sábado, 22 de noviembre de 2014

John Cage como músico: 4'33'' y la intencionalidad del silencio





Así como la concepción tradicional de la música excluye al sonido de una puerta abriéndose, el ruido del avión que pasa o los ladridos de mi perro, y así como nuestra actitud natural frente a la música académica es la de considerar un tosido en el teatro como ruido extramusical que enturbia la escucha pura de Mozart, así también el silencio es habitualmente entendido como no-musical, como ausencia de música, imprescindible pero en contraste absoluto con el sonido por la sencilla y evidente razón de que no se escucha nada, que parece algo así como un estado de total pasividad. Pero, ¿realmente hay tal pasividad en el oír y no se escucha música cuando se está en silencio? Volvamos sobre 4'33'', la experimentación más radical de John Cage con el silencio.




Desde luego que quien está esperando que el músico toque el piano no deja de escuchar sonidos: eso es claro. El asunto es que lo que escucha -por ejemplo, los tosidos del que se sienta al lado, la melodía en MIDI de un celular, su propia respiración agitada, las risas de unos niños, etc.- no son para él sonidos que formen parte de la representación musical. "Música" es, en esa circunstancia, una idea que restringe el horizonte sonoro sólo a lo que debe proferir ese instrumento cuando el músico lo toque (y aun así habría que ver qué toca, porque después de Fluxus ya no se sabe qué hará esta gente loca con los instrumentos). Ahora bien, esa idea de música no se aprende en la escuela, sino que está plenamente naturalizada en nuestras vidas cotidianas (por eso, además, las vanguardias no son tan populares): enciendo la radio y escucho música, la apago y ya no escucho música. Parece algo simple y sin complicaciones. En cierto modo hay que aceptar esa actitud natural, pues no carece de todo sentido (volveremos sobre esto) y el filósofo sólo puede pretender describir lo que pasa en ella sin acudir a una instancia sobrenatural, pero no es en vano advertir reflexivamente aquello de lo que Cage se dio cuenta: justamente que detrás está operando esa delimitación ideal, estableciendo los márgenes dentro de los cuales algo puede escucharse como música; una delimitación ciertamente constituida y, por lo mismo, contingente, cambiante, con la que no pocas veces en la historia de la música se ha calificado como ruido a lo que otros consideraban musical. Incluso cuando tal idea sufrió variaciones estructurales importantes, como en el paso del sistema de la tonalidad al atonalismo, lo que se entendía por obra y por instrumento musicales era básicamente lo mismo; es decir, el cambio se producía dentro de la susodicha restricción. Schaeffer y Cage fueron quienes llevaron -no exclusivamente, desde luego, pero sí con una radicalidad inusitada- mucho más lejos a la música. Schaeffer, ampliando lo que se entendía por objeto musical. Cage, relativizando los límites entre música y silencio.




Lo que intuitiva y artísticamente entendió Cage fue que el silencio es intencional. Expliquemos esta intencionalidad primero con lo que sin problemas concebimos como musical. Toda la vida de nuestra conciencia está estructurada sobre una correlación intencional que, en el caso de la música, es la correlación entre la escucha (la vivencia misma) y la onda sonora (el objeto trascendente pero siempre y únicamente tal como se le da a esa conciencia) tal como es escuchada (lo que ocurre con perspectivas distintas en el curso del tiempo). Si bien esta correlación se da con todo tipo de vivencias, hay dos peculiaridades con la música: 1) Es intencionalidad en su forma más pura. 2) Se trata de una intencionalidad esencialmente estética.

