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miércoles, 19 de enero de 2011

Wagner contra Nietzsche. Su incomprensión de la crítica de éste y un manifiesto personal sobre el arte, la filosofía y la vida




Richard Wagner. "Marcha fúnebre de Siegfried", final de El ocaso de los dioses, última parte de la tetralogía del Anillo de los Nibelungos.



En 1876, después de haber huido Nietzsche de Bayreuth sin explicación alguna y tras un frío encuentro que sostuvieron en Sorrento, Wagner no comprendió por qué se estaba distanciando de él quien era, incluso entonces, su mejor apologeta. "La culpa debe tenerla ese judío, ese tal Rée", opinaba Cósima, que guardaba aun aprecio por el joven y enfermizo filólogo. Ciertamente, entre los amigos del círculo wagneriano y también fuera de éste se hablaba mucho del réealismo de Nietzsche. Un par de años después, en 1878, Nietzsche publicó el libro en el que había estado trabajando: Humano, demasiado humano. Se lo envió a Wagner, que, mientras lo leía, iba pasando de la indignación a la más extrema cólera, que fue cuando llegó a la cuarta parte ("Del alma de los artistas y escritores"), que claramente había sido escrita en contra suya. Elisabeth Nietzsche estaba fastidiada: ¡todo lo que le había costado subirse al coche de los Wagner para que ahora su hermano, seguramente confundido por la enfermedad, publicase un libro así! ¡Y filosofía del futuro, le llamaba, oponiéndola a la futurista música del maestro!... Pero era su hermano, al fin y al cabo, y no dejaría de quererlo. Los demás wagnerianos fueron menos comprensivos, pero Wagner mismo no quiso entrar en una confrontación directa con Nietzsche, especialmente porque estimaba que su "traición" se debía a su mal estado psíquico, y se limitó a contestar, sin mencionarlo, los infundios proferidos no contra él sino contra su ideal y su proyecto revolucionario. En un artículo titulado "Público y popularidad", que venía sacando en varias entregas su órgano de propaganda, el Bayreuther Blätter, contestó veladamente a Nietzsche. En éste se lee:
Filólogos y filósofos, especialmente cuando se encuentran en el campo de la estética, son animados, casi obligados por la física en general, a un progreso sin límites en el ámbito de la crítica de todo lo humano e inhumano. [...] Cuanto más inadvertidas pasen las saturnales de la ciencia aquí señaladas, tanto mayor será la audacia y la crueldad con que las víctimas más nobles serán mancilladas y arrastradas hasta el altar de la duda. Todo profesor alemán debe escribir alguna vez un libro que le haga famoso. [...] Ahora bien, los casos más graves son los que consideran toda grandeza en general, especialmente el tan molesto "genio", como pernicioso: el genio, considerado como algo fundamentalmente falso, es arrojado por la borda (1).

Es la crítica nietzscheana del genio la que exaspera a Wagner porque la siente como un ataque directo. La consigna no es que lo haya traicionado a él, sino al Arte (así, con mayúscula) en nombre de la fría y perversa ciencia. La explicación de la misma es ad hominem: su debilidad ha permitido que sea engañado y atrapado por el filisteísmo académico. Pero Nietzsche no se sentía ya parte de ese mundo académico. Por eso diría: "También he leído la amarga e infeliz invectiva de W contra mí en el número de agosto de las Bayr Bl: me dolió, pero no en el sitio donde W pretendía" (2). En su artículo Wagner seguía:
Me parece que con esto hemos tocado los éxitos del nuevo método científico, denominado "histórico", si bien sólo superficialmente (como no puede ser de otra manera para los no iniciados en los misterios de la Ilustración), en virtud de los cuales el puro sujeto cognoscente, sentado en la cátedra, queda como el único ser cuya existencia está justificada. ¡Una digna imagen para el final de la tragedia universal! [...]. Ciertamente nadie le prestaría atención si no hubiera universidades y cátedras que nuestro Estado, tan orgulloso de sus eruditos, se preocupa de mantener generosamente. [...] Al arte, que aparece cada vez más a los ojos del Goliat del conocimiento tan sólo como un rudimento de un estadio cognitivo previo de la humanidad [...], le presta atención sólo si le ofrece perspectivas arqueológicas para justificar afirmaciones históricas. [...]

El pueblo aprende de hecho siguiendo un camino completamente opuesto al de quienes siguen el método histórico-científico, es decir, en este sentido no aprende nada. No tiene conocimiento, pero conoce: conoce a sus grandes hombres, y ama al genio, al que aquéllos odian; y finalmente, venera lo divino, cosa que horroriza a aquéllos. [...] Ella está inmersa en el judaísmo y se maravilla de que hoy sigan tañendo las campanas los domingos por la mañana por un judío crucificado hace dos mil años, lo mismo ante lo que se maravillan todos los judíos.

