Metacrítica de algunos aspectos sintomáticos en la crítica de arte a propósito de El discurso del Rey



El crítico de cine Sebastián Pimentel, a propósito de la película El discurso del Rey de Tom Hooper, afirma que a "pesar de su aguda inmersión en el drama del monarca tartamudo, también es cierto que las cuotas de dolor se dosifican mucho, la comedia purga las aristas más ásperas y el relato no deja de sentirse algo reblandecido, entre la ligereza sofisticada y una hondura apenas entrevista" (Revista Somos Nº 1265, p. 16). Al parecer, esas son justamente las razones por las que califica al filme con tres de cinco estrellas. Un mínimo ejercicio de metacrítica permite observar que es una práctica recurrente entre los críticos de cine —acaso más que en los de otras artes— la de cuestionar lo que un artista hizo a partir de lo que supuestamente debería haber hecho. ¿Es esto válido? En principio toda crítica es hecha desde las propias espectativas y prejuicios; esto no puede ser evitado, pero si nos quedamos satisfechos con el consabido "de gustibus non est disputandum" estaríamos desatendiendo la pretensión de objetividad que tienen los juicios de gusto, incluyendo al ejercicio mismo de la crítica. Como la filosofía, más allá de sus deseos (entre los que podría estar un mundo del arte sin crítica), debe apegarse a lo que de hecho acontece en el mundo, y como aspira a la totalidad de cuanto puede ser conocido, no puede sino atender a los fundamentos de dicha pretensión de objetividad.

En el ejemplo citado, lo objetivo es que Hooper no opta por un drama desgarrador (un melodrama indio, por ejemplo, del tipo Mamá, no vendas mis muletas), sino que prefiere inyectarle cierta dosis de humor. Eso es especialmente claro en los cortes y movimientos de cámara cuando Bertie (Colin Firth) realiza los "peculiares" ejercicios de dicción de Mr. Logue (Geoffrey Rush), o en las frases irónicas de los tres personajes principales. No soy de los que creen que la intención expresa del artista deba prevalecer por sobre toda otra valoración, pero sí creo que hay que respetarla en lo que atañe a las prerrogativas de la obra misma. A uno pueden no gustarle las películas lentas, pero no puede criticar eso (es decir, convertir su desagrado subjetivo en juicio objetivo) si la película lo es deliberadamente — a menos, claro, que el director haya expresado que quería hacer una obra de acción y suspenso trepidantes; pero en ese caso lo que se criticaría sería la discordancia entre su intención y la obra realizada, pudiendo incluso valorarse la obra por sí sola. Lo mismo ocurre con El discurso del Rey: el director quiere que el drama sea contenido, un tanto oculto por la "ligereza sofisticada" de una institución monárquica cada vez más decorativa pero importante para su gente. Incluso podría ello relacionarse con el estoicismo obligatorio para todo miembro de la familia real y con el "espíritu" inglés. Al crítico no le gusta el humor inglés de la película inglesa, pero eso sólo habla de su propio mal gusto y de su poca perspicacia. Los críticos parecen haber heredado de los filósofos su mala vista (y su peor oído) respecto al valor de la comedia, que no es nada ligero, o, para decirlo mejor aún, que sugiere hondura en su superficialidad para el que sabe escuchar. Al crítico le hace falta una "hondura" más explícita, más en caída libre, pero no hay que confundir las necesidades personales con las de la película. Lo que me hubiese agradado ver en el ecran no sirve para sostener una crítica objetiva, sino, en todo caso, para apropiarme de ella y justificar una versión distinta (un remake).