Aun cuando la experiencia de la escucha no esté aislada del resto de sensaciones, ni de emociones, valoraciones, etc., ella misma, en tanto música, es la forma menos determinada de esa correlación; la intencionalidad en su forma más pura, podría decirse. La intencionalidad implica sucesión temporal. El flujo temporal con todas sus coloraturas sonoras (lo que en general puede llamarse melodía) es la base mínima e ineludible de toda experiencia musical. Por eso mismo, en la reducción que requería 4'33'' para abrirle lugar al silencio, Cage tituló a su experimento refiriéndose sólo a su duración. Tiempo que se escucha: eso es básicamente la música, o, para ser más precisos, conciencia interna del tiempo que se percibe en la escucha, de manera independiente al material sonoro que la componga, así como también al instrumento (que Cage deja al arbitrio del ejecutante). El puente entre la música y el silencio es esa misma estructura intencional pura. Si ponemos en suspenso nuestras ideas habituales de música y de silencio -esa epojé estética es la que demanda intuitivamente la ejecución de 4'33''-, nos quedamos con la misma estructura intencional, y, por lo tanto, no podemos insistir en la diferencia. Lo que ocurre al escuchar el Concierto para piano Nº 2 de Brahms, ocurre también con 4'33''. La experiencia del silencio allí no es la de un vacío, la de dejar de escuchar, sino que, como con la música, mantenemos la correlación entre la vivencia de la conciencia que escucha y el objeto sonoro tal como se le da a esa conciencia en su sucesión temporal. Se trata en ambos casos de escuchar música. El silencio entonces no sería más silencio, sino música. Pero en esto debemos detenernos un poco más, porque, aunque eso es cierto, lo que ha hecho 4'33'' es abrir, con la representación del silencio, nuestro horizonte musical.

El piano incide en la ilusión de estar escuchando silencio, así como toda la performance involucrada, pero en realidad ha perdido su efecto como instrumento musical; es ineficaz en ese sentido y en este contexto específico. Cualquiera que fuese el instrumento o conjunto de instrumentos, es igual: Cage depone al instrumento tradicional y al intérprete, que tienen allí una presencia tanto más vacía en la medida en que nuestra atención se dirija más a la música natural que ese instrumento e intérprete no pueden producir. Esto es lo que nos abre al silencio como no-silencio, es decir, como música. El efecto de silencio se produce porque nuestra atención está dirigida al sonido artístico. Teniendo en cuenta y alimentando esa expectativa, la obra de arte calla. El silencio no se produce por ausencia de representación, sino que es la representación misma que Cage pone en juego. Con ella nos demanda dirigir la atención al sonido natural que no calla, que no había callado nunca y que sólo habíamos decidido ignorar acentuando la diferencia entre la experiencia estética natural y la experiencia estética artística. En 4'33'' hay, desde luego, una tensión que se parece a la de esos incómodos momentos de silencio entre dos personas que esperan que algo sea dicho. Evidentemente, en esos silencios algo está siendo dicho a otro nivel; algo que quizás no podría decirse con palabra alguna. Es similar lo que ocurre con 4'33''. Cage juega con la modificación de nuestra sensibilidad, que no es la misma según se esté en actitud natural (cotidiana) o en actitud estética. En esta última, la imaginación se desenvuelve de un modo menos lógico, menos realista, más desprejuiciado, más abierto a los diversos sentidos, a las ambigüedades, etc. El silencio de Cage está inmerso en una representación que nos saca de como cotidianamente le atendemos y usamos. En tanto que representación, es artístico. En tanto que su demanda está esencialmente dirigida al oído, es musical. Algunos sostienen, poniendo énfasis en la performance para negar luego su musicalidad, que 4'33'' está centrada en la actuación, pero se equivocan; para demostrarlo basta con cambiar su medio a uno menos visual y menos inmediato, y que, sin embargo, mantenga la representación como tal y su efecto. Eso ocurre, por ejemplo, si se escucha la obra en un disco compacto. Por otro lado, quienes afirman que no hay "obra" porque sólo hay inacción, pasividad y no hay representación sonora, encontrarán seguramente una refutación certera por parte de usted, amable lector, que, llegado a este punto, sabrá seguramente responderles. Por eso, yo también me callo.




Al menos por un instante, porque hay un par de aspectos más que valdría la pena resaltar.