A decir verdad, Wagner, como ensayista, era un buen músico. Le había hecho poca justicia a Nietzsche cuando lo defendió por la publicación de El nacimiento de la tragedia, y lo mismo ocurría ahora que le tocaba comprender su Humano, demasiado humano. Aunque, por otro lado, y más allá de su obsesión contra los judíos (que eran un símbolo pero no sólo eso), asumía comprensiblemente la postura idealista en la que Nietzsche lo ubicaba, según la cual la crítica de la razón le establece márgenes demasiado estrechos al iluminado que es convocado por lo Infinito. Que Wagner tenía poca idea de aquello a lo que Nietzsche se refería es algo que se observa claramente si nos remitimos al texto al que alude Wagner:
Cuando un domingo por la mañana oímos repicar las viejas campanas, nos preguntamos: ¿será posible? Esto se hace por un judío crucificado hace dos mil años, que dijo ser hijo de Dios. Falta la prueba de semejante afirmación. (§ 113) (3)

Wagner reclamaba un privilegio metafísico del arte que no sería en absoluto compatible con los márgenes físicos (naturalistas) de la ciencia. El viejo metafísico necesita y cree que todos los demás también necesitan de su nube, pero esa "necesidad" en realidad parte de la tierra, aunque éste ya lo haya olvidado. Nietzsche, en cambio, cree que el arte debe ser sometido al tribunal de la razón, mas no para juzgarlo falso en contraste con el conocimiento científico, sino para develar su interés terrenal, su necesidad física y no metafísica; esto es, su valor fisiológico:
Es verdad que el arte tiene mucho mayor valor bajo ciertos presupuestos metafísicos, por ejemplo, si se cree que el carácter es inalterable y que la esencia del mundo se expresa constantemente en todos los caracteres y acciones; entonces la obra del artista se convierte en la imagen de lo eternamente persistente, mientras que para nuestra concepción el artista nunca puede darle a su imagen más que validez para una época, pues el hombre en conjunto ha devenido y es mudable, y ni siquiera el hombre singular es nada fijo y persistente. Lo mismo sucede con otro presupuesto metafísico: puesto que nuestro mundo visible no fuera más que apariencia como suponen los metafísicos, el arte vendría a estar bastante cerca del mundo real, pues entre el mundo de la apariencia y el mundo de ensueño del artista habría mucha analogía; y la diferencia restante elevaría la significación del arte por encima incluso de la significación de la naturaleza, pues el arte representaría lo uniforme, los tipos y modelos de la naturaleza. Pero esos presupuestos son falsos: ¿qué posición le queda ahora todavía al arte después de esta constatación? Ante todo, durante milenios ha enseñado a ver con interés y placer la vida en todas sus formas y a llevar nuestro sentimiento tan lejos que finalmente exclamemos: "sea como sea la vida, es buena". (§ 222) (4)

Esquilo y Shakespeare rinden pleitesía a Wagner. Caricatura aparecida en Ulk (1876).

La ruptura con Wagner, por lo tanto, más allá de que su concepción del arte fuese equivocada al revestirle de metafísica hegeliana, implicaba una desconfianza radical frente al arte en general. En esto Wagner tenía razón: Nietzsche le da preeminencia a la ciencia en detrimento del arte, pero no es la ciencia académica que el mismo Nietzsche había ya criticado (5), sino la ciencia jovial, una ciencia que enseña a dudar para poder entonces abrazar más libremente a la vida, aun con todas sus migrañas y sus indiferentes jóvenes rusas. La fidelidad al arte es dominada en la filosofía de Nietzsche por una más fuerte y fundamental fidelidad a la tierra. Eso es algo que debieran recordar nuestros estetas que "aman" al arte por sobre todas las cosas y se creen autorizados en eso por Nietzsche. Quizá nos falte entre los nietzscheanos una Escuela de Frankfurt: así como ésta "des-economizó" a Marx (sin que lo económico dejase de ser fundamental), así también podría ser provechoso "des-estetizar" a Nietzsche sin que lo estético pierda su más primitiva aunque recién aclarada importancia en el conjunto de las experiencias humanas.

En la epistemología kantiana tenemos la más radical inversión de la metafísica platónica (como por otra parte lo sostiene también Eugen Fink). Mi tesis es que, en este período intermedio de la filosofía de Nietzsche, tenemos, incluso en relación con el arte, una inversión nietzscheana de Kant, gracias a la cual y sólo con ella pudo Nietzsche terminar de darle la vuelta a la filosofía en cuanto tal (aquella vuelta de la que habla Lou von Salomé) y ensayar por fin una metafísica enteramente distinta a la platónica. Nietzsche ("oído a la música", queridos inmoralistas) va en línea kantiana y hace más estricto su deber. La kantiana y muy clásica (me refiero al clasicismo) preeminencia de la naturaleza sobre el arte, tan irónicamente refutada por el idealismo de Hegel, reaparece en Nietzsche aunque con un tono diferente, pues ha destronado también a la razón ilustrada, pero no para colocar en su lugar una conciencia absoluta (fea y torpe actitud la del idealista que cree ver en Nietzsche finalmente a uno de los suyos), sino para hacer más radical aún su criticismo. Esta otra preeminencia de la naturaleza bien podría resumirse en la máxima: "No puedo vivir sin mi arte, pero jamás lo pondré por encima de toda otra cosa. Pues, si mi arte sólo pudiese alejarme del mundo, no dudaría ni un segundo en abandonarlo". Entre todos los seguidores que Nietzsche ha tenido en más de cien años, sólo la mente lúcida y mediterránea de Albert Camus ha sentido algo similar y ha hecho su arte y su vida conformes a esta máxima.

