martes, 4 de mayo de 2010

Cézanne: el maravilloso pero limitado poder de la percepción en el arte




Vemos el mundo como a través de un vidrio inquebrantable, y un vidrio algo borroso, además. Los mejores artistas han sido conscientes de ello, así como de que la libertad del artista no es irrestricta, sino que es, a final de cuentas, una libertad humana, una libertad entre cadenas. Han sido más los filósofos y los críticos de arte que los artistas mismos quienes no han tenido dicha conciencia de los límites del arte. ¿Por qué entonces la creación artística se concibe como imitación y desafío ante una creación divina? Porque esos límites no son determinados previamente, sino en la actividad misma. Incluso el artista los desconoce hasta que plasma sus ideas estéticas en una obra. Y porque es dirigiendo su actividad hacia la más total indeterminación que finalmente puede lograr una determinación genial. Por eso no hay nadie mejor que el artista para saber lo que es la auténtica libertad. Por eso también su actividad no está exenta de riesgo: precisamente porque esa apertura de su sensibilidad hacia el mundo es la más radical. Ni el sacerdote ni el metafísico le equiparan.

De esa apertura al mundo queda sin embargo una cierta insatisfacción, una cierta melancolía, como resultado de no poder unirse con él plenamente. La percepción tiene, en cierto sentido, preeminencia. Uno de los artistas que ha expresado con más belleza y claridad ese sentimiento ha sido Paul Cézanne, a través de un testimonio escrito así como con sus pinturas. En una carta a su hijo escrita en 1906, poco antes de morir, le escribe:
Debo decirte que como pintor mi visión de la naturaleza se ha vuelto más penetrante, pero siempre me resulta penosa la comprensión de mis sensaciones. No puedo alcanzar la intensidad que se revela ante mis sentidos. No tengo la magnífica riqueza de colorido que anima a la naturaleza. Aquí, en la orilla del río, los motivos artísticos se multiplican...
En ese mismo año encontramos expresiones pictóricas de lo que se ha dado en llamar "el último Cézanne" (desde que abandona París, en 1890). ¿Qué es lo que le caracteriza en ese período tardío de su obra? Nos basta con dos cuadros de toda una serie referida al mismo accidente geográfico:

Paul Cézanne, Monte Sainte-Victoire (1904-1906). Óleo sobre lienzo, 73,6 x 92 cm. Museo de Arte de Filadelfia.
 
Paul Cézanne, Monte Sainte-Victoire (1906). Óleo sobre lienzo, 63,5 x 82,5 cm. Kunsthaus, Zurich.
 
Tenemos dos versiones de un mismo paisaje: la montaña Sainte-Victoire en Aix-en-Provence, al sur de Francia. Evidentemente, Cézanne no intenta una precisión absoluta, acabada, en ninguna de ellas. No le interesa tampoco una representación realista que dé la ilusión de agotar las posibilidades de la realidad, ni parece tener interés alguno en apartarse de la figuración al modo en que después lo hará el abstraccionismo. Él se ubica en un punto intermedio, llamándonos la atención no sólo sobre el motivo percibido y luego representado, sino, fundamentalmente, sobre la percepción misma. Eso lo convierte propiamente en un pintor moderno: la mirada del arte se vuelve sobre nuestras facultades subjetivas. En ese sentido, estos óleos podrían haber sido titulados como aquellos otros de Magritte: la condición humana. Cézanne afirma que es tan intenso lo que percibe en la naturaleza, que cada pintura apenas si puede captar un pequeño aspecto de ella. Por eso, cual Sísifo empujando la roca, él vuelve a representar el mismo objeto una y otra vez.

Ahora bien, aunque se reconoce la influencia de Cézanne en el cubismo y en toda la pintura moderna, difícilmente hubiese seguido el camino de ésta, pues no le daba tanto lugar a la conceptualidad en el arte, que podía alejarlo demasiado de su naturaleza sensible (que es lo que nos ocurre con el arte contemporáneo). En Cézanne no prima el intelecto, sino la sensibilidad; es decir, la intuición sensible. Es la riqueza de esta intuición lo que él quería comunicar, y no una interpretación determinada acerca del paisaje o de sus sentimientos frente a éste. En las obras de sus últimos quince años constatamos el valor estético que pueden tener la duda escéptica o la critica del conocimiento, como sucederá con Magritte, pero de un modo claramente menos conceptual. Necesariamente estamos tras la reja de nuestra percepción, nos dice Cézanne, pero ese límite no es un empobrecimiento. Al contrario, con su arte hace ostensible la inmensa riqueza que puede resultar del límite. Sólo vemos algunos aspectos, algunos esbozos, algunos escorzos en detrimento de otros. Sin embargo, nuestra percepción tiene esa intensidad y no sólo respecto de los objetos artísticos, sino con todo objeto de la percepción; esto es, también con la belleza natural. No es que la belleza artística sea menos intensa que la belleza natural, que es lo que podría acá inferirse como hizo Hegel leyendo a Kant, sino que el arte es fundamentalmente aisthesis. El arte nos conecta con el mundo transformando, modificando nuestra mirada habitual del mismo. Si sólo tuviésemos un conocimiento natural de la realidad y el arte fuese un momento superado o una supraestructura de la misma, el mundo no tendría el maravilloso efecto que tiene sobre nosotros. Aquél que nos permite afirmar su belleza, a pesar de todas sus pesadillas y de todos sus cánceres.
 
 

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