Cage no apela en 4'33'' a cualquier objeto intencional. Quizás se haya intuido ya su complejidad. El objeto intencional del silencio ya no es esa unidad identificada como nota musical, ni una melodía en sentido clásico; tampoco es el resultado del contacto con el instrumento (como lo era aún la destrucción de pianos de Fluxus). Con 4'33'', Cage nos descoloca artísticamente frente a la idea de arte (cumple así con la propiedad artística fundamental: su capacidad negadora de nuestra relación naturalizada con las cosas) y nos plantea una situación de máxima indeterminación, tanto en los contenidos sonoros que pueden tomar lugar como, sobre todo, en la indistinción entre sonido artificial ("música") y sonido natural (simple sucesión de sonidos). Lo que se quiere mostrar es que, bajo cierta condición subjetiva, es decir, bajo cierta modificación de la conciencia que consiste en un giro y una apertura atencional (que, dicho sea de paso, es central en estéticas orientales como la budista), apago la radio y sigo escuchando música. La escucho en los ladridos del perro, el avión que pasa, los gritos de los vecinos, el canto de los pájaros, el tráfico de la ciudad..., incluso en el tono de mi voz mientras pienso esto que escribo en "silencio", etc. Esto significa que abro mi oído a la percepción de toda sucesión de sonidos como tal, sin que importe la cualidad de dichos sonidos. Más allá de que ellos sean producto natural o humano, esto es, de que tengan o no una intención deliberada de ser música en su origen, yo puedo percibirlos como música. Ahora bien, no menos cierto es que nuestra primera y habitual relación con el mundo de los sonidos no es esa. Lo que hace el arte es facilitarnos ese cambio de sensibilidad y hacerla asimismo más potente. Si se dijo antes que la actitud natural debía ser aceptada, es porque, como es obvio, no podemos estar permanentemente en actitud estética, ya que incluso ésta se hace más significativa por su contraste con la actitud natural. Si no contásemos con su diferenciación supuestamente clara entre silencio y música, el juego mismo de Cage no sería posible.


John Cage, HV2, No 17b (John Cage Trust)

Percibir la musicalidad absoluta del silencio (es decir, la última antes de que se hunda en el límite de nuestras capacidades auditivas) requiere una exigencia sobre la que gira todo 4'33'': es necesario, como se ha dicho, suspender el preconcepto "música", que es lo que crea la tensión y que impide el libre juego orientado hacia la percepción de la música en su mayor amplitud. Para ese cambio de actitud se precisa de una cierta reflexividad que, en el cuestionamiento del Arte, enriquece nuestra experiencia estética. Cuando eso ocurre, los límites entre silencio y música se relativizan, se reducen a la diferencia entre una musicalidad y otra, casi como quien distingue entre la música de The Cure y la de Bob Dylan. Tan indeterminado como parece, ya que el oyente espera una determinación musical según su idea naturalizada, el silencio tiene como efecto, precisamente, abrir el oído a un cúmulo de sonidos que en actitud natural consideramos "extramusicales" y que, con la libertad y la habilidad de un músico como Cage, pasan a representársenos como musicales. No obstante, esa apertura se da en su musicalidad misma; esto es, sin arreglo a una idea o concepto que la predetermine. Para que la intencionalidad de la atención se amplíe -de estar dirigida a ese fragmento, ese escorzo de toda la escucha que se consideraba musical, se dirija luego a todo el horizonte sonoro-, no es necesaria una explicación. Quizás nuestra contemporánea hiperconceptualización del arte nos desvíe a la búsqueda de razones, que es por lo que algunos consideran que 4'33'' es concepto y no música, pero debemos confiar en que la gente utilice todavía sus oídos. Morton Feldman ha destacado el carácter no-conceptual de 4'33'' en oposición a Duchamp (con quien, en algún momento, se le comparó): "el interés que suscitó Duchamp (...) se debe a que llevó la experiencia fuera del ojo, fuera de la retina, y la convirtió en un concepto. Cage la sacó fuera del aspecto conceptual desinteresado por lo auditivo que primaba en el pasado y la puso directamente en el oído. Eso es absolutamente diferente" (Friedman, B. H. (ed.), Give My Regards to Eighth Street. Collected Writings of Morton Feldman, Cambridge: Exact Change, 2000).