Wagner estaba en la otra vera. No era enteramente un hegeliano (a decir de Nietzsche), ya que, a diferencia de Hegel, él no creía en el Estado como solución política, sino en la "anarquía"; pero sí admiraba su metafísica y la había incorporado (a su manera, como también reconoce Nietzsche) en su noción de Gesamtkunstwerk (véase La obra de arte del futuro). Esa distancia, fuertemente dogmática por el lado de Wagner, es la razón principal por la que éste no pudo comprender los "nuevos mares y soles" del viejo amigo. Sólo le quedaba extrañarlo en silencio, pues había prohibido pronunciar su nombre, y tratar que algún otro ocupase su lugar en Bayreuth. Cósima haría lo mismo: "Yo permanezco fiel al Nietzsche que ha muerto, y abandono al Nietzsche vivo en la compañía que ha escogido: Petrarca, Erasmo, Voltaire - ¡que le hagan buen provecho!" (6)

La distancia era para Nietzsche también la diferencia entre la "divina manía" del músico y el deber crítico del filósofo. Si se quiere, podemos generalizar que todo filósofo, desde el momento en que es tal, no se siente satisfecho con la sola música y necesita el complemento de su filosofía. Pero, ¿hay en ello siempre un menosprecio? Como fuese, Nietzsche demuestra que el supuesto enaltecimiento de la música, operado por los músicos, matemáticos, sacerdotes y filósofos idealistas, es en realidad un menosprecio radical de la misma, de su fuerza vital, y frente a eso, en todo caso, es un mejor destino para ella el de la filosofía que reconoce sus propias pulsiones.

Karl Jaspers ha señalado acertadamente que la música es, para Nietzsche, "adversaria de la filosofía y que su pensamiento es tanto más filosófico cuanto menos musical es, porque lo que Nietzsche ha filosofado nació en lucha con lo musical y ha sido conquistado en contra de la música" (7). Aquí música quiere decir pasíón, y precisamente sobre ésta dice Nietzsche: "Nada más barato que la pasión. Se puede prescindir de todas las virtudes del contrapunto, se puede no haberlo aprendido, pero siempre se puede hacer pasión" (8). Sin embargo, el mismo Jaspers pierde la clave cuando afirma que "tanto su pensamiento como las revelaciones ontológicas místicamente experimentadas por él son opuestas a la música y se mantienen sin ella" (9). Que esta última afirmación es exagerada, se puede corroborar con cualquiera de los varios aforismos donde Nietzsche asocia pensamiento y creencias con baile; es decir, con seguir a la música. Si decimos que el buen filósofo debe saber bailar, evidentemente no estamos refiriéndonos a su agilidad corporal, sino a cuán dúctil e ingenioso es su pensamiento. La observación última de Jaspers sólo conserva su importancia separadora si se le tiene como antídoto frente a una tentación pitagórica que quiera encontrar una musicalidad cósmica (matemática) en las "revelaciones ontológicas" del último Nietzsche. Como ese no parece ser el caso, separémonos de Jaspers y volvamos al propio Nietzsche, que, refiriéndose a Wagner, se pregunta:
¿Qué es lo primero y lo último que un filósofo se exige? Vencer en sí mismo a su tiempo, venir a ser "intemporal". ¿Con qué ha de sostener entonces su más dura contienda? Justamente con aquello en que es hijo de su tiempo. ¡Muy bien! Soy tan hijo suyo como Wagner, quiero decir, un décadent: sólo que yo lo entendí; sólo que yo me defendí. El filósofo, en mí, se defendió. (10)

El filósofo, al que no le gustan los moralistas ni las frases bonitas, debía separarse del músico más lascivo de todos:
La música y sus peligros.- Sus orgías, su arte de provocar estados cristianos, sobre todo aquella mezcla de sensibilidad pervertida y devoción ardiente, va de la mano con el desaseo de la mente y las exaltaciones del corazón; quebranta la voluntad, sobreexcita la sensibilidad; los músicos son lascivos. (11)

Pero la música toda es lasciva, felizmente lasciva, ese es precisamente su valor. El idealista considera eso insultante, quiere elevar a la música haciéndola inteligible. Pero Nietzsche demuestra explícitamente, en su oposición a Wagner, que esto es menospreciarla. Kant le había quitado a la música el valor moral que Pitágoras y Platón le habían dado. Nietzsche le da su valor fisiológico: "El arte es el gran posibilitador de la vida, el gran seductor para la vida, el gran estimulante para vivir..." (12). En ese sentido se entiende también la más conocida frase suya: "¡Qué poco se requiere para ser feliz! El sonido de una gaita. - Sin música la vida sería un error" (13). Como las valoraciones morales están excluidas por principio fisiológico (que nosotros podríamos llamar también fenomenológico), hay que apreciar todas las experiencias musicales, como éstas se presentan, desprejuiciadamente, con su fuerza vital como sola justificación. Y en ese caso resulta igualmente absurdo censurar la música de Wagner, ya sea por su estúpido antisemitismo o por su afectada dramatización. Sí, aunque nos parezca deleznable y lo critiquemos... ¡Incluso Wagner nos hace bien! ¡Incluso a Wagner le decimos: sí, eres bueno para mi vida! Porque para sostener un vitalismo así de radical es necesario haber tenido una décadence. Yo la tuve con Schopenhauer y el Romanticismo alemán. No cambiaría esa experiencia por ninguna otra, por riesgosa que haya sido en su momento. ¡Cuánto aprendí entonces a amar la vida! Comprendo, pues, que Nietzsche haya tenido que pasar por su Wagner y que haya así unido su destino al de él. "Llamo a Wagner el gran benefactor de mi vida", escribió en Ecce homo poco antes de su derrumbe psíquico, agregando que "Richard Wagner ha sido, con mucho, el hombre más afín a mí [...]. Lo demás es silencio".


