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jueves, 13 de noviembre de 2014

8'37'': Asociación, (in)determinación y música absoluta a propósito de una obra de Penderecki





Sí, 8'37''. No los 4 minutos y 33 segundos de silencio compuestos por Cage, sino los 8 minutos y 37 segundos de una música que, a su manera, también desconcierta a la mente y libera al oído.

Cuando Penderecki compuso esta obra no quería, como se cree comúnmente, representar el estallido de la bomba atómica sobre Hiroshima. La dedicó luego a sus víctimas cambiándole el nombre, de 8'37'' a Treno para las víctimas de Hiroshima, algo que cierta crítica juzgó como un acto de oportunismo. Pero lejos de entrar en ese tipo de discusiones bizantinas, lo importante es llamar la atención sobre el hecho mismo de que su creación no haya sido propiamente representacional. Desde luego que sí lo es en la medida en que toda obra de arte (y todo acto estético, en contra de lo sostenido por Scruton de que la música no lo sería) es representacional; es decir, en el paso de una conciencia natural, cuyo anclaje está en la percepción de la realidad externa, a una conciencia estética que depone el peso de la percepción en servicio de la mayor libertad de la imaginación y de los objetos que así crea. Este tránsito es posible justamente por una modificación hacia la representación. En la escucha inclusive, pero con mayor nitidez en la creación artística, la percepción modifica sus caracteres determinantes a los de la representación. Pero ésta, así entendida, no tiene por qué ser vista como una copia o estar directa, clara o figurativamente vinculada a una realidad específica. Esto, digamos, al menos por tres motivos:

1) Porque la actitud estética supone un desenfocamiento, una abstracción -en menor o mayor medida- de esa realidad. Esto hace que en ningún caso, por más figurativa que pueda ser una obra y directo su vínculo con una realidad concreta, la representación artística sea equivalente a esa realidad percibida; hay un sustrato puramente estético que le guarda de toda equiparación (pretendida especialmente por los moralistas de turno).

2) Porque el sentimiento de placer o displacer (y el juicio involucrado) respecto de la obra de arte, y sobre todo de la obra musical, únicamente requiere de esa representación en su potencia expresiva; es decir, su contenido intrínseco no tiene por qué representar un objeto externo, especialmente al ser comunicada a un oyente de un contexto distinto al de su origen, a no ser que sea mediante un acompañamiento figurativo o verbal (por ejemplo, con el videoclip o el título), o con una explicación histórica externa, pero incluso ellos son sólo representaciones.

3) Porque la representación artística, como lo demostraba Kant, no es mera sensación pero tampoco concepto; tiene un tipo peculiar de juicio (el juicio reflexionante, dirigido no al conocimiento objetivo sino al sentimiento subjetivo), que, aun cuando no se hagan las separaciones radicales que hacía Kant en sus análisis, sigue sin empezar por la significación, sino por la percepción y por el juego estético (el "libre juego" kantiano entre la imaginación y el entendimiento - no la razón). La música sin tema, afirmaba Kant, es lo que más se puede reducir a ese libre juego. Si lo traducimos a lo que aquí queremos señalar, diríamos que 8'37'' era, antes de que el propio Penderecki la asociara con Hiroshima (e incluso después), una representación sin representación.

Se ha mencionado a Kant, pero podría haberse mencionado a varios otros filósofos, músicos y teóricos de la música, porque lo que está detrás es básicamente la empresa moderna por dotarle a la música de autonomía frente al realismo y el idealismo estéticos. Para no quedarnos en la filosofía, podemos acudir al brillante director Leonard Bernstein:
"No importa cuánto la gente les cuente historias acerca de lo que la música significa, olvídenlas. Las historias no son de lo que la música trata en absoluto. La música no es nunca acerca de nada. La música sólo es".

("¿Qué significa la música?", concierto didáctico para jóvenes)
"Mi bemoles y fa sostenidos". De eso se trata, dirá Bernstein pensando un poco en Wittgenstein y un poco en Chomsky: de una gramática musical tomada en sí misma. El modernismo fue con fuerza sobre la forma del arte; por ejemplo con la brillante explosión de expresión y formas en la vanguardia rusa. El Romanticismo, en el siglo previo, hizo también lo suyo por darle al arte no sólo autonomía, sino el lugar más elevado entre todas las actividades humanas, incluyendo a la filosofía. Y si la música tenía un privilegio entre las demás artes era precisamente por su indeterminación. Su aparente falta de representabilidad era la garantía de su acceso sentimental (expresivo) a lo incondicionado. Arthur Schopenhauer lo afirmaba así:
"La música no es, a diferencia de todas las demás artes, una representación de las ideas o grados de objetivación de la voluntad, sino la expresión directa de la voluntad misma; lo cual explica su acción inmediata sobre la voluntad, es decir, sobre los sentimientos, las pasiones y las emociones del oyente, exaltándolos rápidamente o transformándolos.

Admitido que la música, lejos de ser un mero auxiliar de la poesía, es un arte autónomo, más aun, la más poderosa de todas las artes y capaz, por tanto, de alcanzar sus objetivos con sus propios recursos, es también indudable que no necesita las palabras de una canción o la acción de una ópera. La música, en cuanto tal, conoce sólo los tonos pero no las causas que los producen. Por eso, la vox humana, original y esencialmente, no es para la música otra cosa que un sonido modificado, como el de un instrumento...".

(El mundo como voluntad y representación, vol. II, cap. 39, negrillas propias)


La pugna de Schopenhauer no era otra que la de la música absoluta (que se entiende por sí misma) contra la música programática (que se entiende por su referencia a algo extramusical). Nietzsche acusará en Wagner, asimismo, que someta la música a la idea (cf. Nietzsche contra Wagner). La música absoluta quiere lo menos posible de determinación extramusical. Sin embargo, ninguna música está totalmente determinada por sí misma. Es la relación tirante entre ambos impulsos -el de su autonomía y el de su heteronomía- la que mueve siempre los hilos de toda obra musical. Lo que, no obstante, ha marcado a la estética moderna, tomada incluso como disciplina, es la defensa de esa autonomía frente a los intentos por reducir los sentidos y valoraciones del arte a la sola consideración lógica, y la imaginación a la sola consideración realista (desde el realismo de las ideas de Platón hasta el realismo de la estructura social marxista -y postmarxista-), que le quieren forzar a admitir, como esenciales, criterios que le son enajenantes. Esta autonomía tiene que ver íntimamente con su temporalidad; más precisamente, con su devenir. Puede pensarse nuevamente en Nietzsche (su rescate del devenir), así como en las razones por las que Rousseau consideraba a la melodía como la esencia vital de la música. El fenomenólogo Roman Ingarden lo decía así: "El continuum de coloraciones temporales de la obra está determinado únicamente por los elementos de la obra misma" (Ingarden, R., Qu'est-ce qu'une ceuvre musicale?, p. 90). Y es que la obra musical, para Ingarden (siguiendo a Husserl y de modo análogo a lo sostenido por Kant), no es ni un objeto ideal (como el ente matemático), ni un objeto real (como el perro que va por la calle), sino un objeto puramente intencional; es decir, la más pura correlación entre la vivencia de la conciencia (la escucha) y el objeto (la onda sonora) tal como se le da a esa conciencia (tal como se escucha). Ya Husserl había dicho (en su famosa carta al poeta Hugo von Hofmannsthal) que el arte implica una suerte de reducción como la fenomenológica, sólo que de manera más intuitiva que reflexiva (y esa es precisamente su ventaja).

Kant lo tenía claro: se entiende la música al escucharla, sin que sea necesario para ello conocer (ya que es más bien conveniente desconocerlo) el arduo trabajo que puede estar detrás o las reglas que están siendo puestas en juego. Esto quiere decir también que los sentidos de la música no son reducibles al lenguaje verbal y tampoco al técnico o al matemático. Por eso Schopenhauer rechazaba lo dicho por Leibniz, a saber, que la música es, en el fondo, sólo aritmética. Leibniz no podía dejar de verla como un modo de conocimiento (en última instancia divino), algo que Kant compartía pero a lo que contrapuso la necesidad del sentimiento vital (Gemüth) y del espíritu (Geist) (y con ello el privilegio del hombre como único capaz de tener un juicio estético). Todo músico profesional podría quizás darle la razón a Leibniz dada la necesaria formalización de la música para su estudio, pero, como afirmaba Nietzsche: quien escucha a Bach como un maestro del contrapunto y del arte fugado, pierde la experiencia musical, lo grande que allí ocurre (cf. El paseante y su sombra).

Esta cierta reducción a lo específicamente musical no hay que entenderla como un reduccionismo o un empobrecimiento del complejo entretejimiento de nuestras experiencias musicales y no musicales, porque lo que se quiere evitar con ella es más bien que una sola idea, que una sola representación, que una determinación teórica o naturalista se imponga sobre los distintos sentidos que abre la experiencia musical bajo la peculiaridad de la conciencia estética. Además, la especificidad en el arte se ha buscado históricamente siempre con una intención liberadora, con la intención de ampliar las capacidades perceptivas e imaginativas, poniendo de lado las ideas habituales sobre lo que es (o debe ser) arte. Un caso paradigmático en la música reciente es el de la música concreta; es decir, el modo como Pierre Schaeffer, aplicando precisamente la reducción fenomenológica, rompió con el uso exclusivo de determinados sonidos e instrumentos musicales, dependientes de una idea abstracta de música, para incorporar a todo sonido y todo objeto como potencialmente musicales. Ese fue un caso radical de apertura dentro de las vanguardias musicales del siglo pasado.