Tema aparte son las estrellas que coloca el crítico. Hay que decir que, cuando las imágenes preciosistas ocupan en una revista de crítica de arte más espacio que el texto, se puede sospechar, por lo menos, que lo que ha venido a llamarse "crítica especializada" (y no estoy seguro que esa denominación sea un mérito ni un elogio) ha abdicado del valor conceptual de la palabra. Esto no sería tan grave si las imágenes tuviesen la carga crítica que a ellas mismas les es posible (aunque menor siempre), pero eso es difícil a través de un fotograma que no tiene —por su naturaleza— mayor distancia con la película a la que pertenece, porque su función es precisamente remitirnos a ella. Por otro lado, los efectos más visibles de esa renuncia son la abundancia de prejuicios o sentencias apresuradas que revelan escasa profundidad crítica (lo que llega a ser inintencionadamente irónico cuando se critica a una película por su falta de profundidad — lo que quiera que eso signifique rara vez lo explican), el uso de frases biensonantes pero extremadamente ambiguas e indeterminadas (frases vacías por dentro) y una mera referencialidad histórica (que a eso suele limitarse su "especialización") en lugar de un auténtico cuidado con los mecanismos perceptivos, la atención, los niveles discursivos, los intereses particulares de los espectadores, etc. Es cierto también que las revistas no especializadas y los periódicos requieren sólo de críticas al paso, con un muy escaso límite de palabras, pero eso no puede servir de excusa, pues bien podría el crítico utilizarlo para resaltar un único aspecto de la película y no para ofrecer una valoración general que no es posible hacer adecuadamente en esos términos.

Ahora bien, así como hay un consumidor de cine fácil, la crítica de cine también tiene un público cautivo de lectores fáciles de complacer. Entre ellos está quien tiene poco tiempo y legítimamente sólo quiere que el que sí puede ver todo le diga cuál película debe elegir para pasar bien su rato libre (para eso sirve perfectamente y hasta sobra la calificación por estrellas), y está también el asiduo al cine que necesita —vaya a saber uno por qué— darse ínfulas de intelectual, de erudito o de persona juiciosa a la que le ha sido encomendada la tarea de ver el cine de un modo privilegiado y distinto al de cualquier hijo de vecina. Pero el crítico especializado, a final de cuentas, trabaja de ello; por eso tampoco podemos mandarlo a la hoguera. Aunque no sea su único trabajo, tener que ver la cantidad de películas que hay en la cartelera comercial es ya bastante inversión de tiempo como para que encima olvidemos que tiene que ver a Kakovsky, Lerdman y varios otros cineastas que sólo ellos conocen y que les servirán para (mal)nutrir sus críticas con referencias eruditas. No, no hay que disparar sobre el crítico; cada quien sabe cómo gana su dinero y ningún psicólogo tiene el derecho de venir a explicarnos cómo así quien decía ser un duro adversario de las estrellitas como paradigma valorativo, terminó plenamente inmerso en ese modelo de crítica. Quizá el otro crítico, el más viejo que decía que esa presunta rebeldía no era más que un acto desesperado por llamar la atención y abrirse campo en el gremio, quizá ése tenía razón. En todo caso, nosotros nos seguimos resistiendo. El filósofo en nosotros se resiste.

Comentarios

  1. Una buena critica me ayuda a valorar y ver cosas en nueva perspectiva,
    para que quiero ver buena critica de cine?, para mantener mi ego si pero tambien es como un buen
    cafe que me hace disfrutar su complejidad, y es asi como el buen gusto o en la busca de un gusto diferente ayuda a encontrar ese nueva perspectiva que tanto quiero
    para que no lo se derepente la respuesta sea simplemente ego o ese gusto de sentir que uno ve algo nuevo y si querer ser el primero en ver

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  2. interesante post. yo suelo encontrar a la divinidad en los monasterios antiguos. cuando contemplo las imagenes de las misticas y santas mujeres entro en un extasis mistico, empiezo a tener reacciones corporales, "aisthesis a flor de piel"...siento a la divinidad que se manifiesta. obviamente ya no las veo como una simple "imagen" sino como una manifestacion de lo divino, como si ese soporte hubiera sido tocado por la divinidad y ahora forma parte de ella. pero teniendo en cuenta que la forma artistica: expresion agonica del rostro, escultura desgastada por el tiempo, posicion afectada, me ayuda a ¿sentir? lo divino. en mi caso, es como si esas "formas" me conectaran con lo trascendente. por ello para mi el arte, especialmente este tipo de arte, constituye como un lenguaje de lo divino. una opinion filosofica de mi experiencia seria bienvenidad. gracias.

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  3. ¡Qué casualidad, la vi la semana pasada! Bueno, os dejo aquí mi blog musical, espero que os guste. Gracias.