Hay quienes concluyen, apresuradamente y manteniendo un rezago de realismo en sentido negativo, que el silencio entonces no existe. En realidad, habría que precisar: Primero, que el silencio, en la actitud natural (que no hemos en absoluto descartado), existe, y justamente porque existe, es decir, porque lo constituimos en nuestra percepción habitual con una posición de realidad, es que podemos cuestionar su distinción desde un plano representacional, sacándolo de esa naturalidad. En segundo lugar, el silencio en la actitud estética no deja de "existir"; desde luego que no en el mismo sentido, porque se le ha desprovisto allí de dicha posición de realidad, pero sí en la medida en que tiene caracteres propios que hacen que no deje, incluso como representación, de percibírsele como distinto. Lo que 4'33'' muestra es que, dado que escuchamos ininterrumpidamente en un continuo temporal, no podemos escapar del horizonte de la música: nuestra escucha entera es musical en ese sentido. Pero el silencio no puede ser considerado sin más como música. Tiene una peculiaridad que es precisamente la que nos abre hacia ese horizonte ampliado en el que, como decía Cage, "todo es música". Lo mismo quería decir Nietzsche cuando afirmaba: "la vida, en tanto que ésta es música,...".


jueves, 13 de noviembre de 2014

8'37'': Asociación, (in)determinación y música absoluta a propósito de una obra de Penderecki





Sí, 8'37'', no los 4 minutos y 33 segundos de silencio compuestos por Cage, sino los 8 minutos y 37 segundos de una música que, a su manera, también desconcierta a la mente y libera al oído.

Cuando Penderecki compuso esta obra no quería, como se cree comúnmente, representar el estallido de la bomba atómica sobre Hiroshima. La dedicó luego a sus víctimas cambiándole el nombre, de 8'37'' a Treno para las víctimas de Hiroshima, algo que cierta crítica juzgó como un acto de oportunismo. Pero lejos de entrar en ese tipo de discusiones bizantinas, lo importante es llamar la atención sobre el hecho mismo de que su creación no haya sido propiamente representacional. Desde luego que sí lo es en la medida en que toda obra de arte (y todo acto estético, en contra de lo sostenido por Scruton de que la música no lo sería) es representacional; es decir, en el paso de una conciencia natural, cuyo anclaje está en la percepción de la realidad externa, a una conciencia estética que depone el peso de la percepción en servicio de la mayor libertad de la imaginación. Este tránsito es posible justamente por una modificación hacia la representación. En la escucha inclusive, pero con mayor nitidez en la creación artística, la percepción modifica sus caracteres determinantes a los de la representación. Pero ésta, así entendida, no tiene por qué ser vista como una copia o estar directa, clara o figurativamente vinculada a una realidad específica. Esto, digamos, al menos por tres motivos: 1) Porque la actitud estética supone un desenfocamiento, una abstracción -en menor o mayor medida- de esa realidad. Esto hace que en ningún caso, por más figurativa que pueda ser una obra y directo su vínculo con una realidad concreta, la representación artística sea equivalente a esa realidad percibida; hay un sustrato puramente estético que le guarda de toda equiparación (pretendida especialmente por los moralistas de turno). 2) Porque el sentimiento de placer o displacer (y el juicio involucrado) respecto de la obra de arte, y sobre todo de la obra musical, únicamente requiere de esa representación en su potencia expresiva; es decir, su contenido intrínseco no tiene por qué representar un objeto externo, especialmente al ser comunicada a un oyente de un contexto distinto al de su origen, a no ser que sea mediante un acompañamiento figurativo o verbal (por ejemplo, con el videoclip o el título), o con una explicación histórica externa, pero incluso ellos son sólo representaciones. 3) Porque la representación artística, como lo demostraba Kant, no es mera sensación pero tampoco concepto; tiene un tipo peculiar de juicio (el juicio reflexionante, dirigido no al conocimiento objetivo sino al sentimiento subjetivo), que, aun cuando no se hagan las separaciones radicales que hacía Kant en sus análisis, sigue sin empezar por la significación, sino por la percepción y por el juego estético (el "libre juego" kantiano entre la imaginación y el entendimiento - no la razón). La música sin tema, afirmaba Kant, es lo que más se puede reducir a ese libre juego. Si lo traducimos a lo que aquí queremos señalar, diríamos que 8'37'' era, antes de que el propio Penderecki la asociara con Hiroshima (e incluso después), una representación sin representación.

