algunos textos posteriores, sobre todo Vals del Angelus que integra un libro de 1971. Buen modelo de prosa:

“Mira mi piel de santa envejecida al paso
de tu aliento, mira el tambor estéril de mi vientre
que sólo conoce el ritmo de la angustia, el golpe
sordo de tu vientre que hace silbar al prisionero,
al feto, a la mentira”.

Blanca ha sido la poeta más importante de todo nuestro continente en el siglo XX. Se publica su primera recopilación, en México, Canto Villano, en 1986. Nos dejó la convicción de que siempre ganaba en ella la poesía de la ansiedad. Una ansiedad que había penetrado en su lenguaje y lo había consustanciado consigo misma. En Strip tease leemos:

"quítate la piel
las tripas los ojos
y ponte un alma
si la encuentras".

Fuente: PuntoEduWeb (PUCP)
Foto: El Comercio

Comentarios