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  4. Estimado Anónimo,
    en efecto, una buena crítica es aquella que ofrece distintas perspectivas y de ese modo enriquece las interpretaciones sobre una determinada obra de arte. En algunos casos, no obstante, los críticos buscan que las obras cumplan con sus propios requerimientos o encasillan la riqueza que a estas les es posible brindar con etiquetas, meras comparaciones o con una reduccionista evaluación a través de estrellas (o números). Eso es lo que he querido criticar, justamente para que valoremos una crítica distinta. Eso incluye desde luego a aquellos estudios que toman una obra de arte sólo como ejemplo de sus propias teorías (sociológicas, psicológicas, etc.), lo cual es perfectamente válido siempre que no pretendan una valoración general de la misma o que estén sobreinterpretándola.

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  5. Estimado Over Ramírez:
    Si partimos de la dualista concepción del hombre como un compuesto de dos sustancias separadas (o al menos intelectualmente separables: cuerpo y alma), es ciertamente difícil comprender cómo puede un vínculo del alma con lo divino involucrar a la aisthesis. Y sin embargo las experiencias extáticas de los místicos no eran sólo espirituales, sino también corporales. Sospecho que ello se debe a una concepción del hombre basada no en la dualidad griega sino en la antropología hebrea según la cual somos como cebollas, con múltiples capas pero inseparables y dándole mayor flexibilidad a la relación entre lo más exterior (carne) y lo más interior (espíritu). Dicho esto, sobre las experiencias mismas de lo divino no creo que nada pueda juzgarse; cada quien es el único habilitado para reconocerlas allí donde éstas se le manifiesten. Lo único que habría que afinar quizá serían las expresiones hechas a posteriori. Los místicos, por ejemplo, no estarían en absoluto de acuerdo con hablar de un "lenguaje divino", porque en el vínculo con él se trasciende todo lenguaje, todo pensamiento y toda voluntad, incluso la voluntad misma de querer unirse con él. Los pitagóricos, claro, de manera mucho más racional, sí creían que podía hablarse de un lenguaje tal (formalmente) y que éste estaba en las matemáticas; pero sospecho que no va por ahí su experiencia. En el otro caso, según dicen, uno puede valerse de medios estéticos pero para trascenderlos, son sólo medios más cercanos a nuestra percepción pero que se supone que deben ser anulada. Lo crucial, en todo caso, sería el dejarse sorprender, de modo que es poco probable que una sola imagen o un solo rito perfectamente anticipado pueda tener ese efecto y ser auténtico. Todo esto sólo puede ser evaluado dentro de lo que se dice en determinadas tradiciones y lo que en ellas se concibe como divino. Algo similar ocurre también con la meditación budista y otras formas de orientar la espiritualidad.

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  6. gracias arturo.

    quiero afinar algo: me parece que una cosa es que la imagen pueda ser una representacion de lo trascendente y que sirva como vehiculo para conducirme a la OTREDAD, que es mas o menos la interpretacion de la iglesia catolica con respecto a sus imagenes y el arte sacro; y otra que la imagen no sea vista como vehiculo sino como manifestacion misma de lo divino, o al menos participante de lo divino,"piedra sagrada".
    aqui hay una diferencia gnoseologica. en mi experiencia, yo no trasciendo ni anulo los medios esteticos sino que, paradijocamente dejan de ser "medios", para SER lo divino. gracias.

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  7. En efecto, comprendo su aproximación. Los griegos clásicos hacían lo propio con sus esculturas. Éstas no eran representaciones de lo divino, sino la presencia misma de los dioses. Por eso el ultraje a una estatua no era una falta leve sino una grave impiedad. (Más allá del arte sacro estamos demasiado habituados a pensar todo el arte como fundamentalmente representativo, como copia, según lo establecía la metafísica platónica.) Hegel reconocía esa diferencia entre los griegos y nosotros, pero juzgaba que (y eso explica también la intención de la metafísica socrático-platónica) esa noción de lo divino estaba limitada aún demasiado por su exterioridad, en medio de un proceso que ya demandaba la interiorización de lo divino. En todo caso, depende siempre de la noción de lo divino que se tenga. Felizmente ya no vivimos en un mundo donde se mande a la hoguera a quien cree que una piedra es un oráculo hablante, y eso es ya una mejora notable. Saludos.

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