Volvamos sobre 8'37''. Hemos ya apuntalado su indeterminación en términos representacionales, reduciéndole a su temporalidad, que es algo que ese primer título mostraba en imitación de lo hecho por Cage con su 4'33''. (Como la temporalidad es menos explícita en el arte plástico, allí se suele colocar más bien: "Sin título".) Pero queda volvernos sobre la música misma; es decir, sobre su contenido concreto. 8'37'' ofrece, como es evidente (incluso para los finos oídos de mi perro), particularmente en las cuerdas pero también con la percusión, un sonido perturbador. Para decirlo con mayor propiedad: un sonido que agrada precisamente porque desagrada, porque incomoda, porque nos conduce a un terreno que reconocemos bastante bien y que nos intriga y gusta experimentar, pero en el que estamos indefensos, lejos de toda certeza armónica y sin una melodía cobijadora. Ni Schönberg ni Mozart pueden protegernos.

El sentimiento que se corresponde con tal condición es naturalmente el miedo, la angustia atemorizante. No sorprende por ello la asociación de varias piezas de Penderecki con el cine de terror: Polymorphia (1961) y Canon (1962) fueron ambas utilizadas por Kubrick para El resplandor (1980) y por Friedkin para El exorcista (1973). Este último usó también fragmentos del Concierto para cello Nº 1 (1966-67), la ópera Los demonios de Loudon (1968-69) y el Cuarteto de cuerdas Nº 1 (1960). Kubrick se sirvió además de De Natura Sonoris I (1966) y II (1971), y de Utrenja (1969-71). Más recientemente, Scorsese tomó Fluorescencias (1961-62, basada en 8'37'') para La isla siniestra (2010), así como el Passacaglia de su Sinfonía Nº 3 (1988-95) que, en una escena en particular, contrasta radicalmente con el sereno Cuarteto para piano en la menor de Mahler que los doctores oyen en el fonógrafo. En todos estos casos la asociación entre lo que se ve y lo que se oye es adecuada, pero no porque la condición del sonido y de la imagen sean iguales, sino más bien porque no lo son. El sonido comunica de un modo mucho más sensible, lo que hace que dirija más fácilmente al espectador hacia una atmósfera o una disposición afectiva, y a la vez es mucho más indeterminado, con lo cual apoya a lo que se ve acentuando su carácter perturbador desde esa indeterminación y no sólo por la asociación misma. Por otro lado, si la asociación en los casos mencionados es tan intuitiva, es porque no se trata en última instancia del terror que nos puede ofrecer la realidad, que es tanto más insoportable, sino que es un terror representado y esa representación le aporta cierta adecuación, nos hace tener cierto control, aunque sea mínimo como puede serlo con una representación angustiante o terrorífica. En el fondo, Kant se refiere a esto mismo cuando confronta la fealdad en la naturaleza con su representación artística (cf. Crítica de la facultad de juzgar, parágrafo 48); y esa es la "eminencia" del arte, nos dice. Es como cuando uno ve una película de terror: ella le asusta porque la atención está dirigida esencialmente a la representación misma, como si fuese natural, pero la percepción y la realidad que ella constituye como natural se mantienen en la medida en que ella nos recuerda, de modo "inconsciente", que es sólo una película. La distinción entre fantasía y realidad no deja de estar presente. Incluso cuando una persona con esquizofrenia pinta el monstruo que ha "visto", hace esa distinción entre el monstruo "real" y el de su representación. Pero claro, esa distinción se debilita en la experiencia estética y eso permite también que lo que la obra de arte representa se asocie con la realidad natural, especialmente con la vivencia personal dado el carácter subjetivo (reflexionante, en términos de Kant) de dicha experiencia.

Cuando Penderecki asoció 8'37'' con lo ocurrido en Hiroshima generó cierta resistencia. Más allá de las mezquindades, lamentablemente tan usuales entre los hombres, hay razones para ello. En primer lugar, porque una cosa es asociar dos representaciones, que como tales se mueven en un mismo ámbito (la conciencia estética), en el que las analogías fluyen fácilmente, y otra distinta es asociar una representación con una realidad determinada. No es que la asociación sea disfuncional, porque en este caso sí se adapta bien al horror que uno se representa ante el estallido de la bomba atómica. El asunto es sólo que el vínculo es menos fuerte y, en ese sentido, menos evidente. Además, la experiencia de 8'37'', como se ha dicho, es una experiencia de inadecuación, la obra te descoloca sin que, en su puro devenir, puedas aferrarte a nada; pero con Hiroshima, si bien podemos imaginarnos cómo nos descolocaría, tenemos en claro y bien determinadas una serie de cosas, empezando por el juicio moral que está íntimamente involucrado. No quiero, al señalar esto, rechazar o menospreciar en forma alguna la asociación, que además, como con las películas, refuerza en cierto modo (de un modo menos intuitivo y más reflexivo) el juicio moral contra el uso de bombas atómicas y tributa a las víctimas a manera de memorial. El punto está en que tal asociación se maneja a otro nivel que el de los casos anteriores.

Parte importante de la experiencia de las vanguardias fue, como se ha dicho, abrirnos a la experiencia "pura" del arte; en este caso, de la música. Si volvemos sobre ello, el título original del que ahora conocemos como Treno para las víctimas de Hiroshima puede ser un título significativo. Ahora bien, ya sea que le asociemos con la realidad histórica que el nuevo título sugiere, o que sólo pensemos en 8'37'', lo cierto es que Penderecki logró su cometido de "transformar la experiencia del siglo entero".

viernes, 17 de octubre de 2014

Nietzsche sobre el budismo y una discrepancia de Morton Feldman con John Cage


¿Se opuso Nietzsche a toda religiosidad? ¿Se opuso siquiera a todo el cristianismo o sólo al de Pablo de Tarso? ¿Hay una cierta piedad en el modo como se refiere al eterno retorno y a la voluntad de poder? ¿Es el paganismo la religiosidad más afín a él? ¿O era sencillamente ateo? Estas y otras preguntas son frecuentemente planteadas a propósito del filósofo de Zarathustra y no sólo por quienes lo leen, sino también por quienes lo estudian académicamente (cf., por ejemplo, Pious Nietzsche. Decadence and Dionysian Faith de Bruce E. Benson, Indiana University Press, 2007. O el § 344 de La Gaya Ciencia: "Hasta qué punto también nosotros somos piadosos aún"). Lo primero que hay que observar es que no se puede deducir de un determinado pasaje una posición inequívoca y permanente por parte de Nietzsche. Hacerlo sería ir en contra, precisamente, del devenir y del perspectivismo que tienen en su filosofía una importancia capital. No es que en Nietzsche no haya una unidad de fondo, pues sí la hay: una ontología trágica que va desde El nacimiento de la tragedia, no sin ciertos cambios, hasta las llamadas "cartas de la locura" inclusive. El asunto es que la expresión de una idea, por poética que pueda ser (por ejemplo con Zarathustra), es siempre unilateral, es una objetivación que fija el devenir. Esto sucede con toda expresión, incluso con la música. Y lo que demanda toda fijación es el incendio del nihilismo activo, la transvaloración. Que esta transvaloración deba serlo de todos los valores, indica su infinitud y su radicalidad. La diferencia con el nihilismo pasivo es que no implica abandonarse, sino apostar, asumir la vida como un experimento y jugársela, sin cerrar los ojos al horror de su trasfondo absurdo y sin refugiarse en ídolos crepusculares. Nietzsche puso mucho énfasis en la importancia de saber escribir, de hacerse de un "gran estilo". Esta recomendación no era meramente estética. Escribir bien es ser consciente de esa objetivación y hacerle frente, pensar en cómo se leerá lo que se escribe, en las interpretaciones a las que puede dar lugar. Lo que se debe apreciar entonces en el lenguaje es la perspectiva, el sentido particular que tiene una expresión determinada, y eso se logra expresando explosivamente también lo opuesto: siendo dinamita. Por eso mismo leer a Nietzsche es complicado; no porque use un lenguaje oscuro (él incluso rechazaba que el lenguaje de Heráclito fuese oscuro), sino porque hay que leerlo con ese perspectivismo, contrastando unos textos con otros, no quedándose en la explosión de uno solo, sino observando el sentido y el alcance de cada expresión, relativizando...

Quizás este preámbulo pueda ser suficiente para un tema específico. Por lo anterior, pareciera que la actitud adecuada sería un escéptico "ni esto ni lo otro". En realidad, a pesar de su simpatía con el escepticismo pirrónico (cuya lectura es sin embargo relativamente tardía), la línea nietzscheana va más bien por un "esto y lo otro"; es decir, no se trata en última instancia de suspender el juicio, sino de juzgar, de juzgar positivamente y, sobre todo, de crear. Por eso el escepticismo le parecía, en el fondo, una forma de nihilismo pasivo. Lo mismo podría suponerse del budismo y no sería equivocado. El budismo le interesó a Nietzsche desde temprano. Tenía planes de escribir sobre él y su relación con el cristianismo al menos desde 1869. En 1870 se prestó de la biblioteca de Basilea el libro Die Religion des Buddha und ihre Enstehung de C. F. Koeppen (1857). De allí sacó, por ejemplo, que el Buda se entregó a las representaciones dramáticas cuando penetró en lo más profundo de las cosas (cf. NF, 5 [31], 1870-71). Este, como se sabe, era su período wagneriano. Pero ya en esa época tenía clara la genealogía del budismo: "El impulso de adoración, como sentimiento de placer por la existencia, se crea un objeto. Cuando falta este sentimiento  budismo" (ídem).

