domingo, 1 de noviembre de 2015

La noche embrujada de Charles Ives



Leonard Bernstein decía que nadie había representado el sonido propiamente estadounidense mejor que aquél que lo fundó a inicios del siglo XX: el poco conocido, estudiado y comprendido Charles Ives. Y es cierto. Ese sonido deudor de la vieja tradición europea pero completamente fresco, libre, explorando territorios desconocidos, salvajes...

El temor a la brujería es un temor a lo que se esconde debajo de nuestra muy cómoda razón y de nuestra moral. Se le puede llamar inconsciente, si se quiere, pero es sencillamente la nada sobre la cual construimos nuestros castillos. Creemos que hay una sólida roca donde, en el fondo, no hay nada. La mayoría de nosotros necesita escapar de esa nada que nos aterroriza sometiendo al absurdo todas nuestras convicciones, aun cuando eso suponga encerrarnos en una prisión de certezas ficticias, contentarnos con la luz muerta de lo fijo. De vez en cuando, sin embargo, surge un espíritu libre como el de Ives, uno que renuncia a esa prisión autocomplaciente y se sumerge en aquello que no conoce con sus mejores armas. En realidad, no es un espíritu tan libre, porque no tiene opción, como bien sabían los griegos trágicos: no podría hacer algo distinto. Quien está destinado a quebrar las reglas, no dejara de hacerlo aunque ellas le prometan un paraíso y aunque ello sólo pueda llevarlo a quebrarse él mismo. En todo caso, así, bien entendida, la libertad del espíritu estadounidense no es sino ésa, que aparece con claridad y contundencia en el sonido moderno de Ives, ese que se dirige a parques oscuros y preguntas sin respuesta.

Quizás Ives lo sabía, precisamente, porque su máscara cotidiana era la venta de seguros. Era un vendedor exitoso, por cierto, pero eso debe haberlo ayudado a percibir la fragilidad de todo empeño humano. Lo mejor que uno puede hacer dentro de esa pequeña parcela que se nos concede es jugar con la mayor libertad que podamos. Por eso Ives no busca desconcertar sin más, como puede quererlo cualquier atonalista, sino que lo suyo es hacer que la escucha que nos es familiar se vuelva la menos familiar y cómoda de las escuchas. Tal como le sucedía seguramente a él mismo, a partir de ese viejo sonido de las bandas que escuchó en su infancia, en su Connecticut natal. Este es el sentido de su politonalidad. Su elemento y sus herramientas son clásicas, pero lo que hace con ellas nos conduce a lo que Bernstein llamaba un "auténtico primitivismo"; uno que no puede pasar por ser simple falta de talento, como en muchos otros casos. Cuánto derroche de talento hay, más bien, en su música, Incluso en los poco más de dos minutos que duran aquellos breves e impetuosos sonidos con que nos presenta esa noche que saca a la luz, como una máscara o un disfraz, aquello que no es sino la oscura realidad que negamos y frente a la cual vivimos de espaldas. Lo que creemos real, normal, consciente, domeñable... no son sino otros disfraces que nos ponemos a diario para no encontrarnos de pronto en esa noche: la noche de todos los valores y de todas las reglas.

Qué cerca está Ives de abismarnos en esa noche, pero ella pasa como si hubiese sólo sido un sueño, una pesadilla, un embrujo, y podemos seguir viviendo. Solamente que, esta vez, un poco más libres. Ives sabía que eso es lo que finalmente importa.



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