Wagner avasalla con su música sobre un casco prusiano. Caricatura aparecida en Figaro (1876).




(1) Wagner, Richard, Sämtliche Schriften und Dichtungen, Leipzig, 1883, vol. X, pp. 81-86.
(2) Nietzsche, Friedrich, Correspondencia III, Madrid: Trotta, 2010, carta 752. Sobre esta cita quiero observar el "descuido" de Eduardo Pérez Maseda, autor del libro Música como idea, música como destino: Wagner-Nietzsche (Madrid: Tecnos, 1993), que resalta el dolor expresado por Nietzsche en esta carta sin el importante "pero" final.
(3) Nietzsche, F., Humano, demasiado humano, trad. de Alfredo Brotons Muñoz, Madrid: Akal, 2007.
(4) Ibídem.
(5) Y no sólo critica a la ciencia moderna, para lo cual se puede revisar el respectivo apartado en el estudio de Jaspers (citado luego), sino también a la filosofía que critica a la ciencia pero en favor de la moral. Allí entran desde Sócrates hasta Kant. Al respecto puede verse el iluminador fragmento póstumo 14 [141] de 1888: "La ciencia combatida por los filósofos".
(6) Carta de Cósima Wagner a Gersdorff, 12 de enero de 1879.
(7) Jaspers, Karl, Nietzsche, Buenos Aires: Sudamericana, 1966, p. 77.
(8) Nietzsche, F., El caso Wagner.
(9) Jaspers, K., op. cit.
(10) Nietzsche, F., El caso Wagner, Prefacio.
(11) Nietzsche, F., Fragmentos póstumos (1885-1889), vol. IV, Madrid: Tecnos, 2006.
(12) Ibídem., 11 [415].
(13) Nietzsche, F., Crepúsculo de los ídolos, "Sentencias y flechas", 33.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La sociedad del espectáculo y la mentira como herramienta política (o Por qué arte y política deben ser fueros autónomos)


En octubre de 1983 se realizó, bajo la moderación de César Hildebrandt, el segundo debate por la Alcaldía de Lima entre los cuatro candidatos que postulaban esa vez. Los dos con mayor proyección eran Alfonso Barrantes (Izquierda Unida) y Alfredo Barnechea (APRA). Este último, que postulaba por el más importante partido político del momento, creyó conveniente distanciarse de la imagen tradicional que tenían los políticos sentados a su lado, por lo que se definió como "no-político". Su error fue mayúsculo. Barrantes, con esa voz provinciana, pausada y afable que lo caracterizaba, le replicó que si el hombre es, como dice Aristóteles, un "animal político" por naturaleza, y Barnechea decía no ser político, entonces con qué se quedaba... El auditorio estalló en risas. Fue la manera más sutil, inteligente y elegante posible, propia de un caballero, de decirle que era un animal. De la picardía sana e inteligente de ese entonces a la hipermediatizada política del espectáculo calumnioso en el que se han convertido los debates municipales, algo nos ha estado pasando como sociedad política, algo que no parece traer nada bueno.

En 1967, el filósofo Guy Debord publicó un libro que desde entonces se ha vuelto un clásico del análisis sociológico y politológico: La sociedad del espectáculo. En él, Debord presenta al espectáculo como la "relación social entre la gente que es mediada por imágenes" y sostiene que "todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación". En otras palabras, creemos y decidimos según lo que los espectáculos de turno, omniabarcantes, nos mandan. Al tratarse de una relación, el espectáculo no es sino un artificio, que se convierte en un medio muy eficiente para la enajenación y la dominación política. Ese poder se debe por un lado a la importancia natural que tiene la estimulación estética, así como a la necesidad de diversión en medio de atmósferas asfixiantes; y, por el otro, al fetichismo que el bien llamado "capitalismo avanzado" ha trasladado de la mercancía a los medios de comunicación, para moverse impunemente en la realidad siempre y cuando sepan jugar sus cartas en el de las apariencias que ellos mismos crean y controlan. Fondo y forma.

En una columna reciente, Augusto Álvarez Rodrich se lamenta del nivel en el que han caido las aspiraciones municipales de ciertos candidatos con una "degradación de fondo y forma en la política peruana". Dice que más allá del término "guerra sucia", al que parece que nos vamos acostumbrando cada vez más con la resignación y desinterés que usualmente nos caracteriza, es una cuestión que afecta a la forma pero también al fondo de lo que es la política misma. Y tiene razón. Incluso el "dar la cara", si bien es mejor que el anonimato cobarde, no limpia mucho que digamos lo que con "guerra sucia" se implica: las ideas sacrificadas en aras de la diversión sádica. Aquello que el circo romano representó cada vez de modo más cruento y hastiante. Claro, mientras uno sólo se conciba como espectador... todo parece ir bien.

¿A qué puede deberse que la forma del espectáculo nos esté ocultando el fondo de la política? A que, en medio de la confusión generalizada en la que se sabe mover bien el capitalismo avanzado, hemos desatendido la función crítica (delimitadora) de nuestra razón. En concreto, esto quiere decir que con tanta postmodernidad nos hemos quedado desprovistos de criterios diferenciadores entre el ámbito del arte y el de la política; con la consecuencia de perder la bien ganada autonomía del arte, a la vez que se abren de par en par las puertas para la mentira como herramienta política.