Son muchas las referencias de Nietzsche al budismo, particularmente en sus fragmentos póstumos. No se trata, desde luego, de apreciaciones históricas determinadas (tampoco en lo que respecta a las distintas escuelas budistas). El budismo representa más que eso; es una actitud vital. Por eso afirma sin problema que la sophrosyne de Sófocles era un "budismo imperfectamente alcanzado" (NF, 9 [32], 1871). Que su crítica al budismo sea tan temprana lleva a pensar en cuánto pudo ésta influir en su separación de Schopenhauer. De cualquier modo, ya en 1882 se muestra, en la misma línea, más implacable con el budismo como negación pasiva de la vida, como una actitud fruto del cansancio, equiparable al nihilismo europeo: "Del mismo modo en que el budismo vuelve improductivos y buenos, así también Europa, bajo su influencia, se volverá  ¡cansada! Los buenos son el cansancio. La redención es el cansancio. La moral es el cansancio" (NF, 2 [4], 1882). La diferencia puede notarse también en la búsqueda budista de un camino medio entre los extremos. Se cuenta que el Buda, después de estar cercano a la muerte por su estricto ayuno ascético, se dio cuenta de la conveniencia de la moderación para incrementar sus energías y su lucidez, y comió. Este cuidado del cuerpo no es el mismo que expresa Nietzsche, que anota: "Budismo y monaquismo como producción de cuerpos sanos (contra los afectos destructivos y debilitantes)" (NF, 4 [217], 1882-83). El cuidado budista supone evitar el sufrimiento y el pathos trágico; su lucidez consiste justamente en reconocer la escisión trágica en términos de realidad y apariencia para superar esa escisión. Eso es cansancio para Nietzsche, quien propone más bien abrazar el pathos trágico, aprender a resistirlo, hacerse fuerte al borde del abismo, en una ambivalencia que no es la de un mundo dividido, sino la de la voluntad dentro de las apariencias (que es lo único que tenemos). De igual manera, el tema de la corporalidad en Nietzsche no busca necesariamente la salud, pues de la enfermedad más debilitante pueden salir los pensamientos más saludables, como afirmaba de la época en que escribió La Gaya Ciencia. La relación entre alimentación moderada, salud y lucidez, pues, no es necesaria; hay que someterla también a duda, a pesar de que sí hay un vínculo entre dietética, fisiología y conciencia.

Justamente en La Gaya Ciencia relaciona al budismo con el debilitamiento y con los errores de dieta (cf. § 134), y le equipara más claramente con el cristianismo: "las dos religiones mundiales, el budismo y el cristianismo, podrían haber tenido la base de su surgimiento, especialmente su repentina propagación, en una terrible enfermedad de la voluntad. Y así ha sido en verdad: ambas religiones encontraron un 'tú debes' mediante una enfermedad de la voluntad acumulada hasta la insensatez [...]; ambas religiones fueron maestras del fanatismo en tiempos de adormecimiento de la voluntad" (§ 347). Budismo y cristianismo se oponen al espíritu libre que baila "al borde de abismos" (ídem.). Son refugios, es decir, religiones, pero eso no les hace idénticos: el cristianismo es un fanatismo de la fe, de los dogmas, de la verdad única; el budismo es un fanatismo del desasimiento, de la negación del deseo y el dolor. Si se recuerda que el "tú debes" es propio de la figura que Zarathustra presenta como un camello, entonces tanto el budismo como el cristianismo comparten esa representación. Sin embargo, el espíritu de la pesadez del cristianismo es mayor por sus dogmas (y el del catolicismo más que el del protestantismo). La ligereza de carga en el budismo le aproxima mucho más al nihilismo pasivo y, en todo caso, al cristianismo del Jesús de El Anticristo, de quien dice Nietzsche que fue el único cristiano. ¿En qué consistía ese cristianismo único? No tanto en anunciar un ultramundo y pedir que se le crea (cosas que Nietzsche le critica también), sino en la buena nueva de que el reino de los cielos pertenece a los niños, en su pacifismo y en su negativa a juzgar. En este punto, el budismo es igual al cristianismo de Jesús que rehuye a los dogmas judíos. A él, "ninguna cosa fija le importa" (A, 32). Afirma Nietzsche aquí que Jesús podría ser llamado un "espíritu libre", aunque con cierta tolerancia en la expresión puesto que su infantilidad es una que se ha retirado a lo espiritual. Es una niñez que no se ve a sí misma como de este mundo. Para ser más precisos: de la negación del mundo le viene su paz en el mundo. Igual que el budismo. Por eso, Jesús fundó con su pequeña comunidad de discípulos un "movimiento budista de paz" que lamentablemente murió con él. La pequeña comunidad quedó perpleja con su muerte en la cruz; se preguntaban cómo pudo Dios permitir aquello (la cuestión de la teodicea) y no encontraron mejor respuesta que la doctrina de la inmortalidad personal (la resurrección), enseñada después por Pablo como premio de la fe. Así murió "un punto de arranque completamente originario para un movimiento budista de paz, para una efectiva, no meramente prometida, felicidad en la tierra. Pues -ya lo he destacado- la diferencia fundamental entre ambas religiones de décadence continúa siendo ésta: el budismo no promete, sino que cumple; el cristianismo promete todo, pero no cumple nada" (A, 42).

El budismo, así entendido, es básicamente un "anhelo de la nada" que no toma a las creencias (la fe personal) como verdades. Por eso va más lejos que el jesuitismo (la Compañía de Jesús) y su "persistencia consciente en la ilusión", que es colocada además como base de la cultura (NF, 16 [23], 1883). Budista es Schopenhauer; jesuítico es Wagner (que para Nietzsche es un hegeliano contrario a Schopenhauer). El budismo es una voluntad orientada moralmente a la fealdad absoluta del hombre (cf. NF, 25 [101], 1884) Recuérdese al "más feo de los hombres" en Así habló Zarathustra, que es aquél que mató a Dios y que adivina qué hacha derribó a Zarathustra  la décadence por la que tuvo que pasar, el nihilismo pasivo. Si se trata de compararle con la filosofía, los mejores nihilistas fueron los eléatas: "Su Dios es la mejor y más profunda exposición del nirvana budista: ser y nada son idénticos" (NF, 34 [204], 1885). Los ejercicios místicos de la teología negativa y la meditación del budismo son prácticas afines. Si volvemos sobre las figuras de Zarathustra, estamos ya hablando del león, para el que todo valor es nada pero que no es capaz aún de crear nuevos valores, de transvalorar. Se mantiene en su renuncia a la objetivación. El budismo parece estar, pues, en una suerte de transición, con algo (poco) de camello y algo (más) de león; con algo de hombre ultramundano y algo de último hombre. Casi está en el dominio del superhombre, del niño, si no fuese por su pasividad y su negación del deseo, del instinto personal. En el contexto de El Anticristo, es claramente nihilismo pasivo y es más propiamente nihilista que el cristianismo:
"El budismo, digámoslo de nuevo, es cien veces más frío, más veraz, más objetivo. No tiene ya necesidad de volver decente, mediante la interpretación del pecado, su sufrimiento, su capacidad de dolor,  dice meramente lo que piensa: 'yo sufro'" (A, 23).
Es menos moral en la misma medida en que es más "realista", más "científico", más lógico:
"El budismo es cien veces más realista que el cristianismo  lleva en su cuerpo la herencia de un planteamiento objetivo y frío de los problemas, vienes después de un movimiento filosófico que había durado unos cientos de años, cuando él llega el concepto 'Dios' está ya eliminado. El budismo es la única religión auténticamente positivista que la historia nos muestra, también incluso en su teoría del conocimiento (un fenomenalismo riguroso  ), el budismo no dice ya 'lucha contra el pecado', sino, dando totalmente razón a la realidad, 'lucha contra el sufrimiento'. Tiene ya detrás de sí -esto lo distingue profundamente del cristianismo- ese fraude a sí mismo que son los conceptos morales,  está, hablando en mi lenguaje, más allá del bien y del mal.  Los dos hechos fisiológicos en que el budismo descansa y que contempla son: primero, una excitabilidad extraordinariamente grande de la sensibilidad, la cual se expresa en una refinada capacidad de dolor; luego, una superespiritualización, una vida demasiado prolongada entre conceptos y procedimientos lógicos, bajo la cual el instinto personal ha salido perjudicado en provecho de lo 'impersonal' (  ambos estados que al menos algunos de mis lectores, los 'objetivos', conocerán, como yo, por experiencia)" (A, 20).
En suma, podría decirse que, pese a su rezago de deber y pese a su cercanía con el sentido de la tierra (la aceptación realista del mundo), el budismo es, como Nietzsche mismo le califica, una religión de la décadence; esto es, nihilismo pasivo, el estancamiento en la figura del león.

John Cage. New River Watercolor, Series 1, #3, 1988. Acuarela sobre papel. John Cage Trust, Bard College.

Ahora bien, a partir de lo dicho, para volver sobre el perspectivismo y pensar en cómo el budismo no genera necesariamente un estado de cansancio de la voluntad, sino que puede también ser causa de actividad y apuesta por nuevas valoraciones, creo que puede ser esclarecedor verlo no en tanto que religión o metafísica, ni tampoco en su recepción occidental como un espiritualismo de autoayuda (lo cual le da plena razón a Nietzsche sobre el cansancio), sino a partir de su influencia sobre la música occidental (especialmente en la música por la indeterminación semántica que ésta tiene, por ejemplo, frente a la poesía) y, en particular, sobre la música de John Cage.


Es ampliamente conocida la influencia del budismo zen en Cage y no lo es menos el lugar que este compositor tuvo en el desarrollo de las vanguardias musicales. En todo caso, se puede mencionar dos cosas: que fue la figura más notable de la -no en vano- llamada "vanguardia radical" y que incluso a sus 70 años seguía liderando la escena vanguardista causando no poca sorpresa, tanto en los Estados Unidos como en Europa. De todos los compositores clásicos, e incluso de todos los vanguardistas, Cage es el más infantil en el sentido nietzscheano del término: un músico que no dejó de jugar, de ampliar los límites, alterar las reglas, que no amilanaba su fuerza creadora, que no se resentía y no permitía que los conceptos le quitasen libertad ni sensibilidad. No sé del grado del compromiso religioso o filosófico de Cage con el budismo (tengo entendido que nunca se adhirió a las prácticas Zen del canto y la meditación), pero su arte muestra claramente una preeminencia del aspecto lúdico y jovial que quizás sólo tenga paralelo con la música de Erik Satie (que también le influyó decisivamente). Lo que quiero decir es que, poniendo entre paréntesis la metafísica del nirvāṇa (del que se desprenden el ascetismo que Nietzsche criticaba a Schopenhauer, la meditación, etc.), hay en el budismo, por ese mismo distanciamiento con el mundo fenoménico (samsāra), una magnífica paradoja: la entrega estética al mismo. No tiene sentido abandonar el mundo -por ilusorio que éste sea- porque la condición humana está en todo caso atada a él. De hecho, ésta es la diferencia esencial con el nirvāṇa del hinduismo, que está más claramente opuesto al samsāra. Por eso hay en el budismo dos prácticas para olvidar el sí-mismo (atman) e iluminarse: una más pasiva, orientada al no hacer ni pensar, que es la meditación (bhavana); y otra más activa, que consiste en la permanente entrega, plena e incondicional, a la acción que se está realizando en el instante presente. Es por este segundo camino que lo estético y las representaciones artísticas adquieren relevancia, ya que el artista, aun cuando enfatice su no-yo (anātman), como hacía Cage con la indeterminación y la aleatoriedad, y precisamente por eso, se entrega plenamente, sin reservas ni imposiciones subjetivas, al juego del arte. El Buda volvió sobre las representaciones dramáticas. Cage se entrega a la música, que, según su célebre definición, lo es todo.