Se ha mencionado a Kant. Pero podría haberse mencionado a varios otros filósofos, músicos y teóricos de la música, porque lo que está detrás es básicamente la empresa moderna por dotarle a la música de autonomía frente al realismo y el idealismo estéticos. Para no quedarnos en la filosofía, podemos acudir al brillante director Leonard Bernstein:
"No importa cuánto la gente les cuente historias acerca de lo que la música significa, olvídenlas. Las historias no son de lo que la música trata en absoluto. La música no es nunca acerca de nada. La música sólo es" ("¿Qué significa la música?", concierto didáctico para jóvenes).
"Mi bemoles y fa sostenidos". De eso se trata, dirá Bernstein pensando un poco en Wittgenstein y un poco en Chomsky: de una gramática musical tomada en sí misma. El modernismo fue con fuerza sobre la forma del arte; por ejemplo con la brillante explosión de expresión y formas en la vanguardia rusa. El Romanticismo, en el siglo previo, hizo también lo suyo por darle al arte no sólo autonomía, sino el lugar más elevado entre todas las actividades humanas, incluyendo a la filosofía. Y si la música tenía un privilegio entre las demás artes era precisamente por su indeterminación. Su aparente falta de representabilidad era la garantía de su acceso sentimental (expresivo) a lo incondicionado. Arthur Schopenhauer lo afirmaba así:
"La música no es, a diferencia de todas las demás artes, una representación de las ideas o grados de objetivación de la voluntad, sino la expresión directa de la voluntad misma; lo cual explica su acción inmediata sobre la voluntad, es decir, sobre los sentimientos, las pasiones y las emociones del oyente, exaltándolos rápidamente o transformándolos.
Admitido que la música, lejos de ser un mero auxiliar de la poesía, es un arte autónomo, más aun, la más poderosa de todas las artes y capaz, por tanto, de alcanzar sus objetivos con sus propios recursos, es también indudable que no necesita las palabras de una canción o la acción de una ópera. La música, en cuanto tal, conoce sólo los tonos pero no las causas que los producen. Por eso, la vox humana, original y esencialmente, no es para la música otra cosa que un sonido modificado, como el de un instrumento..." (El mundo como voluntad y representación, vol. II, cap. 39, negrillas propias).


La pugna de Schopenhauer no era otra que la de la música absoluta (que se entiende por sí misma) contra la música programática (que se entiende por su referencia a algo extramusical). Nietzsche acusará en Wagner, asimismo, que someta la música a la idea (cf. Nietzsche contra Wagner). La música absoluta quiere lo menos posible de determinación extramusical. Sin embargo, ninguna música está totalmente determinada por sí misma. Es la relación tirante entre ambos impulsos -el de su autonomía y el de su heteronomía- la que mueve siempre los hilos de toda obra musical. Lo que, no obstante, ha marcado a la estética moderna, tomada incluso como disciplina, es la defensa de esa autonomía frente a los intentos por reducir los sentidos y valoraciones del arte a la sola consideración lógica, y la imaginación a la sola consideración realista (desde el realismo de las ideas de Platón hasta el realismo de la estructura social marxista -y postmarxista-), que le quieren forzar a admitir, como esenciales, criterios que le son enajenantes. Esta autonomía tiene que ver íntimamente con su temporalidad; más precisamente, con su devenir. Puede pensarse nuevamente en Nietzsche (su rescate del devenir), así como en las razones por las que Rousseau consideraba a la melodía como la esencia vital de la música. El fenomenólogo Roman Ingarden lo decía así: "El continuum de coloraciones temporales de la obra está determinado únicamente por los elementos de la obra misma" (Ingarden, R., Qu'est-ce qu'une ceuvre musicale?, p. 90). Y es que la obra musical, para Ingarden (siguiendo a Husserl y de modo análogo a lo sostenido por Kant), no es ni un objeto ideal (como el ente matemático), ni un objeto real (como el perro que va por la calle), sino un objeto puramente intencional; es decir, la más pura correlación entre la vivencia de la conciencia (la escucha) y el objeto (la onda sonora) tal como se le da a esa conciencia (tal como se escucha). Ya Husserl había dicho (en su famosa carta al poeta Hugo von Hofmannsthal) que el arte implica una suerte de reducción como la fenomenológica, sólo que de manera más intuitiva que reflexiva (y esa es precisamente su ventaja).