En el arte, como en los sueños, sucede que no hay problema alguno en confundir lo real y lo imaginario, así como lo verdadero y lo falso. Es más, de esa ambigüedad y esa indistinción surge precisamente la riqueza de la experiencia artística. Por ello mismo decía Borges que en el arte toda ambigüedad es una riqueza (Pierre Menard, autor del Quijote). Sin embargo, esa es la prerrogativa del arte, que en nuestra vida cotidiana estamos absurdamente trasladando al terreno de la política. En ese sentido, la "espectacularización" de la política es el resultado de un olvido y un descuido nada inocentes. Nada inocentes porque tanto quienes lucran de ello como todos los demás sabemos que nos resulta más fácil asumir que "la política es así, qué se le va a hacer", En una sociedad como la nuestra, donde cada uno "baila con su pañuelo" y "aprende" que es mejor no quejarse ni plantear alternativas, esa actitud naturalista, fácil pero sumamente dañina, obtiene viada. A partir de ello la política se reduce a un juego de mentiras y desmentimientos poco o nada fructífero con miras al bien común. En ese contexto, la política sólo es vista desde la miseria de lo útil, y el artificio escandaloso y el miedo se vuelven aliados inmejorables de aquel político que, a final de cuentas, sólo busca su propio beneficio, su utilidad.

Esto es lo que hemos visto en las últimas semanas de la campaña de Lourdes Flores Nano, candidata del PPC, y en el debate televisado y ampliamente comentado por todos los medios en el que lanzó barro por doquier a la otra candidata, Susana Villarán. Se podría en principio pensar que se trataba sólo de falacias e interpretaciones tendenciosas de las propuestas de su oponente, lo que bien podría no ser causado por la indecencia sino por la estupidez, pero en realidad es más que eso: hay en sus palabras envenenadas mentiras y calumnias que quieren denodadamente sacar provecho con el infame Leitmotiv que hizo suyo Vladimiro Montesinos en la década pasada: "miente, miente que algo queda". Hasta hace unas semanas podía decirse que Lourdes Flores era una política decente y claramente opuesta a las prácticas montesinistas. Ahora, en cambio, el pez por la boca muere; sobre todo, si no sabe mentir.

Yo, francamente, hubiese preferido un debate entre Susana Villarán y Gonzalo Alegría. Creo que Lima se merecía algo de nivel político como lo que pudiese haber ofrecido ese encuentro. Lourdes Flores, en cambio, sin que sea sorprendente porque está actuando conforme a la lógica del capitalismo tardío, prefiere llevarnos al terreno del espectáculo. Lo lamentable es que, al menos al nivel de la prensa, lo logre tan fácilmente. No hay diario alguno que no haya comentado sus ataques o la indiferencia de Villarán, en lugar de analizar las propuestas mismas que hizo esta última al obviar los ladridos de la primera. Esas ganas de hacer de todo noticiario o reportaje un "peliculón" hollywoodense revelan algo enfermo en nuestros medios de comunicación pero también en nuestra sociedad que consume lo que esos medios producen y que genera así un perfecto círculo vicioso coronado por el hecho de que, con raras excepciones, como el diario La República (Revista "Domingo" del 26-9-2010), entre los medios de alcance nacional tal parece que Lima ha sido, es y seguirá siendo todo el Perú. Ya sólo les falta reducir la política al Jirón de la Unión.

Más allá de los evidentes intereses e ideologías políticas de los dueños de esos medios, que prácticamente editorializan toda noticia (y usualmente con una moralina acrítica, bastante dogmática), creo que se trata también de un profundo desinterés del buen capitalista por la política misma; es decir, por el bienestar común de la sociedad en la que se encuentra y a la que le debe hasta el lenguaje (por eso Aristóteles equiparaba política con lenguaje). No es la convivencia solidaria la que les interesa, no. En ese sentido, aunque sea contradictorio, muchas veces la prensa se permite obviar las propuestas de los candidatos. Por ejemplo, El Comercio ("El Dominical" del 19-9-2010) publicó todo un suplemento dedicado al descuido del tema medioambiental en los planes de los candidatos municipales de Lima. Así, sin más, metiendo a todos en la misma ignorancia supina, como si Susana Villarán no hubiese hecho de ese tema uno de sus principales carros de batalla, al punto que hasta su color político fuese por ello el verde limón. Así como se habla de una "huella ecológica", bien podríamos hablar de una "huella política": los medios de comunicación le hacen daño a la política, qué duda cabe, pero me da la impresión que nos acercamos peligrosamente a un punto sin retorno. Frente a eso, la libre publicación en la Internet y sus redes sociales constituyen cierto alivio, pero su fuerza no es (todavía) considerable. ¿Qué hacer entonces?

El panorama no es muy alentador, es cierto, pero creo que haríamos mal si pretendemos que el pensamiento gobierne de algún modo por sobre la técnica, el arte o la política. Estas son más inmediatas y ya están de regreso cuando el buho de Minerva recién alza el vuelo (Hegel). Todo filósofo acucioso sabe que la filosofía es necesariamente tardía. Aunque Platón pretendió que la dialéctica fuese como una inmensa garrocha, una que llegase justamente al nivel de las nubes para poder saltar por encima de todo y llegar al Origen desde el cual ordenarlo y dirigirlo todo, eso no fue más que un sueño dogmático del que nos terminó despertando Kant; una bonita visión, pero nada más. También lo fue la idea del compromiso coactante de la eticidad hegeliana heredada luego por Marx y por Sartre.