Este apartarse del mundo cotidiano, donde predomina la certeza que acompaña a nuestra percepción sensible, supone en sí mismo una actitud estética antes que una moral o religiosa. De lo que se trata es de aprender a jugar con lo que hay en este mundo, jugar con las representaciones. Jugar significa relativizar las creencias que sobre él se asientan como certezas (como si fuese la realidad objetiva). El arte y la actitud estética que éste preferentemente despierta afectan a nuestro modo de comprender la vida y el mundo, así como a nuestra manera de vivirla. Pero no podemos, en cuanto al budismo, dejar de lado aquello que pusimos entre paréntesis; esto es, su metafísica, porque es precisamente por ella que éste vuelve positivamente sobre el mundo. Como con el cristianismo de Jesús, el budismo cree que la realidad "objetiva" está fuera del mundo y logra así la felicidad en el mundo. Eso y sólo eso es lo que en el fondo significa la frase de Jesús: "tu fe te ha salvado". (Se trata, además, de fe y no de un conocimiento teológico que para buena parte de la tradición judía está vedado). El sufrimiento, la enfermedad y la muerte, así como la obsesión por las posesiones materiales, pierden su peso objetivo porque el mundo en el que vivimos no es real. Esa razón no la acepta Nietzsche. Y con esto se quiere decir que hay matices importantes por los que, finalmente, se distancian el budismo y el nihilismo activo. Si bien el budismo se cuida de los dogmatismos teniendo en cuenta la impermanencia (anitya) y la insustancialidad (anātman), que son modos de colocar todos los fenómenos en el devenir, esto, para Nietzsche, no justifica ni se desprende de la existencia de una suerte de sustancia incondicionada fuera del mundo (el nirvāna). En eso, el budismo sigue siendo una religión celestial. Por irreligioso que se le pretenda, esa es su divinidad. En cambio, por más piedad o religiosidad que se quiera hallar en el pensamiento de Nietzsche, ésta no deja de serlo en todo caso como una fidelidad a la tierra: los dioses sólo están en ella, y en buena cuenta el trabajo de Nietzsche es un intento por restituir una espiritualidad que no se enajene del mundo, de la vida, de la sensibilidad, asumiendo la ausencia de un suelo metafísico, incluso si éste tiene forma de Nada (o de signo de interrogación, como en el agnosticismo contemporáneo que Nietzsche previó y criticó también). Ello implica asumir que ni siquiera hay apariencias, puesto que la división misma entre realidad y apariencia ha sido disuelta. No es que todo entre en un relativismo donde todo da igual, que es lo que piensa el cristiano desesperado (a lo Dostoievsky). El punto es dejar de pretender que nuestras valoraciones sean, de un modo u otro, inmunes a la fuerza transvaloradora que es la vida misma. Pero, si nos enfocamos sólo en lo epistemológico, perderemos de vista el aspecto que podemos llamar existencial, que es al que Nietzsche le da importancia decisiva. El nihilismo activo supone una aceptación radical de la vida, de todo lo que ella ofrece, incluyendo lo feo y lo malo, incluyendo a nuestros deseos e incluyendo al sufrimiento. Por eso, a partir de un poema de Lou von Salomé que él musicalizó ("Himno a la vida"), escribe: "El dolor no es considerado como una objeción contra la vida: «Si ya no te queda ninguna felicidad que darme, ¡bien! aún tienes tu sufrimiento…»" (Ecce Homo). El budismo, en cambio, deja en el propio mundo fenoménico algo a lo que le da una valoración distinta, objetiva a pesar de todo: el sufrimiento.

De cualquier modo, no es la supresión del sufrimiento lo que resalta en el arte musical de Cage. Sí, en todo caso, la supresión del yo, de la voluntad subjetiva. En principio, Nietzsche se opone a este tipo de despersonalización, de desapego (nekkhamma). Se opone a esa pretensión de desinterés (como la kantiana) porque la aceptación de la vida implica aceptar también los deseos personales; es decir, la voluntad de poder en tanto que ella pueda manifestarse subjetivamente, Negar la subjetividad es otro modo de negar la vida. Pero hay que tener en cuenta dos cosas: Primero, que la ontología trágica de Nietzsche no requiere una metafísica de la subjetividad, como pretendía Heidegger, sino que parte más bien de una crítica del subjetivismo moderno, fundamentalmente el ego cartesiano. Que Nietzsche mantenga una subjetividad empírica -estética- no supone una aceptación de ese sujeto moderno. Segundo, que el no-yo del budismo no implica tampoco una supresión de la personalidad, de la consideración subjetiva que, a final de cuentas, es por la que actuamos en el mundo. Esta es, por lo tanto, sólo una cuestión de matices muy sutiles. El no-yo del budismo, al menos en el terreno del arte, como lo muestra también su influencia sobre el método de dirección de orquesta de Sergiu Celibidache, es más que nada un asunto de ampliación de la percepción, de renovación de sentidos, en tanto que representación-desrepresentacional. Cuando Nietzsche va en contra de la determinación conceptual de la música -que es lo que hace Wagner en contra de Schopenhauer y siguiendo a Beethoven y a Hegel-, no va en una línea muy distinta. Claro, podría quizás objetarse que Cage es un artista conceptual. Pero éste es un malentendido fomentado por los artistas y los teóricos del arte idealistas que, en su reducido esquema, piensan que todo arte de vanguardia es arte conceptual. Morton Feldman, compositor y amigo muy cercano de Cage, lo tenía claro:
"La relación de Cage con Duchamp ha sido completamente malinterpretada. Son las dos caras de la moneda. [...] son opuestos. Por ejemplo, el interés que suscitó Duchamp en tanta gente joven se debe a que llevó la experiencia fuera del ojo, fuera de la retina, y la convirtió en un concepto. Cage la sacó fuera del aspecto conceptual desinteresado por lo auditivo que primaba en el pasado y la puso directamente en el oído. Eso es absolutamente diferente, ¿se entiende? Hasta donde yo sé, el más grande Duchamp musical fue Beethoven" (Friedman, B. H. (ed.), Give My Regards to Eighth Street. Collected Writings of Morton Feldman, Cambridge: Exact Change, 2000).
4'33'', en contra de lo que algunos músicos y teóricos, generalmente críticos pero también adeptos, creen, no es una obra de arte conceptual. Es, si se quiere, una obra de arte perceptiva, que nos devuelve al oído y nos lo ensancha o, para ser más precisos, lo hace más fino. Son dos cosas bien distintas y que hay que saber distinguir para no confundir la línea idealista del arte con la propiamente estética, la que es más bien vitalista, también en el sentido nietzscheano del término. Quien corresponde a Duchamp en la música no es Cage, sino, como afirma el mismo Feldman, Pierre Boulez: "los dos [Duchamp y Boulez] coinciden en que lo que se ve o lo que se escucha no es tan importante como la instancia histórica que le dio lugar" (ídem). Por eso los historiadores del arte entran en éxtasis con Duchamp. Por eso el dictum de Boulez no es el "todo es música" de Cage, sino su "Schönberg ha muerto". Es con la historia con la que se miden. Fuera de ella, sólo generan bostezos.

Morton Feldman y John Cage, entregados a un instante feliz.

Quiero llamar la atención, para finalizar, sobre un último punto a propósito de Cage y el budismo que Feldman expresa como su única discrepancia con él. Se trata precisamente de la máxima de Cage que está detrás del "todo es música"; a saber: "el proceso debería imitar a la naturaleza en su manera de operar". Feldman observa, acertadamente, que hay una decisión implícita en permitir que todo sea arte. Hay, diríamos, una afirmación que es de todos modos subjetiva. Feldman, que es también seguidor del budismo, se refiere a un acertijo zen: "¿Tiene un perro la naturaleza de Buda? Responda de una o de otra manera, usted pierde su propia naturaleza de Buda". A lo que apunta Feldman es que el budismo zen, sobre todo en lo que toca a la divinidad (la naturaleza), exhorta a mantenerse en la suspensión del juicio: "mantenernos en suspenso, vacilantes, entre las dos respuestas posibles. Nunca, a riesgo de perder nuestra propia divinidad, nos está permitido decidir. Mi desacuerdo con Cage es que él decidió" (ídem). Dejemos el asunto de quién es "mejor" budista a los especialistas, que se divierten con este tipo de cuestiones. Nosotros podemos concederle a Feldman dos cosas: 1) Cage decide y apuesta por una respuesta. 2) Las decisiones de Cage contradicen, en cierto modo, la indeterminación budista. Sobre 2), diremos que las contradicciones no tendrían que ser una objeción demasiado seria sobre una fe que es abiertamente paradójica. Cage también es paradójico. Y Nietzsche tiene asimismo afirmaciones paradójicas. Guiarse por el principio de identidad o de no-contradicción es algo que corresponde en el budismo a la duplicidad engañosa (māyā). Nietzsche alza armas también contra ese principio: la vida no tiene por qué ser coherente. Y, respecto a 1), si el budismo implica un estricto estado de suspenso, como el de la meditación, lo más adecuado sería mantenerse en silencio (como hacen quienes meditan). Pero eso es engañoso precisamente en el sentido en que Cage lo hace manifiesto con 4'33'': no hay silencio. Todo es música. Ruido y silencio es música. La vida es música, diría Nietzsche. Toda verdad es en el fondo música. Todo en la mujer que se ama es música. La música está así en un permanente devenir que se nos escapa una y otra vez, y en el que el artista es como el danzante que simplemente agarra el ritmo (y que en ese mismo sentido lo transforma). Se ha visto que hay otro camino en el propio budismo, uno que lleva a abrazar la acción que se está haciendo. Este es un camino afirmativo del desasimiento, del desapego, paradójicamente, apegándose. Y si esto fuese en definitiva salir del budismo, ¡tanto mejor! Porque lo que pretende Feldman es justamente lo que Nietzsche califica como cansancio, décadence, nihilismo pasivo. Se medita y se recurre a lo mental cuando la voluntad está cansada, enferma. Dijimos antes que, para Nietzsche, la diferencia última estriba en decidir, en apostar, en afirmar paradójicamente. Pues bien, la discrepancia de Feldman no haría sino confirmarnos que Cage es alguien que no está cansado; que es un niño, un nihilista activo.