Kant lo tenía claro: se entiende la música al escucharla, sin que sea necesario para ello conocer (ya que es más bien conveniente desconocerlo) el arduo trabajo que puede estar detrás o las reglas que están siendo puestas en juego. Esto quiere decir también que los sentidos de la música no son reducibles al lenguaje verbal y tampoco al técnico o al matemático. Por eso Schopenhauer rechazaba lo dicho por Leibniz, a saber, que la música es, en el fondo, sólo aritmética. Leibniz no podía dejar de verla como un modo de conocimiento (en última instancia divino), algo que Kant compartía pero a lo que contrapuso la necesidad del sentimiento vital (Gemüth) y del espíritu (Geist) (y con ello el privilegio del hombre como único capaz de tener un juicio estético). Todo músico profesional podría quizás darle la razón a Leibniz dada la necesaria formalización de la música para su estudio, pero, como afirmaba Nietzsche: quien escucha a Bach como un maestro del contrapunto y del arte fugado, pierde la experiencia musical, lo grande que allí ocurre (cf. El paseante y su sombra).

Esta cierta reducción a lo específicamente musical no hay que entenderla como un reduccionismo o un empobrecimiento del complejo entretejimiento de nuestras experiencias musicales y no musicales, porque lo que se quiere evitar con ella es más bien que una sola idea, que una sola representación, que una determinación teórica o naturalista se imponga sobre los distintos sentidos que abre la experiencia musical bajo la peculiaridad de la conciencia estética. Además, la especificidad en el arte se ha buscado históricamente siempre con una intención liberadora, con la intención de ampliar las capacidades perceptivas e imaginativas, poniendo de lado las ideas habituales sobre lo que es (o debe ser) arte. Un caso paradigmático en la música reciente es el de la música concreta; es decir, el modo como Pierre Schaeffer, aplicando precisamente la reducción fenomenológica, rompió con el uso exclusivo de determinados sonidos e instrumentos musicales, dependientes de una idea abstracta de música, para incorporar a todo sonido y todo objeto como potencialmente musicales. Ese fue un caso radical de apertura dentro de las vanguardias musicales del siglo pasado.




Volvamos sobre 8'37''. Hemos ya apuntalado su indeterminación en términos representacionales, reduciéndole a su temporalidad, que es algo que ese primer título mostraba en imitación de lo hecho por Cage con su 4'33''. (Como la temporalidad es menos explícita en el arte plástico, allí se suele colocar más bien: "Sin título".) Pero queda volvernos sobre la música misma; es decir, sobre su contenido concreto. 8'37'' ofrece, como es evidente (incluso para los finos oídos de mi perro), particularmente en las cuerdas pero también con la percusión, un sonido perturbador. Para decirlo con mayor propiedad: un sonido que agrada precisamente porque desagrada, porque incomoda, porque nos conduce a un terreno que reconocemos bastante bien y que nos intriga y gusta experimentar, pero en el que estamos indefensos, lejos de toda certeza armónica y sin una melodía cobijadora. Ni Schönberg ni Mozart pueden protegernos.