La filosofía (como el arte) no estuvo nunca hecha para gobernar, sino, en todo caso, como apunta Nietzsche, para quejarse por lo que encuentra (cf. Los filósofos preplatónicos). Es con esa queja como puede producir algún efecto, aunque meramente indirecto y subjetivo. En ese sentido (y por favor sólo en ése, porque también es necesario distinguirles), la filosofía no deja de ser arte: los filósofos somos otros poetas que no dicen la verdad. Lo que nos queda, entonces, es quejarnos de la mala manera que es la nuestra (es decir, sin notas diplomáticas), para unir lo que creemos que debe unirse y separar lo que debe estar separado, para hacer evidente la complejidad de aquello que quiere simplificarse grosera y fácilmente con una careta bonita y feliz (nuestro impulso trágico), y así como quería Platón (Apología), seguir haciendo de tábanos en nuestra polis; y así como quería Nietzsche de sí mismo, poder quizá en manos de nuestros lectores ser dinamita. Así se conjugan arte y política, sin confundirlas.

domingo, 4 de abril de 2010

Cuando la voz era reina y señora en la canción popular (Adiós a Jesús Vásquez, junto al "Zambo" Cavero)




Arturo "Zambo" Cavero y Óscar Avilés, "Cada domingo a las 12, después de la misa".


Lo mío con la música criolla peruana no fue amor a primera oída. De niño, la vitalidad del rock, especialmente la del rock clásico y progresivo que escuchaba mi hermano, parecían sostener suficientemente todo mi mundo. Cuando quería salir de ello, porque desde siempre he necesitado el cambio, ahí estaban grupos del pop rock de esa época que me gustaban y me divertían enormemente; grupos como Queen, Soda Stereo, Hombres G, Mecano y varios otros que sin duda alguna giraban (para mí) en torno a ese gran sol que fueron The Beatles. Los domingos estaban reservados a la música académica con la que mi padre nos despertaba. Esos enormes parlantes Panasonic, enchapados en madera, que salían del estudio y rodeaban el comedor, me enseñaron, junto a las anécdotas que contaba mi padre y las explicaciones del señor Salvat (pues era su colección de cassettes la que escuchábamos), quiénes fueron Bizet, Wagner, Stravinsky, Beethoven, Chopin, Mozart, Bach... y, entre muchos otros, su bienamado Brahms. Desde esos días no pude olvidar jamás a la Carmen de Bizet, obra a la que yo llamaba "Salvo" porque su obertura salía en una propaganda televisiva de ese limpiavajillas. "Papá, ¿me pones Salvo?", le pedía a veces, y me imaginaba al toreador y a la gitana.

Algunas veladas, cansado de tareas que prefería hacer desde la medianoche y sin muchas ganas tampoco de leer los libros de mi padre, me la pasaba en su estudio, me sentaba al lado del enorme equipo Pioneer que se calentaba demasiado, me ponía unos auriculares Aiwa negros que no sólo me cubrían las orejas sino también parte de las mejillas, y ponía en el tocadiscos (el que he descubierto después que fue uno de los mejores tocadiscos hechos hasta ahora) a todos esos cantantes que me divertían fundamentalmente por sus voces y luego recién por sus letras. Ahí conocí al gran Leonardo Favio (y dudé si regalarle un clavel o una rosa a la chica que me gustaba), a los Pimpinela, a José José (que siempre fue para mí el mejor), a Julio Iglesias, José Luis Perales, Nino Bravo, Roberto Carlos... así como también a Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y todos esos cantores que no podían ser mejor escuchados que ahí, junto a las obras de Marx de la editorial Progreso de Moscú y los demás libros socialistas entre los que yo resaltaba los de Trotski, el más coherente y sensato de todos ellos.

Hasta entonces, la música criolla había tenido un lugar mínimo. Ninguna voz me había deslumbrado y las letras me parecían francamente aburridas, predecibles y deprimentes (cosa que ya no creo, al menos no con todas). Por otro lado, el regionalismo de mi padre me hizo preferir el carnaval y el yaraví arequipeños. En todo caso, existía un 28 de julio para poner sólo esa música, como si fuese parte del mismo mandato municipal que nos hacía colocar la bandera en el techo. Eso fue hasta que encontré entre esos discos uno de un negro que, además de llamarse como yo, parecía sumamente gracioso por las poses en las que lo habían capturado para la portada del disco. La música negra llamada criolla se limitaba hasta entonces para mí al escalofriante y sobrevalorado Jai, jai, jipi. Así que no sin algo de temor puse por primera vez ese disco que luego pondría nuevamente por muchos domingos a la hora del almuerzo. Recuerdo como si hubiese sido ayer el "¡¡ufff!!" que hizo mi cuerpo cuando advertí que no era el mismo cantante, a la vez que empezaba a estremecerme con el vals Cada domingo a las doce después de la misa. ¡Qué tal voz! No, felizmente no era el mismo "zambo", sino uno infinitamente más grande, colosal. Era Arturo "el Zambo" Cavero, la mejor voz que ha tenido la música criolla peruana.



Jesús Vásquez, "El Plebeyo".