miércoles, 25 de junio de 2014

Música en fiesta (elogio escéptico del goce y tres recomendaciones musicales de lo que va del año)


Robert Doisneau, Un músico bajo la lluvia (París, 1957, con Maurice Baquet)
"Si haces fotografía, no hables, no escribas, no te analices, no contestes preguntas, concéntrate. (...) Sugerir es crear, describir es destruir" Robert Doisneau (1912-1994)

El pasado 21 de junio se celebró en muchos lugares el carácter festivo de la música, su capacidad para hacernos gozar, para entretenernos. Ese carácter, bien entendido, no admite ser reducido al mero pasatiempo ni al simple espectáculo, pero tampoco tiene por qué ser rechazado en aras de una verdad solemne a la que, aparentemente, sólo pueden acceder ciertos profesores de música (o de filosofía). Aquél que ama la música (y la filosofía) tiene siempre la tentación pitagórica de atribuir, a aquello que es objeto de su goce subjetivo, una condición objetiva exagerada. Desde un punto de vista filosófico, aceptar a la música fundamentalmente como goce o divertimento parece poca cosa. Schelling se molesta con Kant por afirmar algo así. Por eso se le sublima, se le quiere inscribir en una forma causal determinada y se le llama: musica mundana, música del cosmos. Se cree que la música y la vida bien pueden ser representadas por un número. Sin embargo, para el sentimiento, una cosa es la música y otra cosa bien distinta es la astronomía o la geofísica. Uno puede divertirse observando cómo coinciden las matemáticas de una con las de la otra, pero, en el fondo, todo eso es aburrido y superficial a comparación de lo que hace la música con nosotros.
 
Otros profesores ven a los primeros, acertadamente, como demasiado abstractos; pero, en contra de la música empírica, terminan proponiendo una cura que, como dice la canción, "resulta más mala que la enfermedad". Son menos idealistas, quizás, pero su materialismo es tanto más aburrido y, además, prepotente. Si la música te divierte, es mala: tienes que silbar dodecafónicamente. Si una música no te vuelve el crítico y conscientísimo salvador de la humanidad, entonces ¡claro que es mala!: sólo puedes hacer o escuchar la música que te "libere" como ellos dicen que debes. Y así... mucho pitagorismo, mucho platonismo, mucho hegelianismo persiste en estos profesores. Les molesta la inmanencia de los fenómenos, les asusta la autonomía del gusto: la música empírica es una peligrosa apariencia que debe corresponder piadosamente a la "música" de la realidad, que ya no es cósmica, sino económico-política (la jerga de la "industria cultural"). De un modo u otro, todos estos hombres decentes que sólo tratan cosas importantes, dignas de su inteligencia, no se "limitan" a gozar de la música porque el goce es por esencia algo bajo y ella, en cambio, es lo más elevado; tan elevado que necesita estar orientada hacia un fin que... ¿no sería en ese caso algo más elevado que la música? Esa es la contradicción del wagneriano, diagnosticada por Nietzsche (Cf. Nietzsche contra Wagner): dice que la música es lo que más le importa, pero la termina colocando al servicio del teatro y de... nada menos que de lo menos musical: la Idea.
 
El escéptico, en cambio, no quiere enseñarle a nadie. Puede ser su limitación, pero es también su ventaja. Entre la vida y la filosofía, preferirá, sin dudarlo, la vida, con todas sus grandezas y sus miserias, con cada una de sus consonancias y sus disonancias. Y por eso no tiene realmente nada que teorizar sobre la música. La música es para él como la vida misma; es decir, como afirmaba Schopenhauer, "dice tanto al corazón, mientras que a la cabeza, directamente, no tiene nada que decirle" (Parerga y paralipómena, cap. 19, 218). El escéptico quiere escuchar a Marsias o, si los dioses le son propicios, ser un Marsias él mismo, lúdico y feliz tocando su flauta, aunque la Ninfa le sea esquiva o prefiera a Orfeo. ¿Para qué teorizar sobre la música si se puede crearla o contemplarla? Hay, en realidad, una única razón: para defender su vitalidad, precisamente, de aquellos profesores (piénsese en el Contra los profesores de Sexto Empírico, en el que se incluye su "Contra músicos", donde argumenta contra las doctrinas musicales de Pitágoras, Platón y Aristóteles) que matan porque fijan, disecan con sus certezas y sus sistemas. No, querido Platón, tu dialéctica no es la verdadera melodía. Felizmente, ni siquiera en Siracusa pudiste prohibir las flautas.
 
¿Por qué la música no podría tener como fin distraernos? Que ella nos distraiga no significa que necesariamente nos vuelva presas de engaño ideológico (ese riesgo también está en el concepto), ni que se le rebaje a un mero relleno temporal, sino que nos permite poner en suspenso lo que nos impide volver a conectarnos con el mundo. Por eso hay que proteger a la música. Porque aun hoy, cuando el arte parece impotente en el mundo, puede sin embargo salvarnos. Schopenhauer, enemigo declarado de toda "música descriptiva que, por eso, de una vez por todas, es despreciable; aunque el mismo Haydn y Beethoven equivocadamente hayan seguido este camino" (idem.), bien sabía que reducir la música al agrado (en su caso, el de la voluntad de vivir) puede generar escándalo, sobre todo entre músicos profesionales. Por ello afirmaba que "para calmar tales recelos puede servir el siguiente pasaje de los Vedas: 'Y ese estado de deleite, que es una especie de encantamiento, es llamado el más elevado Atman porque, en cualquier parte que exista un gozo, será una partícula de ese gozo' (Oupnekhat, vol. I, p. 405 y vol. II, p. 215)" (El mundo como voluntad y representación, vol. II, cap. 39).
 
Como hay que ser consecuente, no puedo no darle lugar aquí a la música. Quiero por ello recomendar algunos discos aparecidos en lo que va de este año y que han producido en mí precisamente ese gozo del que todo otro gozo es sólo una partícula.
 
Empiezo por un tema que da nombre a uno de los discos a los que más estoy volviendo en estos días.
 


 
La banda: The Family Crest, conformada por músicos que han sabido aprovechar su formación clásica (el vocalista en ópera) y en jazz para hacer la música que disfrutan hacer. Eso definitivamente se nota. Un sonido como de buque es sólo el preámbulo para un tema que cobra rápidamente fuerza épica y que asume el riesgo de no dar reposo a lo largo de los más de seis minutos en que la sostiene. Toda la tosca ansiedad de un cello clásico, la melódica agresividad del violín, el coro en el límite entre la súplica y el grito de guerra, una percusión sin tregua, la contrastante dulzura en la flauta, una voz con un gran timbre y una gran potencia, una letra que dice y calla en la justa medida, el falso final, la calma de los últimos versos (resignados quizás a la caída provocada por el amor)... Todo es preciso. The Family Crest se formó en el 2009 en San Francisco. La lideran Liam McCormick (voz principal y guitarra) y John Seeterlin (bajo). Su formación habitual es de siete miembros, pero para este disco decidieron reunir a 400 músicos y cantantes, entre amigos, estudiantes de conservatorio y gente que sólo canta en sus duchas. McCormick ha dicho: "A nosotros siempre nos ha gustado hacer música con la gente (...). Se volvió mucho acerca de dar a estas personas una oportunidad para que ellas mismas se expresaran sin estar encerradas en un compromiso". ¿No es precisamente eso de lo que trata el arte? The Family Crest llevan el folk, que se deja sentir en toda su pureza en los momentos de contenida menor intensidad del disco (como en "I Am the Winter"), a la grandiosidad y la exuberancia. No era una apuesta fácil, porque podrían así haber perdido peso, pero afortunadamente no es el caso, gracias a la cuidadosa orquestación que incluye flauta dulce, corno francés, fagot y otros muchos instrumentos. Una ruleta rusa con belleza y emoción: eso han logrado con este disco The Family Crest y su "extended family" de 400 personas.
 

The Family Crest, Beneath the Brine (Tender Loving Empire, 2014)


Si de contrastes se trata, un polo opuesto es Broken Twin.




La melodía mínima -en la guitarra, el violín o el piano- y la cautivadora potencia de una voz absolutamente frágil, como la de la danesa Majke Voss Romme, pueden hacer mucho. Su gusto no está en la variación y la grandilocuencia, sino en la atmósfera (la espacialidad) que crea y en esa fluidez de "cámara lenta" que nos compele a detenernos, a no ir tan rápido (la temporalidad). Si se le toma como un experimento, se podría decir que el álbum debut de Broken Twin demuestra que no se necesita un ritmo "movido", un tempo veloz, para que el cuerpo responda y sienta la urgencia de seguir a la música. Pero la simplicidad, cuando es excelente, es todo menos simple: este disco es el resultado de tres años de trabajo y más de 200 borradores (grabados entre laptops y teléfonos) que fueron dándole forma al primaveral May, lanzado en abril de este año. "Quise regresar a lo básico, buscando un sonido que fuese cálido y lo-fi, mínimo y espacioso, y enfocado en las canciones", dice Majke, para agregar algo sugerente sobre la preeminencia de la musicalidad frente al significado en la creación: "Soy muy compulsiva cuando estoy trabajando en las canciones. Generalmente comienzo improvisando en el piano o la guitarra, cantando palabras raras (random words). Suena como inglés, pero no lo es". De hecho, el título mismo del disco (May) es un término ambiguo y la pronunciación de ella, que tiende a suprimir las vocales, ayuda a desprenderse del peso que naturalmente asignamos al significado. Esta compositora es verdaderamente una revelación. Al contrario de lo que pudiera imaginarse (danesa, melancolía, Kierkegaard...), hay mucha luz en ella, como el título de uno de sus temas: "No Darkness". A Broken Twin le bastan diez canciones muy simples para revelarnos una verdad igualmente simple: hay tiempos y lugares secretos, como los de este disco, a los que sólo la música puede acceder y en los que sólo queda dejarse encantar.

Broken Twin, May (Anti- Records, 2014)


Por último, algo de amorosa violencia de la mano de Perfect Pussy, que, lejos de ser violencia gratuita, está también muy cuidadosamente planeada.




Con Say Yes to Love, la banda de noise punk neoyorquino Perfect Pussy, formada en el 2012 por Meredith Graves (vocalista), Ray McAndrew (guitarra), Garrett Koloski (percusión), Greg Ambler (guitarra y bajo) y Shaun Sutkus (teclado), le dice sí también a la distorsión y a la interferencia, pero de un modo muy inteligente que no deja de comunicar riqueza de formas y texturas, es decir, belleza. La voz de Graves no sólo está distorsionada, sino que es reprimida, acosada por los instrumentos que llegan a veces, sobre todo en los conciertos, a enmudecerla. Eso, que es deliberado, es otro ejemplo de cómo el sentimiento (de ferocidad) importa más que el significado. Los golpes, como en todo buen punk, son tan rápidos como efectivos. Es como en la vida. Como en el amor. En una ciudad furiosa, la furia representada nos hace bien.

Aquí, el mismo tema en vivo:




Perfect Pussy, Say Yes to Love (Captured Tracks, 2014)
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

De Abraham a Sísifo: Albert Camus, lector de Kierkegaard (sumilla)



Este jueves inician las Jornadas Kierkegaard en Argentina, que se realizan anualmente pero que este año, celebrando el bicentenario del danés, estarán dedicadas a repasar su influencia en la filosofía, el cine, la literatura y la teología. Hace años que estaba invitado a participar pero las veces que visité Buenos Aires no coincidí con las fechas. Este año, finalmente, presentaré una ponencia dedicada a la lectura de Kierkegaard por parte de Camus, en torno al absurdo y qué tanto se permite uno sacrificar la vida por las ideas. Si acaso sea de su interés, la sumilla es la siguiente:


De Abraham a Sísifo: Albert Camus, lector de Kierkegaard

Arturo Rivas Seminario

A pesar de partir de un mismo suelo, el del sinsentido último de la existencia, las filosofías de Søren Kierkegaard y de Albert Camus responden de modos distintos a dicho problema, al punto de haber sido consideradas como exactamente inversas la una respecto de la otra. Esta consideración es acertada. Camus toma distancia de la solución kierkegaardiana de la fe religiosa –expresada, como se sabe, en la figura de Abraham– porque proviene de una línea distinta: la de la crítica de la metafísica y de la confianza moderna en la razón llevada a cabo por Nietzsche, filósofo que lo acompañó desde sus lecciones escolares con Jean Grenier hasta el momento mismo de su muerte. La fe no es una salida para Nietzsche, que la encuentra más bien en el vitalismo de los griegos. Lo mismo ocurre con Camus: una conexión originaria –fundamentalmente sensible– con el Mediterráneo, lo termina alejando de Kierkegaard tanto como lo aproxima al autor de Zarathustra. Es comprensible por tanto que su paradigma no sea Abraham, el padre de la fe, sino Sísifo, el titán que encuentra su felicidad en el repetitivo e inútil trabajo al que lo ha condenado Zeus. La ponencia aborda las similitudes y diferencias entre ambos pensadores de la existencia, para sostener que la lectura de Camus no es sólo la de alguien que discrepa, sino de quien tiene también una máxima cercanía, aunque en la dirección opuesta: de la religión a la estética. Se trata, asimismo, de dos modos de asumir el romanticismo; resolviendo sus hiatos con la posibilidad de ser radicalmente consciente y no obstante feliz, por el lado de Camus, y permaneciendo más cerca del piadoso sacrificio romántico, por parte de Kierkegaard.
 


domingo, 17 de febrero de 2013

Conversatorio sobre la relación entre poesía y filosofía en Trujillo


Conversatorio:

EL SABER DE LA POESÍA Y EL CARÁCTER POÉTICO DEL PENSAR
Sobre la "antigua disputa" entre poesía y filosofía

Ya en tiempos de Platón, según lo que él mismo afirma, era antigua la disputa entre poesía y filosofía. En realidad, se trataba de la crítica filosófica de la poesía que él reforzó decididamente. En su propio beneficio, la filosofía criticaba las representaciones oscuras de la poesía, la ambigüedad de su significación y de sus conclusiones morales, su azarosa adecuación con la realidad; es decir, en última instancia, su carácter engañoso. Tendría la tradición filosófica que hacer un largo recorrido para llegar a reconocer al filósofo como otro poeta que también miente (Nietzsche) y que "todavía está encubierto el carácter poético del pensar" (Heidegger). La exposición evalúa las implicancias de esa disputa y de su progresiva superación, analizando el lugar que tienen, tanto la poesía como la filosofía, en la constitución de la realidad en la conciencia y su lugar por ende en la sociedad, especialmente en tiempos en los que, como decía Vallejo, las gentes hacen tanta bulla que no dejan "testar las islas que van quedando".
 
 
 
 
Expositor: Arturo Rivas Seminario (PUCP)
 
Lugar: Universidad Nacional de Trujillo, Facultad de Derecho y Ciencias Políticas
 
Fecha: Sábado 23 de febrero de 2013, 11:00 hs.
 
Ingreso libre
 
Organiza: Prof. Hugo Aldave, Filosofía del Derecho y Metodología de la Investigación

Auspicia: Blog Rumor Hegeliano


 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Heidegger y el estatuto ontológico de la música (sumilla)



En noviembre próximo presentaré en la sección de estética y filosofía del arte del IV Congreso Iberoamericano de Filosofía una ponencia sobre Heidegger y la música. Para quien pueda estar interesado, comparto por ahora la sumilla de dicha participación. El texto completo forma parte de mi proyecto sobre la filosofía de la música en la modernidad; el mismo que afortunadamente estoy próximo a concluir ("sólo" me falta desarrollar los textos sobre Wittgenstein, Sartre y Merleau-Ponty).



Heidegger y el estatuto ontológico de la música
Arturo Rivas Seminario
Heidegger abordó filosóficamente a la poesía, la pintura y hasta la arquitectura, pero no a la música. Por eso mismo es poco conocido lo que pensaba de ella. C. F. von Weizsäcker observaba con acierto que la música apenas si está presente entre los escritos del filósofo. Sin embargo, como afirmaba H. W. Petzet, “sería erróneo deducir de allí que ella le fuera ajena”. A partir de determinados testimonios del propio Heidegger sobre la música de su tiempo y de su predilección por Mozart, Orff y Stravinski, la presente ponencia quiere resaltar cómo esos textos, a pesar de su brevedad, están cargados de una importante significación filosófica y nos aproximan de un modo peculiar a su enfoque sobre el arte en general y sobre la técnica en el arte moderno. Esto nos permitirá inscribirlo también en el panorama más amplio de la estética musical moderna, en particular contraste con la estética nietzscheana y con la de la Escuela de Frankfurt.

El texto que guía la concepción heideggeriana sobre la música es una carta que él dispuso para su publicación poco antes de morir, en la que se refiere a la música de Stravinski. En ella valora el sentido antiguo de la música, es decir, la mousiké griega que, además de no circunscribirse a su delimitación moderna (sólo sonido), se presenta como un don para el cual el músico se dispone como instrumento de la divinidad, de modo tal que no lo oculte. Allí empieza a prefigurarse un estatuto ontológico de la música que complementará en cartas a Hannah Arendt en las que, al referirse a la música de Orff, escribe sobre “la unidad originaria de gesto, danza y palabra”. Sin embargo, no se trata más de la antigua mousiké, lo que implicaría que ni la mejor música actual puede pretender un influjo sobre las condiciones sociales como el que tenía la música para los griegos, equiparándola en esa determinación con el pensar y el poetizar. En eso Heidegger se distancia de la pretensión política de cierta música moderna, tanto de la Gesamtkunstwerk wagneriana como de la vanguardia disonante que ensalza Adorno, manteniendo su distancia también con la autonomía y preeminencia que le da a la música Nietzsche por influjo de Schopenhauer. Por otro lado, mientras que la “nueva música” coloca en su núcleo la cuestión de la técnica, Heidegger privilegia al acontecimiento, que no duda en caracterizar una y otra vez como religioso, como cuando se refiere en uno de sus cursos a Mozart, pero no al modo del Dios cristiano, sino en la línea de una rememoración de la sensibilidad y el pensamiento pre-metafísico de los griegos.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Memorias de un amnésico y otros escritos de Erik Satie




Erik Satie, Gymnopédie Nº 1, Reinbert de Leeuw.