El sentimiento que se corresponde con tal condición es naturalmente el miedo, la angustia atemorizante. No sorprende por ello la asociación de varias piezas de Penderecki con el cine de terror: Polymorphia (1961) y Canon (1962) fueron ambas utilizadas por Kubrick para El resplandor (1980) y por Friedkin para El exorcista (1973). Este último usó también fragmentos del Concierto para cello Nº 1 (1966-67), la ópera Los demonios de Loudon (1968-69) y el Cuarteto de cuerdas Nº 1 (1960). Kubrick se sirvió además de De Natura Sonoris I (1966) y II (1971), y de Utrenja (1969-71). Más recientemente, Scorsese tomó Fluorescencias (1961-62, basada en 8'37'') para La isla siniestra (2010), así como el Passacaglia de su Sinfonía Nº 3 (1988-95) que, en una escena en particular, contrasta radicalmente con el sereno Cuarteto para piano en la menor de Mahler que los doctores oyen en el fonógrafo. En todos estos casos la asociación entre lo que se ve y lo que se oye es adecuada, pero no porque la condición del sonido y de la imagen sean iguales, sino más bien porque no lo son. El sonido comunica de un modo mucho más sensible, lo que hace que dirija más fácilmente al espectador hacia una atmósfera o una disposición afectiva, y a la vez es mucho más indeterminado, con lo cual apoya a lo que se ve acentuando su carácter perturbador desde esa indeterminación y no sólo por la asociación misma. Por otro lado, si la asociación en los casos mencionados es tan intuitiva, es porque no se trata en última instancia del terror que nos puede ofrecer la realidad, que es tanto más insoportable, sino que es un terror representado y esa representación le aporta cierta adecuación, nos hace tener cierto control, aunque sea mínimo como puede serlo con una representación angustiante o terrorífica. En el fondo, Kant se refiere a esto mismo cuando confronta la fealdad en la naturaleza con su representación artística (cf. Crítica de la facultad de juzgar, parágrafo 48); y esa es la "eminencia" del arte, nos dice. Es como cuando uno ve una película de terror: ella le asusta porque la atención está dirigida esencialmente a la representación misma, como si fuese natural, pero la percepción y la realidad que ella constituye como natural se mantienen en la medida en que ella nos recuerda, de modo "inconsciente", que es sólo una película. La distinción entre fantasía y realidad no deja de estar presente. Incluso cuando una persona con esquizofrenia pinta el monstruo que ha "visto", hace esa distinción entre el monstruo "real" y el de su representación. Pero claro, esa distinción se debilita en la experiencia estética y eso permite también que lo que la obra de arte representa se asocie con la realidad natural, especialmente con la vivencia personal dado el carácter subjetivo (reflexionante, en términos de Kant) de dicha experiencia.

Cuando Penderecki asoció 8'37'' con lo ocurrido en Hiroshima generó cierta resistencia. Más allá de las mezquindades, lamentablemente tan usuales entre los hombres, hay razones para ello. En primer lugar, porque una cosa es asociar dos representaciones, que como tales se mueven en un mismo ámbito (la conciencia estética), en el que las analogías fluyen fácilmente, y otra distinta es asociar una representación con una realidad determinada. No es que la asociación sea disfuncional, porque en este caso sí se adapta bien al horror que uno se representa ante el estallido de la bomba atómica. El asunto es sólo que el vínculo es menos fuerte y, en ese sentido, menos evidente. Además, la experiencia de 8'37'', como se ha dicho, es una experiencia de inadecuación, la obra te descoloca sin que, en su puro devenir, puedas aferrarte a nada; pero con Hiroshima, si bien podemos imaginarnos cómo nos descolocaría, tenemos en claro y bien determinadas una serie de cosas, empezando por el juicio moral que está íntimamente involucrado. No quiero, al señalar esto, rechazar o menospreciar en forma alguna la asociación, que además, como con las películas, refuerza en cierto modo (de un modo menos intuitivo y más reflexivo) el juicio moral contra el uso de bombas atómicas y tributa a las víctimas a manera de memorial. El punto está en que tal asociación se maneja a otro nivel que el de los casos anteriores.

Parte importante de la experiencia de las vanguardias fue, como se ha dicho, abrirnos a la experiencia "pura" del arte; en este caso, de la música. Si volvemos sobre ello, el título original del que ahora conocemos como Treno para las víctimas de Hiroshima puede ser un título significativo. Ahora bien, ya sea que le asociemos con la realidad histórica que el nuevo título sugiere, o que sólo pensemos en 8'37'', lo cierto es que Penderecki logró su cometido de "transformar la experiencia del siglo entero".

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