Como si eso hubiese sido poco, quiso el destino que poco después me cruzara con otra grabación. Esta vez se trataba de una señora cuyo nombre había escuchado a mis padres. Puse el disco y desde entonces asocié esa voz con todo lo que significaba Lima, la ciudad de carne y hueso, la del callejón de un solo caño, la cada vez más provinciana; no aquella otra de aristocráticas nubes a la que (también bellamente, por cierto) cantaba Chabuca Granda. Jesús Vásquez era indiscutiblemente la voz popular del criollismo. Quizá por eso le venía como anillo al dedo aquel vals popular por excelencia: El Plebeyo de Felipe Pinglo. Si la potencia era lo propio del Zambo y la elegancia señorial lo característico de Chabuca, esa dulce y melancólica cadencia de la voz de Jesús Vásquez la hicieron con justicia la "reina y señora de la canción criolla". Fueron más de setenta años en los que nadie dudó de la legitimidad de su título. Esa cadencia suya era la clave de su reinado. Con ella se puede demostrar con claridad cómo una voz tan suave puede calar tan hondamente...

En esas veladas musicales de mi niñez, más que estudiar la belleza formal de las composiciones o la relevancia conceptual de las letras, ansiaba deleitarme con la genialidad hecha voz (la voz como el mejor de los instrumentos, decía Hegel aunque no por los mismos motivos). En cuanto a la música criolla, mi gusto por el género comenzó gracias a esas dos voces auténticamente geniales. La del Zambo nos dejó en octubre pasado. La de Jesús Vásquez nos dejó ayer. Pero hoy más que nunca podemos decirle, como el vals, "reinarás en el altar del alma mía. Al partir me dejarás tus agonías (...). Nadie ocupará el lugar que tu tenías...". Descanse en paz, reina y señora.



Jesús Vásquez y Víctor Dávalos, "Alejandrina".

sábado, 13 de febrero de 2010

Las lecciones de estética (1958/59) de Theodor W. Adorno


La editorial alemana Suhrkamp viene publicando desde hace unos años la obra completa de Theodor W. Adorno. Actualmente están editando sus lecciones, dentro de las cuales hay dos dedicadas a la estética (tomos 3 y 8). Adorno dictó seis veces sus lecciones de estética en Frankfurt, entre 1950 y 1968, pero sólo se conservan grabaciones de dos de ellas, que le sirvieron para preparar la que sería su obra mayor sobre estética. La lección de 1961/62 aún no ha sido editada y quizá pase un buen tiempo antes de que la tengamos con nosotros, pero acaban de publicar la correspondiente al semestre de invierno de 1958/59.

La importancia de esta publicación radica especialmente en su naturaleza complementaria para comprender la gestación y el desarrollo de varios de los temas que formularía luego de una manera más elaborada en su Teoría estética, también publicada póstumamente, en 1970. El aspecto central de la estética adorniana es, como se sabe, su carácter histórico y crítico, en un sentido hegeliano-marxista. Sin embargo, su herramienta pretende no ser una dialéctica especulativa, como la de Hegel, sino una que parte de las condiciones sociales que posibilitan al arte, a la producción y apreciación artísticas. Tampoco es una dialéctica fuertemente positiva, como en cierto modo termina siendo la de Marx, sino una que sólo encuentra su desenvolvimiento en la mera negatividad; es decir, en la negación de la negación.

Los temas que se puede encontrar en estas lecciones son temas clásicos, pero Adorno se las ingenia para darles vigencia. Aborda temas tales como la experiencia de lo bello (con particular énfasis en el Fedro de Platón), la relación entre arte y naturaleza (tan remarcada por Hegel), la naturaleza enigmática del arte, y la tensión entre las exigencias de la expresión y la construcción de la obra de arte. Al igual que en la Teoría estética, el eje central es la configuración de una concepción esencial y propia de la experiencia estética; pero estas lecciones tienen, por su índole pedagógica, una claridad que la Teoría estética no tiene en varios de sus pasajes.

La editorial Akal de España es la encargada de trasladar la obra completa de Adorno a nuestro idioma. Esperemos que pronto puedan traducir esta nueva publicación. Puede ver más (en alemán) en la página Web de la editorial Suhrkamp.

domingo, 31 de enero de 2010

Libros sobre Beethoven


Ludwig van Beethoven, Concierto para piano Nº 5, Op. 73 "Emperador", 2º mov.: Adagio un poco mosso.


Me hacen un pedido bibliográfico en torno a la música de Beethoven, especialmente para una lectura filosófica de su música.

Evidentemente, el primer libro tiene que ser el estudio de Theodor W. Adorno: Beethoven. Filosofía de la música (Madrid: Akal, 2003). El libro es en realidad la compilación, editada tras su muerte, de los pensamientos que el filósofo de la Escuela de Frankfurt anotó sobre Beethoven a lo largo de toda su vida. La pretensión de Adorno era alta: explicar la música del genio romántico en términos de dialéctica hegeliana. Para él, la dialéctica que Hegel había desarrollado en la filosofía (radicalizada por Marx) era equivalente a lo que Beethoven había hecho con su música, poniendo especial énfasis en su último período por los motivos de sobra conocidos. El mismo Adorno nunca estuvo satisfecho con el resultado global de su aproximación; por eso no llegó a publicar el libro que tantas veces había anunciado entre sus amigos. Su gran obstáculo fue el lugar de la Missa solemnis en su interpretación del corpus beethoveniano. De todos modos, los diversos aforismos que componen este libro, editado por Rolf Tiedemann, son fragmentos intensos. Si bien algunos son menos comprensibles que otros, resulta sumamente instructivo y satisfactorio avanzar por sus páginas recorriendo a la vez la obra de Beethoven en el tocadiscos. Según creo, ese es el único modo para poder someter a prueba la arriesgada interpretación de Adorno. Por lo demás, es bueno recordar que el subtítulo genérico de "filosofía de la música" se explica por la importancia que tiene esta obra dentro de la concepción adorniana de la aproximación entre música y filosofía. Para Adorno, luego de Beethoven, sólo cabía esperar a Schönberg (la radical negación dialéctica de la tonalidad); así como en la filosofía, después de Hegel y Marx, sólo cabía su propio desarrollo de una dialéctica negativa. Es pues la asociación entre dialéctica negativa y música atonal la que opera tras el rótulo de filosofía de la música.