Satie publicó en la Revue musicale, entre 1913 y 1914, una serie de textos cortos, algunos de los cuales fueron presentados como "fragmentos" para sus Memorias de un amnésico, obra que nunca llegó a preparar. Todos esos textos fueron reunidos y han sido luego traducidos a nuestro idioma. Como en su vida, sus breves escritos están cargados de lo lúdico y lo extravangante de su personalidad, pero siempre con juicios agudos respecto a sí mismo y a su época. Allí dirá, por ejemplo, acerca de sí mismo:
Todo el mundo les dirá que no soy un músico. Es verdad. Desde el principio de mi carrera, me clasifiqué enseguida entre los fonometrógrafos. Mis trabajos son pura fonométrica. (...) La primera vez que utilicé un fonoscopio examiné un si bemol de tamaño medio. No he visto nunca, les aseguro, cosa más repugnante. Llamé a mi criado para que lo viera. En la fonobáscula, un fa sostenido ordinario, muy común, llegó a 93 kilogramos. Procedía de un tenor muy gordo al que pesé.

Lo genial en estos escritos de Satie consiste fundamentalmente en la indefinición de sus juicios; algo muy propio del escepticismo moderno, de lo cual, en filosofía, quizá sólo tenga a Nietzsche como paralelo, aunque con la abstracción que le es propia a la música y no a la filosofía, por más poética o aforística que ésta sea. Así como el niño cree y no cree a la vez en aquella historia que está fabulando o en el juego que está jugando, Satie cree y no cree en la modernidad. Lo más que puede entreverse, con cierta claridad, es su burla de las convenciones sociales (todas ellas, incluso el pacifismo: "no tengo tampoco información alguna sobre su participación -de los Satie- en la Guerra de los treinta años, una de nuestras guerras más bellas") y de las autoridades, particularmente de las autoridades musicales:
Tres veces fui candidato de la delicada reunión. Al sillón de Ernest Guiraud, al sillón de Charles Gounod, al sillón de Ambroise Thomas. Antes que a mí, y además sin razón, prefirieron a los señores Paladilhe, Dubois y Lenepveu. Y me dio mucha pena. Aunque no soy muy observador me pareció que los preciosos miembros de la Academia de Bellas Artes hacían uso, para con mi persona, de una testarudez, de una intencionalidad que rayaba con la más calculada obstinación. Y me dio mucha pena. Cuando eligieron al señor Paladilhe, mis amigos decían: "Déjelo, más tarde le votará a usted, maestro. Su voz tendrá mucho peso". No obtuve ni su voto, ni su voz, ni su peso. Y me dio mucha pena. Cuando eligieron al señor Dubois, mis amigos me decían: "Déjelo, más tarde serán ya dos los que votarán por usted, maestro". Sus voces tenían mucho peso. No obtuve ni sus votos, ni sus voces, ni sus pesos. Y me dio mucha pena. Me retiré. El señor Lenepveu pensó que estaría bien ocupar un sillón que me estaba destinado y no vio qué inconveniente habría en hacerlo. Se sentó sin escrúpulos en mi sitio. Y me dio mucha pena.

Para leer a Satie hay que tener pues la disposición que uno tiene al entrar en un juego: la de tomárselo con seriedad precisamente porque no debe ser tomado con seriedad. Desde luego que lo serio de la comedia sigue estando entrelíneas, como lo que afirma sobre la música:
...Fue en ese momento de mi vida cuando comencé a pensar y a escribir musicalmente. Sí, lamentable idea, pero que muy lamentable. Claro, pues, que no tardé en servirme de una originalidad original, poco grata, fuera de lugar, antifrancesa, contranatura, etcétera. Entonces la vida se me hizo tan insoportable que tomé la resolución de retirarme a mis tierras y pasar el resto de mis días en una torre de marfil o de otro metal... metálico. (...) Y todo esto me ha sucedido por culpa de la música. Ese arte me ha perjudicado más que beneficiado. Me ha hecho reñir con mucha gente de calidad, honorables, más que distinguidos, muy como es debido.

Ciertamente, Satie desarrolló una aproximación a la música que sólo se haría evidente entre nosotros con el surrealismo y con la obra de John Cage. El mismo Breton sólo reconocería tardíamente esa importancia. Por otro lado, no es menos importante en la línea de haber procurado la inclusión de elementos populares en la música académica. En ocasiones, una dosis de conocimiento histórico es también necesaria para comprender cabalmente sus ironías. Por ejemplo, la moda de hacer versiones de Schubert, como la que hace Ravel de los Valses nobles y sentimentales, frente a lo cual Satie hizo una parodia de la conocida Marcha fúnebre de Chopin, a la que llamó, sin embargo, Citation de la célèbre mazurka de Schubert. Estas memorias no aportan tanto en ese sentido, pero sí -y mucho- en nuestra comprensión del personaje que Satie quiso hacer de sí mismo.


Título: MEMORIAS DE UN AMNÉSICO Y OTROS ESCRITOS
Autor: ERIK SATIE
Formato: 19 x 15 cms.
Páginas: 144
Editorial: Ardora
Ciudad: Madrid
Año: 2007
Traducción: Loreto Casado
ISBN: 978-84-8802-003-1

Reseña editorial:
«Satie ha dicho que el piano, "como el dinero, no resulta agradable más que a quien lo toca": eso tranquiliza a alguien como yo, malquistado de nacimiento con la música instrumental. Eso hace también que lamente haber comprendido demasiado tarde, después de su muerte, al individuo excepcional que fue y al que un telón de espinas -su malicia, sus estudiados tics- me ocultaba... El tránsito del siglo XIX al XX no ha producido ninguna evolución de espíritu tan fascinante como la suya. Tendida entre dos puntos extremos, los místicos y Platón, durante treinta años la fatalidad del espíritu moderno ha consistido en hacer vibrar la cuerda de Satie al unísono con las de su compatriota Alphonse Allais y, más aún, de Alfred Jarry. No conozco mayor escuela de libertad con respecto a todas las convenciones, ni otra sonrisa más traviesa y, a la postre, tan punzante por encima del abismo interior, de negrísima especie, del que se escapa la bandada de sus dibujos e inscripciones caligrafiadas en absoluta soledad -"todo de fundición", a la vez tan graciosos y tan inquietantes-, que esperan desde hace tiempo un inventario completo y un análisis riguroso.» (André Breton, 1955.)

Página Web de Ediciones Ardora.

martes, 8 de febrero de 2011

¿Adorno o Jobim? Felicidad de carnaval y nueva filosofía de la música (en torno a una pregunta retórica y un diálogo aporético)



Está de moda ensayar estéticas musicales contemporáneas a partir de las obras de Theodor W. Adorno. Un profesor me dice que en lugar de lo que hago debería basarme en su Filosofía de la nueva música. Eso es lo sensato. No entiende por qué me niego a hacer tal cosa y lo toma como arrogancia de mi parte. Le explico, por segunda vez, por qué me interesa partir de Kant (aunque haya escrito tan poco sobre música) y no de Adorno. Parece entenderme, pero insiste en que el modo responsable de abordar filosóficamente la música es como Adorno lo hizo; yo debería seguir esa línea, como lo está haciendo algún individuo por ahí cerca. (Silencio)... Comprendo entonces que su lectura de Kant está demasiado marcada por sus intereses (más de lo que es conveniente) y carece de la necesaria "buena fe" del exégeta, no por falta de agudeza, que la tiene, sino porque -para él- Kant y Nietzsche son finalmente apéndices del sistema hegeliano. Comprendo entonces que todo está dicho. La estética de Adorno no representa problema alguno para un hegeliano, evidentemente, pero sí para quien cree en una estética musical que no pretenda saltar ilegítimamente los límites de la razón humana, como alegremente hacen los idealistas.

Es un poco extenuante no tener interlocutores filosóficos, pero también es un alivio. Los músicos y la gente (profesores de filosofía inclusive) interesada en música pero que no ha leído absolutamente nada de Adorno ni desea hacerlo, son los mejores interlocutores que puedo tener. Es curioso. Uno, que se empecina modestamente en una estética vitalista, esperaría las mejores contradicciones de parte de los estudiosos idealistas, pero no es así. Un joven recién ingresado a la universidad es un interlocutor mil veces más sugerente. Parece que leer (devotamente) a Adorno es inversamente proporcional a saber escuchar música, ya se trate de los últimos cuartetos de Beethoven o de los primeros álbumes de la Fania All Stars.

Un amigo me dice que lo único que no comparte con Adorno es su gusto musical. En mi caso, el único gusto que le objetaría a Adorno es la espantosa Hammerklavier de Beethoven. No, no es para mí una cuestión de gustos, sino de principios epistemológicos. No pretendo convencer a la gente de que los míos son mejores que los de él, pero si creo firmemente en ellos es porque en efecto juzgo que la apreciación de la música se enriquece y se desprejuicia considerablemente, sobre todo en lo que respecta a la música popular - aquella que no ha roto, como quería Adorno, con la estructura armónica de la música tonal y que no rechaza en absoluto la sensualidad melódica.

Para no insistir con el jazz (que ya sabemos que Adorno despreciaba), pongamos como ejemplo al bossa nova y a un tema en particular: "A felicidade" de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes.




- ¿Qué opinas, Theodor, de esta música?
- Si el jazz ya era malo, esto es pésimo. No quiero decir que este género debiera ser censurado, pero sí criticado severamente para impedir que adormezca más a las conciencias con su presunta novedad.
- Bossa nova...
- ¿Qué tiene de nuevo? En lo fundamental, su ritmo hace más superficiales aun las "disonancias" del jazz, de modo que se hace una música más digerible. Y mantiene la misma estructura formal en consonancia con la estructura económica que le dio origen y que la hizo "necesaria". Lo que agrada al oído, malacostumbra y pervierte a la inteligencia.
- ¿Sabes que tu opinión es sumamente impopular?
- Desde luego, pero estarás de acuerdo en que la opinión popular es fácilmente maleable con un poco de propaganda.
- Veo que en muchos casos así es. Goebbels, Kruschev, nuestra prensa política...
- Y si eso es posible, ¿no es acaso porque el gusto popular, si se trata de una masa acrítica, se guía ingenuamente por su sensualidad "irracional"?
- Seguramente, aunque me inquieta la univocidad a la que apuntas con lo de "ingenuamente".
- No te inquietes. Convendrás antes conmigo en que nosotros, filósofos, podemos darnos cuenta de esa situación, y en esa medida no nos "dejamos llevar" por el goce sensible, por el pathos, sino que en ese preciso acto ejercemos nuestra razón negativamente.
- Convengo contigo en eso, pero no sé bien lo que quieres deducir de esa negatividad que es la razón.
- A eso vamos. ¿Aceptarás que es deber del filósofo mantener entonces la división entre lo sensible y lo inteligible? No al modo de las ideas platónicas, por cierto, pero sí al de las condiciones sociales que han hecho posible esa música.
- Eso lo puede advertir un sociólogo.
- Es cierto. Los límites entre la filosofía y la sociología de la música se hacen aquí un tanto difusos, pero entrar a eso nos desviaría del tema.
- No mientras tú pretendas defender una prerrogativa filosófica en la que sin embargo un sociólogo puede desenvolverse con suficiente competencia. Es posible otra aproximación más propiamente filosófica, ¿sabes? Además, colocas a la música en el mismo plano de la realidad social; por eso un sociólogo -con su hambre de ciencia- acepta de buen grado tus premisas. No obstante, yo veo allí mucha confusión. ¿No es la misma distinción una constatación de que la experiencia estética está a un nivel distinto?
- Bien, todo eso es discutible, pero digamos entonces que se trata de una distinción epistemológica. ¿Estás de acuerdo al menos con esto?
- ¿Podría no estarlo?
- No sin que este mismo diálogo te contradijese, pero me alegra que lo reconozcas. Vayamos pues a lo que nos interesa: el bossa nova.
- Sí, es preciso.
- Ambos sabemos que el bossa nova se originó a partir de la samba.
- Así es.
- Y sus creadores eran músicos de clase media que querían una música más serena, menos "callejera".
- Nuevamente el sociólogo...
- Muy bien, muy bien, sólo quería mencionarlo.
- Donde tú ves la afirmación de una clase socioeconómica a través de una música alienante, yo sólo veo la necesidad de un goce sensible más sereno e íntimo que el de la samba.
- Necesidad de una música que adormezca...
- ¡La música toda es adormecedora! ¿No partíamos ya de que nosotros, al referirnos así a ella, lo hacemos desde un suelo distinto? ¡Es ilegítimo entonces pretender que la música no sea aquello que es!
- ¿Goce sensible?
- ¡Exacto! Y, con todo, el bossa nova no sólo se hizo popular en una clase determinada; cruzó todas ellas y la gente que bailaba samba de pronto quiso escuchar también bossa nova. Una popularidad así jamás la pudieron siquiera soñar tus revolucionarios músicos atonales, que no abandonaron su clase ni sus círculos cultos.
- Asumamos, como dices, que la música sólo sea "goce sensible".
- Yo no estoy diciendo que sólo sea eso...
- Pero sí que eso es lo fundamental en ella.
- Así es.
- Asumamos, pues, que así fuera.
- Asumámoslo.
- Bien pronto entramos en una contradicción que de seguro te será evidente.
- Dímela, por favor, que tu mirada es más profunda que la mía.
- Te dejaste llevar por la melodía de Jobim, ¿verdad?
- Desde luego.
- En este momento, ¿eres consciente de ello?
- De no serlo, ¿te habría contestado lo anterior?
- Ahora bien, ¿no significa eso que reconoces (ahora) las cadenas; es decir, la forma como tan sutilmente te ató a ella?
- Así lo creo.
- Y no me negarás, supongo, que esta forma que reconoces ahora es la misma de aquella canción que escuchamos hace unos minutos.
- Haces bien en suponerlo, aunque...
- Te pido no traer a colación al "Oscuro".
- No puedo evitarlo, pues lo que supones como "lo mismo" no puedes efectivamente conocerlo como "lo mismo".
- De cualquier modo, es necesario suponer una regularidad.
- Tú lo has dicho.
- Si recuerdas lo escuchado, entonces, te verás como alguien que ingenuamente se dejó llevar por el pathos del bossa nova, pudiendo no hacerlo, o pudiendo también dejarse llevar de otra manera o por otra música.
- Te concedo, si eso quieres, que reconozco haber estado felizmente engañado en eikasía, y que ahora, que estoy en pistis, me siento un tanto desengañado pero igualmente feliz. No estaría en esto de la filosofía si fuese de la opinión que no hay sino un segmento, el de la eikasía.
- De acuerdo. No obstante, creo que no te valoras con justicia, pues al tomar conciencia de la forma musical no estás tan sólo reconociendo una naturaleza sonora (física), sino la "razón de ser" de esos sonidos articulados en determinado orden, una naturaleza matemática en un estado consciente de ella. Dejemos al nous de lado, pero el uso de la razón, sin la cual no hay algo que podamos llamar propiamente musical, te ha conducido ya al ámbito de la episteme.
- Te entiendo bien, apreciado Theodor, pero no puedo estar de acuerdo con la univocidad con que te sirves de los términos "razón" y, sobre todo, "conciencia". No te ofendas, por favor, pero la fenomenología hegeliana no es una buena aliada cuando se quiere pensar en la música como la experiencia fenoménica que es y no como un orden inteligible que -aun concediéndote que fuese su "esencia"- en el orden de la experiencia misma es necesariamente una atribución posterior. Yo me he propuesto permanecer fiel a esa experiencia.
- Pero valoras más el conocer la forma, la armonía, para poder juzgar sobre una música...
- Te equivocas. A mi juicio, la experiencia de quien conoce con lujo de detalles la armonía de lo que está escuchando, es una más entre otras. Con ello no niego que haya música más dispuesta al entendimiento que al goce -la atonal, por ejemplo-, pero yo mismo prefiero a veces no saber nada respecto a esas composiciones y disfrutar simplemente con aquella sensibilidad que tú llamas ingenua. La conciencia que puedo después tener de ella me es insuficiente para el goce que a veces necesito. Tú juzgas que los suelos de dicha conciencia son sólidos y le permiten anticiparse. Yo veo ahí pura nube, puro vapor. La cuestión fundamental es para ti que "todo lo real es racional". Todo lo inviertes y la significación, que es enteramente posterior y -digamos- "extramusical", la colocas antes de la experiencia auditiva y afirmas incluso que es la esencia de la música.
- Toda música sigue razones. Si esto fuese falso no podríamos pensar en ellas y verlas en la base de toda composición musical.
- Lo que tú llamas razón, yo lo juzgo más complejo. Y creo que los músicos se dan cuenta de ello también. Pregúntale si no a Jimi Hendrix si hacía uso de su "razón" cuando improvisaba sobre el escenario.
- ¿A quién?
- Lo que quiero decir es que tú no puedes evitar el prejuicio sobre la percepción "ingenua". Yo creo tomarla tal como ella se da, respondiendo no a razones matematizables, sino únicamente a la posibilidad humana de escuchar y entender lo que se escucha como música. Hablo por ello de entendimiento y no de razón.
- Apreciado Arturo, te veo caer sin remedio en las sutilezas de la jerga kantiana, aquella con la cual el hombre ilustrado encubre su uso del arte como propaganda para un status quo alienante. Bajo la aparente libertad del gusto, se ocultan bien las cadenas de un sistema que valora a los individuos en la medida en que estos le sirvan para perpetuarse. La pregunta de Kennedy (¿qué puedes hacer tú por tu país?) se replantea en los términos del goce burgués como: "¿qué puedes hacer tú por el capital?".
- ¿Te parece ver eso en el bossa nova?
- ¡Desde luego! Y el tema que has escogido me permite ilustrarlo también en la letra del señor de Moraes. Los primeros versos:

Tristeza, no tiene fin.
Felicidad, sí.

no hacen sino justificar una condición social opresiva presentándola como si fuese una condición natural, ineludible, invariable, metafísica. Y por si ello no fuese de suyo evidente, la letra sigue:

La felicidad del pobre parece
La gran ilusión del Carnaval.
La gente trabaja el año entero
Por un momento de sueño, para realizar la fantasía
De rey o de pirata o de jardinera.
Para que todo se acabe el miércoles.

El carnaval, que era toda la felicidad que la Iglesia le permitía sin condena al pobre que creía en su poder,  tiene aquí el mismo uso, aunque simbólico. ¿Debemos aceptar nuestros sufrimientos con tal que nos permitan tener nuestros pequeños carnavales?
- En lo que a mí concierne, la felicidad es así de pasajera. Pero más allá de ello, yo veo tan sólo una experiencia auténtica, un sentimiento "real" dentro de la canción misma, con sus riesgos, ciertamente, pero una experiencia válida desde el mismo momento en que es tal.
- Esa "autonomía" del arte es para mí la justificación del salvajismo alienante en contra de una conciencia liberadora.
- Menosprecias la bondad de la alienación.
- ¿Cómo es eso posible?
- ¿Amar no es acaso alienarse gozosamente?
- Pero eso es distinto...
- ¿Cómo es eso posible?
- Tengo la impresión que no nos estamos entendiendo.
- Yo, más bien, creo que nos estamos entendiendo demasiado bien y ese es precisamente el problema.
- A lo mejor en otro momento estés más dispuesto a seguir este diálogo.
- ¿Por qué no?
- Claro. Olvidaba que tú, escéptico, nada quieres afirmar con certeza.
- Pero sí niego, y especialmente tu negatividad.
- Eso quiere decir...
- Eso quiere decir que seguramente habremos de encontrarnos, porque respondemos a dos impulsos que se requieren mutuamente. Si así no fuera, ni tú ni yo haríamos filosofía de la música.
- Que así sea, entonces.


Theodor Adorno coge su periódico y se va. Yo me pongo los audífonos y sigo leyendo a Merleau-Ponty.