En la misma línea que el anterior, aunque con un cariz más musicológico que filosófico, está el clásico estudio que Anton Webern escribiera en 1933 para incluir a la música atonal en el proceso histórico de la música europea y la alemana en particular. En El camino hacia la nueva música (Barcelona: Nortesur, 2009), encontramos varias observaciones interesantes sobre Beethoven en tanto predecesor del giro hacia la atonalidad.

Si uno quiere tener una mirada panorámica de todo el corpus beethoveniano, teniendo en claro las fechas de composición y de estreno, la relación con obras anteriores, la influencia de determinada literatura o hechos históricos, así como la recepción, comentarios e interpretaciones, el libro Obra de Beethoven, del colombiano Rodolfo Pérez González (Medellín: Universidad de Antioquia, 2002), tiene una enorme utilidad e interés. Aunque no se encuentre en sus páginas observaciones filosóficas, el contenido de esta enciclopedia cronológica es una fuente imprescindible para toda interpretación del músico de Bonn que se pretenda seria.

Por otro lado, en La música como concepto, de Robin Maconie (Barcelona: El Acantilado, 2007), libro que pretende entender a la música como el medio más privilegiado para la transmisión de contenidos, sobre todo de contenidos trascendentales, hay numerosas menciones de las obras de Beethoven. Los lugares específicos pueden ser encontrados desde su índice onomástico.

La obra ya clásica de Enrico Fubini, La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX, en su tercera edición (Madrid: Alianza, 1999), tiene algunas observaciones breves pero importantes (con fragmentos de los testimonios del propio compositor) para comprender el ideal de músico de Beethoven, que no concebía reducirlo a mero ejecutor o músico-artesano, sino que le demandaba ser un artista total, más fundamentalmente comprometido con su lugar en el mundo y en su vínculo con lo infinito (véase el apartado sexto del capítulo sobre el Romanticismo, pp. 276 ss.). También se encuentra allí un intento por preservar al músico real del mito romántico creado por Hoffmann (apartado siete del mismo capítulo, pp. 278 ss.).

Y, por último, creo que para comprender una de las herencias musicales que se asumieron explícitamente como sucesoras de Beethoven es necesario revisar el escrito de Richard Wagner en el que toma al compositor como quien reforzó la necesidad del giro musical hacia su concepto de Gesamtkunstwerk (obra de arte absoluta). El momento cumbre, según Wagner, es el cuarto movimiento de la conocida Sinfonía Nº 9; con la introducción de los cantantes y el coro. No conozco edición castellana, pero es factible consultar en línea la edición inglesa de The Wagner Library.

Estos son los principales textos que sugeriría revisar sobre Beethoven. Con miras a entender sus ideas políticas, puede revisarse el libro que comentara hace un tiempo sobre la política en su último período musical. Más allá de ello, aunque se carezca de conceptos, la mejor manera de comprender al músico sigue siendo escuchándolo.

viernes, 15 de enero de 2010

Nuevo año, blog renovado, libros y películas nuevas


Blog renovado

Hace poco más de un año decidí abrir este blog con la finalidad de reunir cierta información sobre filosofía de la música para mi seminario en la PUCP. Pretendía ser fundamentalmente un blog informativo, pero desde el comienzo no pudo serlo pues ineludiblemente fui introduciendo comentarios e interpretaciones personales, a lo que siguió la ampliación temática a la estética en general y la publicación de algunos textos redactados especialmente para el blog. De esa manera, este espacio ha ido tomando su propia forma con los meses y ha contado con una amable recepción nacional e internacional que agradezco.

Por ello mismo, ya era hora de hacer un cambio; uno más significativo que el que hiciera hace algunos meses cambiando el color de fondo y el tipo de letra. El fin de año me brindó la oportunidad de buscar una nueva plantilla, una más dinámica y atractiva, a la que sin embargo tuve que hacerle numerosas modificaciones para que se adecuara satisfactoriamente a los nuevos contenidos. Como resultado, además de la constancia en la publicación que espero mantener este año también, se ha añadido un espacio para difundir algunos videos que me gustan con un pequeño comentario. Este espacio los quiere animar a volver continuamente, pues sus contenidos serán cambiados cada semana y no quedarán archivados. Por otro lado está la agenda de eventos que ordenará mejor la información de eventos que antes era publicada dentro de los mismos posts. Y finalmente he querido incluir una marquesina en la página principal del blog que rote con frecuencias variadas algunas novedades sobre el mundo del arte con sus respectivos vínculos a páginas web.

El blog ha tenido poco más de diez mil visitas en todo este tiempo. Algunas otras mejoras previstas para las próximas semanas son la inclusión de un espacio para discos recomendados y un menú desplegable para los nombres de los filósofos, con lo que el listado de etiquetas podrá ser simplificado. Todas estas nuevas herramientas están especialmente dirigidas a los visitantes continuos, por lo cual espero que sean de su agrado.


Nuevos libros

No sé bien si por Navidad o por Reyes, pero el nuevo año me trajo nuevos libros que recién estoy empezando a leer. Entre ellos están: